El Poliedro y la Pobreza

Por Elías de la Cera

Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum”.

-Evangelium Secundum Matthaeum (5;3).



Entre 1025 y 1030, dos obispos del norte de Francia, Adalberón de Laon y Gerardo de Cambray, enuncian (uno en un poema, el otro en arengas públicas) un sistema ideológico en el que aparece el postulado de la trifuncionalidad social: “En la tierra, unos oran, otros combaten, otros trabajan”; “Desde el origen el género humano estaba dividido en tres, los oradores, los labradores y los guerreros”. Para decirlo de una vez: en la sociedad humana existen tres funciones impuestas por Dios desde el comienzo; orar, combatir y trabajar.


Ninguno de los dos obispos inventaron los elementos del sistema. Los componentes del esquema ternario tenían ya una larga historia en el pensamiento cristiano. La división de la sociedad en oradores, guerreros, y labradores es heredada de cuatro sistemas anteriores (monjes, clérigos y laicos; libres-no libres; oratores-bellatores [oradores-guerreros]; poderosos-pobres). Aristóteles (el descriptivo) y Marx (el indignado) hicieron especial hincapié en estos esquemas, desdeñando los hombres libres, abstractos, medida de todas las cosas que proponían los sofistas, los contractualistas, los liberales, entre otros anacronismos.


Miraba Averroes por el balcón enrejado; abajo, en un estrecho patio de tierra, jugaban unos chicos semidesnudos. Uno, de pie en los hombros del otro, hacía notoriamente de almuédano; bien cerrados los ojos, salmodiaba: “No hay otro Dios que el Dios”. El que lo sostenía, inmóvil, hacía de alminar; otro, abyecto en el polvo y arrodillado, de congregación de los fieles. El juego duró poco; todos querían ser el almuédano, nadie la congregación o la torre.


Los Tres Órdenes o lo Imaginario de lo Feudal” pinta de cuerpo entero la relación entre las estructuras mentales y materiales, en la que no se dan relaciones de determinación, sino de correlación. Todo fenómeno histórico es el resultado de una pluricausalidad y de reciprocidad de todos los elementos. Para Georges Duby, la ideología no es otra cosa que: un sistema (que posee un rigor y una lógica propia) de representaciones (imágenes, mitos, ideas o conceptos según los casos) dotado de una existencia y de una función histórica en el seno de una sociedad dada.


Hay ideologías opuestas, antagónicas, que se elaboran dentro de un mismo marco cultural, pero que se plantean modelos de sociedad diferentes, intereses opuestos. Estos enfrentamientos aceleran los cambios, las modificaciones, las adaptaciones de los sistemas ideológicos. Aquellos que estudiamos (o decimos estudiar) Ciencias Sociales, debemos elegir entre justificar la dominación o justificar la emancipación.


Claro que hay momentos privilegiados para observar esta dialéctica (en los momentos de crisis y una vez que la lucha ha finalizado) y sectores en los que se hace más evidente que en otros (ejemplo, la política). Sería bueno, entonces, que rescatemos un debate que juzgo vital y subyacente para contrarrestar el indiscreto despilfarro de conceptos ambiguos tales como: curvas achatadas (valga el oxímoron), salidas recreativas (valga la tautología), y que a pesar de estar separados, estamos más juntos que nunca (valga la decadencia poética).


Esta crisis sanitaria no ha hecho otra cosa que catalizar los rasgos dominantes de lo que podemos llamar el Nuevo Orden Internacional (NOI) y que en este mismo foro nos hemos encargado de describir aprisionados de patológica y solitaria obsesión. La crisis exacerbó aquello que el Papa Francisco denominó genéricamente como la “III Guerra Mundial en Cuotas” por los puestos de trabajo, haciendo alusión al carácter confrontativo de la nueva era, resultando esperable a su salida, la vigorización de los entramados productivos nacionales, a partir de la puesta en valor de sus propios vectores de desarrollo.


Pero, ¿cuáles serán las características de las representaciones que tal proceso encarnará? Todo parece conducir al irreconciliable antagonismo entre la inclusión y la exclusión. Numerosos nacionalismos se perfilan como primeras o segundas fuerzas en los principales países del mundo. Estas nuevas fuerzas políticas trazan fronteras dentro de sus sociedades, expulsando de la condición de ciudadanía plena a numerosos segmentos poblacionales.


Estos nacionalismos excluyentes que imperan en Europa y Estados Unidos, poco tienen que ver con el “nacionalismo popular” que conocemos nosotros, promovido por la principal tradición política de nuestra patria; el peronismo. Casualmente (o no tan casualmente) nuestra doctrina se encuentra en perfecta armonía con lo expresado por el papa Francisco en su libro “Evangelii-gaudium” de la cual recomendamos una lectura exhaustiva y atenta. En esa obra, Su Santidad, se propone continuar aquello que supieron expresar León XII en su famoso “Rerum Novarum” y Pío XI en su “Quadragesimo Anno”.


Ante la inquietante pregunta: “¿La tierra alcanza para todos?”, Francisco nos dice, sin dudar, que sí. El mundo, según él, es un poliedro capaz de conjugar distintos pueblos que, dentro del orden universal, conservan su propia peculiaridad; es la totalidad de las personas en una sociedad que busca un bien común que verdaderamente incorpora a todos.


Esto es importante, no solamente porque niega la globalización, resaltando los rasgos distintivos de cada pueblo (pueden ver al respecto la nota titulada: “La Parte y el Todo en el Pensamiento de Francisco” publicada en este mismo foro). Sino porque se opone beligerantemente a esa superstición conforme a la cual los bienes y servicios de la tierra no alcanzan para todos.


“La felicidad del pueblo se concreta, para mí, en el bienestar de los trabajadores y la dignificación de los humildes” decía nuestra encarnizada benefactora. No podemos ser indiferentes ante el brutal empobrecimiento que sufre nuestro pueblo. No podemos seguir contando los muertos de Trump, mientras la Argentina se convierte en un merendero inagotable.


A veces, comunicadores que podemos considerar como “propia tropa” hablan con total desparpajo de pobreza estructural en la Argentina. Me veo en la obligación de ser enfático y en mi carácter de militante peronista debo decir: ¡No hay pobreza estructural en Argentina!. Toda pobreza en nuestro país es circunstancial, porque nuestra doctrina no acepta bajo ningún aspecto un modelo de desarrollo con un 25% de gente precipitada en el infraconsumo.


No seamos obsecuentes. No permitamos que la política económica del gobierno siga robusteciendo merenderos, en esa incesante recurrencia de igualar hacia abajo. La tierra, obra de Dios, alcanza para todos sus hijos si se reparte equitativamente la riqueza. Eso que en Europa llaman, peyorativamente: demagogia; y que nosotros llamamos, orgullosamente: justicialismo.


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