El Peronismo y Liderazgo

Por Silvano Pascuzzo

Este artículo, ha sido reformulado por el autor, a partir de la Ponencia “Aproximaciones al Estudio del Populismo Argentino. Marco para un Análisis en Ciencia Política”; presentada ante el Congreso Nacional de Ciencia Política, organizado por la SAAP. Ciudad de Córdoba, Noviembre de 2005.

La ausencia de un liderazgo formalmente institucionalizado en el Peronismo, se debe a dos razones convergentes. Por un lado, a la concepción de la política como actividad sustentada por Perón; una concepción pragmática y realista, muy atenta a la dimensión tiempo, en el sentido – como lo veremos más abajo – de la “adaptación de la línea táctica, en función del objetivo estratégico”. Por el otro, una cosmovisión Historicista de los ordenamientos normativos e institucionales, en tanto éstos no son visualizados como permanentes; sino, por el contrario, transitoriamente atados al cambio de las situaciones sociales y políticas de cada momento particular. Realismo e historicismo fueron la base de la arquitectura ideológica del General Perón, los dos componentes esenciales de la misma.

Por ello, debemos comenzar revisando la concepción peronista del liderazgo. En su discurso de inauguración de la Escuela Superior Peronista, el Presidente Perón decía:


Los conductores no se hacen, los conductores nacen. La Conducción es un arte. Como el pintor y el escultor, el conductor político debe contar con las virtudes morales e intelectuales adecuadas para ejercer con éxito el mando. Los verdaderos conductores no se forman en las universidades y las academias, por el contrario son el producto de dones naturales, que a ciencia cierta nadie puede explicar”.


Una visión que, como se desprende del texto mismo, otorga el Líder un papel naturalmente privilegiado, en relación directa con sus dones y capacidades intrínsecas.

Sin embargo hay aquí un punto relevante: “Un Conductor no aparece – aclara Perón – todos los días. ¿Qué hacer cuándo no aparecen esos conductores? Muy sencillo, es necesario apostar por la organización. La organización, como los grandes edificios, vence al tiempo”. Lo que significa que es posible pensar en un liderazgo construido por el funcionamiento permanente de los mecanismos de selección, parte esencial de las organizaciones sociales y políticas del Movimiento.

De esta manera, es correcto afirmar que, para Perón, el Justicialismo debía robustecer sus organizaciones, con el fin de trascenderlo históricamente hacia el futuro. Estaba ya pensando en un Peronismo sin Perón. La confianza en el peso de las estructuras de representación era muy nítida; lo mismo que su fe en la capacitación de los cuadros intermedios, aptos para tomar la dirección en su ausencia, salvando con ello las conquistas permanentes de su gobierno. La creación de la propia Escuela Superior Peronista, es una prueba irrefutable de su preocupación permanente por la institucionalización y la estabilidad del liderazgo entre los justicialistas.

Fue, no obstante, la propia figura del General la que representó, trágica y paradojalmente, un freno decisivo a estas optimistas intenciones. El Movimiento fue, hasta 1974, una especie de Monarquía Absoluta, semi institucionalizada, en la que, por la acción de varios factores diversos, la cuestión de la organización quedó escindida de la crucial disputa por el control de áreas claves. Los diferentes sectores sólo pudieron aspirar al arbitraje del Líder, sin conseguir siquiera espacios relativamente estables de poder interno, desde los cuales presionar por reglas de juego claras de competencia, tanto en la Rama Política, como en la Gremial.

Esta contradicción adquirió ribetes más finos a partir de 1974. La ausencia física de Perón obligó a los cuadros medios a optar entre tres soluciones estratégicas: la Monarquía Hereditaria – o el Isabelismo –; la Alianza Social y Política con fuerzas no peronistas – el Frentismo –; o la Reforma Interna – la Renovación – que fijara procedimientos legítimos y regulares para dirimir la lucha por el liderazgo.

Este debate, que marcará al Justicialismo durante los años que van entre 1974 y 1989, fue el eje articulador en torno al cual fue modificando, lenta pero persistentemente, su fisonomía. Lo que nos permitirá exponer una primera proposición general: la ausencia de un liderazgo formalmente institucionalizado, es uno de los elementos permanentes más característicos del Movimiento Peronista, a lo largo de su Historia; y una de las causas más significativas de la emergencia, en su seno, de conflictos más o menos violentos por la conducción y el control de las estructuras de representación territorial y sectorial.

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