El Pejotismo como herramienta Política. Pinceladas para un debate necesario.

Por Silvano Pascuzzo. Una de las grandes virtudes – entre sus muchos defectos – que Juan Domingo Perón tuvo, a lo largo de su vida, política, fue la de haber soñado para su movimiento, una conducción con “sentido de lo estratégico”. Basta repasar, sus escritos y discursos, para darse cuenta, de lo mucho que lo preocupaba, esta cuestión. Quería reformar los comportamientos más usuales de los políticos; eso que con vocabulario campero, y sin mentadas referencias históricas, llamara: “prácticas caudillistas”; para, acto seguido, sustituirlas por un “método” y una “doctrina”.


Deseaba terminar con la chapucería, la demagogia, la acomodación cobarde a los poderes fácticos – internos y externos – y con la abyección y la ignorancia de los “cuadros intermedios”. Como docente – algo que fue con orgullo toda la vida – confiaba en los principios aprendidos de los clásicos: Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Maquiavelo, Descartes y Clausewitz; aspirando a producir en las instituciones argentinas, cambios profundos; a pesar de su cinismo y de sus muchas veces, lábil concepción ética.


El Peronismo debía tener – en la visión de su líder – “sentido dela trascendencia”, un afán “cristiano aristotélico” – podríamos decir – que rebasara lo accidental, lo fenoménico, para proyectarse hacia la realización práctica – efectiva – de algunos pocos valores irrenunciables. Perón era un político, hábil y marrullero; pero también un “estratega”, que pensaba el mundo y a los hombres, al modo de René Descartes – uno de sus ídolos – más allá de su tiempo y circunstancias. El Justicialismo era – al menos para él – una “Fe que se practica”, y por lo tanto, avanzaba no sólo a través de lo político, sino también, gracias a la “prédica de una doctrina”, actualizable, pero imperecedera, en sus líneas básicas.


Ahora bien: si uno mira hoy al Partido Justicialista y sus principales referentes, queda obligado a preguntarse: ¿Dónde están aquellos principios? ¿A dónde han ido a parar, las esperanzas de Perón, en el sentido de un Justicialismo consolidado en el rol de faro estratégico para la nación Argentina? ¿Cómo se generó ésta evidente decadencia de los grupos dirigentes peronistas? Un tema difícil, que no puede – por obvias razones – agotarse en un breve artículo. No obstante, podemos dejar algunas pinceladas sueltas, de cara a un debate urgente y necesario.


Comencemos diciendo, que en los años cuarenta, luego de la llamada ·“Década Infame”, el Movimiento Justicialista; entre otras cosas; llegaba para “renovar y sanear prácticas políticas argentinas”. El nepotismo, el clientelismo, el uso del fraude, las pequeñas y grandes corruptelas; habían erosionado la confianza de un sector del pueblo, en los viejos y vetustos partidos políticos, la mayoría de los cuales, habíase alineado detrás de la Embajada estadounidense, en la auto denominada “Unión Democrática”. Perón – al fin de cuentas, un outsider – conducía un Movimiento que – en los papeles al menos – buscaba superar las formaciones facciosas del “Liberalismo Oligárquico” y sus “socios izquierdistas”, haciendo uso de un atávico sentimiento aluvial, plebeyo, inorgánico y de masas; era, como lo denominara Don Raúl Scalabrini Ortíz: “el subsuelo de la Patria sublevado”; contra la maquinaria sectaria y electoralista, de los gerentes del coloniaje.


Pero no somos ingenuos. El naciente Peronismo, no estaba – hay que decirlo – libre de éstos males. Conservadores, anarquistas, socialistas y radicales, habían confluido en un frente electoral, junto con católicos, nacionalistas, e incluso, unos pocos comunistas; trayendo sobre sus espaldas, un pasado poco elogiable. Pero, para el hombre común, el hombre y la mujer de la calle; Perón con una impronta marcial, un prestigio indiscutible y una sonrisa pícara y cautivante; trataba – junto con Evita, pura pasión y entrega – de avanzar en la institucionalización de otras prácticas y de otras miradas: crear, por ejemplo, en 1951 la “Escuela Superior Peronista”, para la formación de cuadros políticos y gremiales, era algo por lo demás, interesante y novedoso para el país. Allí ambos, en sus charlas magistrales, buscaron insuflar en el alma de los peronistas, valores que fueran más allá, de intereses individuales o de grupo.


Los primeros años cincuenta, fueron sin embargo, paradigmáticos en términos de anquilosamiento y burocratización. ¿Cuánto de responsabilidad tuvieron en ello, Perón y Eva? Es difícil saberlo, pero una cuota significativa, sin dudas, ha de corresponderles. Inerme, exhausto, apático, desmovilizado; el movimiento popular cayó abatido por adversarios que hicieron de la violencia, un culto y un arma. Ausente desde hacía mucho, dentro de las filas peronistas, la “mística” fue virtud del otro campo. Todo era acomodación, seguidismo, verticalismo. Los tiempos heroicos – y sus mejores protagonistas – pasaron a cuarteles de invierno, quedando en pie, un folklore vació, hueco, `posibilista, tramposo e inspirado en la figura del langa, el piola, el avivado y el chupa medias. En el 55 triunfó la oligarquía, ayudada desde adentro, por aprovechadores, traidores y charlatanes.


John William Cooke, fue el abanderado de la “Resistencia” de la lucha frontal, abierta y corajuda. Desde su revista: De Frente – censurada en 1954 bajo acusaciones mackartistas – había criticado a los entornos, las superficialidades y la abulia, de Perón y sus ministros. Fomentando y explorando métodos y concepciones nuevas, debatió con el Líder en cartas memorables, y sacó de la derrota, la fuerza de futuras victorias. Nadie expresó como éste patriota apasionado, la indignación del militante, ante la ignorancia, la bajeza y la mediocre actitud del burócrata cobarde y meloso. Fue la conciencia crítica del Peronismo Combatiente; que daba entonces sus primeros pasos.


El período de la proscripción y la Resistencia, con Perón en el exilio; las estructuras gremiales y políticas, desarmadas o intervenidas; y los cuadros presos o en la clandestinidad; obligaron a pensar las cosas: “estratégicamente”, de modo integral. De ese caldo de cultivo; violento, primaveral, renovador; surgiría la “generación del retorno”, la del “Luche y Vuelve”, la que iba a dar su vida, como ofrenda en el altar de una “Revolución” soñada – antes que cualquier cosa – como “compromiso trascendente con una causa”: prístina, ética, patriótica, sublime. Y cuando Augusto Timoteo Vandor y el neoperonismo de los sesenta, quisieron – desde el realismo posibilista – disputar la “conducción del Movimiento”, los pibes los derrotaron, apoyados en el propio general, que clausuró el proceso a fines del año 1971, nombrando a Don Héctor Cámpora, como encargado de traerlo de regreso a la Argentina; en sustitución de Daniel Paladino, un sujeto obscuro y anodino; demasiado afecto a los brindis convocados por los militares.


Lamentablemente, lo sabemos, que aquellas esperanzas de renovación, fueron criminalmente cegadas. Las luchas internas entre peronistas, una violencia descontrolada y un Perón ofuscado y desbordado; abrieron la puerta del infierno. El Neoliberalismo no llegó – como suele decirse – a partir del golpe; sino mucho antes, y de la mano de un gobierno justicialista. El “Rodrigazo” y la “infiltración por derecha” – porque hubo infiltración por derecha – ocurrieron en 1974 y 1975. Guillermo Walther Klein y Ricardo Zynn; Emilio Massera y a Jorge Videla, ya estaban administrando el poder, cuando llegó el fatídico 24 de marzo. López Rega, Lastiri, Calabró, Navarro, Ivanecevich, Villar y Casildo Herreras – entre muchos otros – domesticaron al Peronismo, y lo hicieron cómplice – por razones diversas pero convergentes – del verdadero rector de la Argentina: el conglomerado de intereses cívico militares, que asignaría a miles de luchadores, de modo brutal y despiadado. Fue una “cooptación desde adentro”, obscura, perversa y terrorífica.


Por eso, la “Renovación” y el “Menemismo”, fueron de alguna manera, la inexorable consecuencia de los años del Terrorismo de Estado. Con el grueso de la dirigencia reclutada por el enemigo y con una parte de las “bases” convertidas en brazos ejecutores y/o aplaudidores seriales del ajuste y la miseria, el Peronismo – en su versión socialdemócrata o conservadora – vio surgir en su seno a los tres actores que – para nuestra desgracia – protagonizarían la vida política durante las últimas décadas del siglo XX: los funcionarios, los operadores y los punteros; secundados por una muchedumbre de periodistas a sueldo, servicios de inteligencia, especialistas en marcketing y mercaderes de promesas incumplidas. De elección en elección, de soborno en soborno, de encuesta en encuesta, el Peronismo se tragó a Menem y a su corte de sátrapas ignaros y corruptos. Una tragedia, que iba a costarle al país demasiado, que aún nos condiciona, con aquella festejada impronta de superficialidad y egoísmo.


La superación, la reivindicación y la esperanza, anclada en su identidad fundadora, en héroes y epopeyas memorables; comenzó en 2003, con ese excelente discurso de Néstor Carlos Kirchner, proponiendo a los desconfiados y dolidos argentinos: un “sueño”. Hubo – me consta personalmente – durante más de una década, muchos y muchas hombres y mujeres honestos, que creyeron posible la utopía de una “política al servicio del Pueblo”. Miles militamos y nos comprometimos, resignificando valores y dando pelea a los dueños del poder real en Argentina. Construimos – mal o bien – una herramienta, activa, fresca, con aire de verbena y calor popular, que buscaba dar vuelta la página del oprobio y la tristeza.


Pero el Kirchnerismo, no supo o no quiso transformar la “política”, más allá de eso que uno de sus referentes llamó: “La rosca, la guita y la lapicera”. Se estancó en una creciente endogamia palaciega y en un estéril “agrupacionismo”; y a pesar de un discurso de renovación y cambio de métodos; trabajó para que las formas prexistentes permanecieran inalterados. El espacio liderado por Cristina Fernández de Kirchner – al que quien escribe tuvo el orgullo de pertenecer – se conformó con “conducir la mugre”, evitando que salpicara. José Pablo Feinmann, en memorable contrapunto con Néstor, supo advertirle de los peligros de la cortedad histórica, de cambios apoyados sobre estructuras putrefactas, ilegítimas y corruptas. No fue escuchado.


Mauricio Macri y la Derecha Empresarial “Gorila”, triunfaron en elecciones libres, y destruyeron, rápidamente, todo lo logrado. Dejaron tierra arrasada, una deuda impagable y un sentido común, basado en la despolitización masiva, el analfabetismo cívico y el odio irracional organizado, por una prensa canalla y mercenaria. Todo con la cooperación activa y militante de un sector del “pejotismo”, funcional a los intereses de los enemigos históricos del Movimiento nacional. Impúdicamente jugaron a la chiquita, con una pobreza espiritual apabullante, y una falta de decoro, que por momentos, sobrepeso en cipayacismo a los desbordes diarreicos, del Menemismo de los años noventa. Traidores y resentidos, bailando al compás de los dueños del capital, en danza macabra y humillante bellaquería.


La construcción del Frente de Todos en 2019, fue pensada con el único fin de ganar las elecciones. Partían sus fundadores, de que cuatro años de Macrismo, iban a “hacer insoportable la vida para millones de argentinos”. Pero lo cierto es que los resultados no han sido los esperados, y que la frustración y la desesperanza, han avanzado de un modo implacable, sobre el espíritu de miles de militantes convencidos y bien intencionados. Un gobierno tibio, lento, ineficaz e ineficiente, transcurre sus días en el poder agónicamente, escondido tras un sinfín de justificaciones, el liderazgo repite la “Teoría del Posibilismo”, edulcorada con frases truchas de Maquiavelo, sobre “correlaciones de fuerzas negativas” y otras sandeces soporíferas.


El Kirchnerismo ha cometido – vaya a saber por qué razones – un error “estratégico”, yendo detrás de un “espejismo táctico”, aliado con lo peor del Peronismo Liberal y Conservador. Limitado por la renuncia al premio mayor, hecha por su única y principal referente, hoy paga los costos de una gestión opaca, deslucida, que ha violado todos y cada uno de sus compromisos electorales. La designación sin internas, de un personaje que en lo peor de la lucha con las corporaciones agrarias y mediáticas, se pasó con bombos y platillos al campo contrario, sumió a la militancia y a los cuadros medios, en una preocupante pasividad, que asusta y desconcierta.


Cristina ha planteado, sin embargo, con motivo del acuerdo con el FMI, sus diferencias con el Gobierno, en torno al rumbo de las políticas públicas `por éste implementados. Trata, lo que es correcto, de saldar el error estratégico cometido en 2019, sentado posición y abriendo un debate, requerido y necesario. Las posibilidades actuales de volver a la senda iniciada en 2003, de recuperación de la Soberanía y de construcción de una sociedad un poco más justa, están cada vez más lejanas. La herramienta que el Pueblo se diera en 1945, para regenerar el sistema institucional e impulsar transformaciones de fondo, está severamente dañada, en su perfil doctrinario y en sus prácticas de construcción territorial y social, colonizada por intereses y valores ajenos, que nada tienen que ver con la Historia y la Doctrina creada por Perón. Es un partido liberal más, vaciado de contenido y de militancia, que resuelve – o intenta hacer ver que resuelve – en cónclaves cerrados, su falta de legitimidad y su pavoroso desprestigio entre las mayorías. Es una lástima que el último y efímero intento de cambiar al rumbo de la degradación en el que desde hace décadas vivimos, se haya frustrado tan rápido y tan fácilmente, por un error nacido de la desesperación, el miedo o el confucionismo, de una conducción que hace tiempo, no escucha ni aprende de sus fracasos; a ésta altura inocultables.


La estrategia hoy es el patrimonio de los enemigos del Pueblo, llevada a la práctica, con impiadosa falta de escrúpulos. El Peronismo – con ésta dirigencia y ésta militancia –difícilmente sea parte de la solución, pues es parte del problema. Al “Modelo Argentino para el Proyecto Nacional”, lo han sucedido, en casi cincuenta años, los apotegmas vacíos del Cafierismo Renovador; Los discursos de Alberto Fernández; aburridos, antiguos, faltos de épica y cínicamente edulcorados con apelaciones al amor, la Democracia y el Racionalismo equilibrado, de quienes intentan presumir de serios; cuando en realidad venden el destino de millones, por un plato de lentejas, desabridas y sin el agradable complemento del cantimpalo gallego y la panceta ahumada, que usaran las abuelas, cuando parar la olla, no era asunto del Mercado, sino un derecho adquirido.

134 visualizaciones