El Mundo en la Edad Oro. Los Tres Mundos y el Estado Benefactor

Por Jorge Osvaldo Furman

El texto que presentamos, es parte de una ponencia presentada por el autor y por nuestro Director, Silvano Pascuzzo, al Congreso Nacional de Ciencia Política; organizado por la Sociedad Argentina de Ciencia Política (SAAP); en Noviembre de 2001, en Río Cuarto, Provincia de Córdoba: La Argentina y Sudamérica, Frente al Desafío de la Mundialización.

Si nos situamos a fines de la década del ‘60 y principios de la del ‘70, tenemos que hacer una pequeña descripción de las características que asume el Mundo, en la época en la que el General Perón estaba preparando su retorno a la Argentina. Podemos decir que tenía, por entonces, una división tripartita, esto es, que había un primer, un segundo y un tercer mundo. Cuando decíamos Primer Mundo, nos estábamos refiriendo a los países capitalistas y democráticos desarrollados: Estados Unidos, Europa Occidental y Japón. Aquí, sin dudas, la potencia preeminente eran los Estados Unidos. Cuando hablábamos de Segundo Mundo, hacíamos referencia al llamado Mundo Socialista o Mundo del Socialismo Real, formado por la Unión Soviética, la Europa Oriental, China y Corea del Norte. Dentro de él, la potencia hegemónica era la URSS e, incipientemente, se podía avizorar la emergencia de China. Todo el resto; una enorme cantidad de países, formaban el llamado Tercer Mundo. Cuando hacíamos ésta división, no estábamos solamente hablando de un evidente orden de importancia en la distribución del Poder Global; sino que – para la época de la que estamos hablando – el Primer Mundo era sinónimo de opresión, de hegemonía, de Imperialismo.

Pero más allá del simplismo de la caracterización que hacíamos todos, los de la derecha y los de la izquierda; existían sistemas que, desde el punto de vista integrativo, eran absolutamente diferentes y, por lo tanto, opuestos. El Primer Mundo era sinónimo de “economía de mercado”, por un lado; y de “Democracia” representativa y liberal, por el otro. No había Nación-Estado dentro de su esfera que, en su forma republicana, monárquica, federal o unitaria, no cumpliera con estos mínimos requisitos. El segundo Mundo, por el contrario, estaba formado por los países cuya ideología oficial era el marxismo leninismo. Pero la cuestión se complicaba cuando hablábamos del Tercer Mundo, donde una enorme cantidad de sistemas se congregaban en torno a una denominación común, de carácter muy general. México, por ejemplo, era un país que no tenía ni economía de mercado ni democracia liberal; pero no era socialista, lo que conllevaba serias implicancias para América Latina y los Estados Unidos. Era un “sistema mixto”, imposible de encasillar.

Ahora bien: ¿cuáles eran los presupuestos de éste tipo de Mundo? Por un lado, podemos decir que su existencia estaba vinculada a la llamada coexistencia pacífica; o sea, a la ausencia de un enfrentamiento militar abierto entre las superpotencias, que permitía a amplios sectores del planeta un pluralismo ideológico y económico y social importante. Este pluralismo tenía, eso sí, un elemento unificador: la economía – por primera vez – se había convertido en economía internacional, y había entrado en una nueva etapa de la vieja “globalización”. En una palabra; los tres sistemas estaban profundamente imbricados e integrados entre sí, aunque de manera asimétrica. Ya era imposible, por ejemplo, una URSS absolutamente autárquica, aislada de la economía occidental, como la de los años veinte. A partir del final de la II Guerra Mundial, las economías de los diferentes países tenían entre sí un fuerte contacto y una muy importante complementariedad. La crisis en uno de los mundos iba a traer, inevitablemente, la crisis en el otro. Estábamos, ya entonces, en una verdadera “planetarización” de la economía internacional, aunque viviéramos sin querer aceptarlo.

Así, a fines de la década de 1960, se van a dar algunos hechos muy importantes, que marcarán el fin de una etapa y el comienzo de otra. Numerosos autores han llamado a ésta etapa: la “Edad de Oro”; porque representó progresos ineludibles en múltiples ámbitos y porque tuvo el impulso de una era de esperanza y relativa felicidad. No se habían conocido antes unos niveles de desarrollo económico, igualdad social y avance tecnológico similares, en toda la Historia de la Humanidad. Entre 1945 y 1975, el Capitalismo iba a vivir una etapa de pujanza y esplendor inéditos.

En el caso del Primer Mundo, tenemos lo que ha dado en llamarse: “el Estado de Bienestar”. Pero sería importante preguntarse a qué nos referimos con esa denominación, hoy tan popular; porque, desde los años ‘90, hemos pensado generalmente en él como en la utopía perdida. El New Deal de Roosevelt en los Estados Unidos, el Peronismo en la Argentina y el Socialismo Democrático de los países escandinavos del Norte de Europa; son clarísimos anticipos de lo que nosotros vamos a conocer como Estado de Bienestar. Esto significa, en primer término, la aparición de un Estado articulador, que media entre los principales actores económicos y políticos y que, colocándose en una posición de neutralidad, conciliaba intereses encontrados y desequilibrios naturales, dentro de cada sociedad. Pero además, y en segundo término, este Estado garantizaba la mínima subsistencia a los ciudadanos dentro de cada nación, proveyendo salud, educación, seguridad social, derechos laborales. En una palabra, significaba una especie de pacto social de convivencia interna de la comunidad, que buscaba encontrar equilibrios posibles dentro del orden capitalista industrial desarrollado; entre la economía de mercado y la planificación.

De esta manera, las políticas activas que produjeron la salida de la crisis de los años ‘30, terminaron combinando la economía libre, creadora de riqueza, con el Estado, que buscaba los consensos internos necesarios para la estabilidad social y política, indispensables para el funcionamiento eficiente del Capitalismo. El modelo buscaba redistribuir sin interferir en su libre creación. No quería abolir la propiedad privada, ni avanzar sobre los derechos naturales de los individuos de modo abusivo. Por eso, este Estado convivía pacíficamente con la Democracia. Buscaba solo controlar los desequilibrios y las crisis, aplacando sus efectos negativos, e igualando, en la medida de lo posible, las condiciones de vida de los pueblos. Y, durante treinta años, nadie se opuso a esto: ni los capitalistas, que lo veían como funcional a sus intereses; ni los trabajadores, que eran sus principales beneficiarios. Por otra parte, los economistas de más renombre, habían llegado a la conclusión de que el mercado, dejado a sus propias fuerzas, implicaba naturalmente la desaparición del Estado y de la Nación, algo por entonces absolutamente inaceptable. Mientras el mercado sabía que eran necesarias, para su desarrollo y crecimiento sanos, las regulaciones estatales; el Estado respetaba al mercado, pues creía en su capacidad inigualada para crear riqueza. De allí la tendencia generalizada hacia el acuerdo y el equilibrio sociales. .

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Paralelamente, es importante saber que, tanto el Mundo Socialista como el Tercer Mundo, participaron de estas tres décadas de esplendor y desarrollo; y ambos se beneficiaron en términos relativos. Si miramos los diferentes países, vemos a ver grandes progresos en la vida cotidiana de cada uno de sus ciudadanos. Si tomamos como ejemplo los niveles de mortalidad en el África Negra, una zona subdesarrollada dentro del Tercer mundo, veremos como ésta baja continuamente, mientras se detiene la mortalidad infantil, con un crecimiento vegetativo realmente importante en la década de 1960. Si nos acercamos a la realidad de la URSS, es fácil comprobar que la vida cotidiana de los rusos mejora sustancialmente; luego de la Revolución, la Guerra Civil, la colectivización y la II Guerra Mundial, sobre todo gracias al acceso de lo que se conoce como sociedad de consumo.

Ahora bien, es indudable que el Mundo Occidental era el motor de estos cambios tan trascendentes. Los países con economías de mercado eran la vanguardia de crecimiento mundial. En las sociedades donde el Capitalismo se combinaba con un Estado articulador, donde el consenso social primaba, la riqueza era inmensamente superior a la de las naciones del Socialismo Real y del Tercer Mundo. Lo que había llevado al éxito de Estados Unidos, Europa Occidental y Japón, era la convivencia de un Capitalismo con el Estado articulador y una Democracia política con libertades y derechos naturales garantizados, y libre competencia entre partidos para acceder a cargos públicos, a través de elecciones libres y limpias. En una palabra, Capitalismo Keynesiano y Democracia Constitucional Moderna; Economía de Mercado controlada y libertad política.

Desde un punto de vista estrictamente económico, se creía en una fórmula casi mágica del desarrollo: crecimiento + investigación científica + tecnología. Los tres elementos estaban profundamente imbricados. Es más, se creía que uno, sin el otro, terminaba no teniendo valor. Si el Primer Mundo era la punta del crecimiento económico, lo era por su liderazgo en investigación y progreso tecnológico aplicado. Se creía que, por fin, se había terminado con las crisis cíclicas del sistema capitalista, una constante a lo largo de toda su Historia. Podría haber, en el futuro, espasmos circunstanciales, cortos períodos de estancamiento; pero se juzgaba imposible la repetición de otra depresión del estilo de la de 1930. A su vez, se pensaba que el ascenso social de los sectores más bajos, se había convertido en un hecho estructuralmente perteneciente al modo de vida moderno, en algo connatural al sistema económico de mercado libre. Quien nacía pobre, fácilmente podía conseguir ascender en la escala social, adquiriendo incluso el rol de consumidor activo y propietario.

Sin embargo, para fines de la década del ‘60, se hacía evidente en los tres mundos que describiéramos más arriba, el comienzo de una crisis profunda de esta verdadera “Edad de Oro” del Mundo de la postguerra. Es obvio que, en 1968, el “Mayo Francés” y la intervención soviética en Checoslovaquia son un signo claro de esto. Fueron los intelectuales y estudiantes, junto con amplias capas de la clase obrera industrial, los que pusieron contra la pared a los poderes establecidos, reclamando más participación en la riqueza nacional de estos países, y mayor injerencia en la toma de decisiones estatales. Los partidos políticos, hasta entonces únicos representantes institucionales de las demandas populares en Europa, ven desarticulados muchos de sus presupuestos organizativos y metodológicos, por la presión de lo que viene de abajo. Las izquierdas sufren con mucha fuerza esta desarticulación, que las pone ante la rebelión activa de sus bases sociales naturales, y la creciente deslegitimación del Socialismo Real, como alternativa a la Democracia Liberal.

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