El mito populista como respuesta a la democracia liberal

Por Matias Slodky

La restauración de la democracia en 1983 inauguró un nuevo ciclo constitucional en nuestro país, el cual se caracterizó por su intento de establecer un tipo de “democracia liberal”, es decir, el experimento de intentar establecer una democracia y una clase política “moderna” muy inspirada en la tendencia global de esa época, no solo observada en Europa y en Estados Unidos, sino en varios sitios del mundo, como en zonas orientales que nunca habían experimentado este tipo de democracia, como fue el caso ruso, posteriormente a la caída de la U.R.S.S. Esta novedosa expansión y democratización liberal le valió el nombre de lo que Samuel Huntington (1927- 2008) denominó “La tercer ola”, en referencia a la enorme cantidad de países que pasaron a ostentar una democracia de tipo liberal, como lo fue el caso Argentino.


Por esta razón, la política nacional intentó reformularse a través de sus partidos políticos, sus cuadros, sus militantes, unidades básicas etc., de tal forma que, tras la época terrorífica de la dictadura más sangrienta y asesina, la Argentina y la región en general ingresó al reparador sueño de la mencionada “democracia liberal”, basada en la Constitución, el viejo paradigma de Locke y Montesquieu de la división entre tres poderes iguales y varios artificios más que se podían hallar en forma de simbología discursiva durante la presidencia de Raúl Ricardo Alfonsín (1983-1989), como cuando expresaba que “con la democracia se come, se cura, se educa. Y, sobre todo: se vive y no se mata”.


Esta nueva lógica democrática fue concebida, por la gran mayoría del arco político argentino, en forma, si se quiere, de un gran pacto social y político que garantice lo que liberales denominan “gobernabilidad y responsabilidad”, enunciados que, a fin de cuentas, nunca logran explicar con exactitud. Para lograr esta hazaña, los nuevos dirigentes de esa época que representaban a los dos partidos mayoritarios – La Unión Cívica Radical y el Peronismo- como lo eran Ricardo Alfonsín y Antonio Cafiero respectivamente, se encomendaron la tarea de desechar y descartar a la vieja política argentina y, con ella, sus dirigentes de índole personalista y caudillista, como lo eran Herminio Iglesias y Ricardo Balbín.


Con ese camino despejado, los dos grandes partidos y sus dirigentes comenzaron a diagramar la búsqueda de un sistema electoral basado en un bipartidismo, donde la UCR y el PJ serían las piezas claves para lograrlo; a su vez, el mayor objetivo se encontraba en preservar y garantizar la democracia, hecho que no se lograba de forma fehaciente desde el primer peronismo, aunque para garantizar este hecho era necesaria la erradicación de la violencia política y la elaboración de consensos entre todos los dirigentes y el pueblo, hecho que se logró impulsar con el “Nunca Más” y los primeros juicios a la junta militares. Hechos que, con el tiempo del mandato radical, se vinieron a pique, luego de los levantamientos militares carapintadas en 1987 y la sanción de la ley de obediencia debida y punto final, que marcaron un fuerte retroceso en esta aspiración.

A pesar de estos últimos hechos mencionados, la concebida “democracia liberal” seguía caminando, ya un poco dañada debido a uno de los ejes centrales de este breve artículo, el cual es el modelo económico y de negocios que se implementó con mucho consenso y que fue presentado como novedoso y necesario; un modelo económico claramente neoliberal que, poco a poco, fue dañando, deslegitimando y, sobre todas las cosas, divorciando a la política o la clase dirigencial argentina con el pueblo, haciendo ver, en perspectiva, que el verdadero problema era el pueblo versus sus élites oligárquicas y que, en el imaginario colectivo, el arco político formaba parte de esta élite.


Esta primera fractura se observa en los años antes de llegar al “santo grial” del neoliberalismo argentino, la “convertibilidad” -dicho en criollo el “1 a 1”- efectuada en 1991, ya que toda la institucionalidad y economía se desmoronó, pues el método efectuado por el ministro de economía de Alfonsín, Juan Vital Sourrouille, el Plan Austral, culminó en la peor hiperinflación que azotó a la Argentina, en conjunto de una crisis de endeudamiento en moneda dura por el reconocimiento a la deuda ilegítima de la última dictadura. En este lapso de 4 años, la Argentina enfrento 3 alzamiento militares y una hiperinflación más, ya en la época menemista y su peronismo neoliberal.


La convertibilidad volvió a dar estabilidad y maquillaje a la democracia liberal pero ¿a qué costo? La respuesta parece ser sencilla con el diario del lunes; efectivamente, el corset que se la aplicó a la economía argentina fue drástico, ya que no solo mutilo el poder de la emisión monetaria y la devaluación si no que, la única forma de mantener este modelo y conseguir los

dólares necesarios, era a través de la privatizaciones de empresas o propiedades estatales, un endeudamiento feroz, un ajuste social y económico muy fuerte o, aún peor, los tres al mismo tiempo, como pasó a fin de cuentas.


Es decir, el santo grial del neoliberalismo, la máquina de popularidad menemista y el “sueño americano argentino” tuvo dichas enormes consecuencias.


Ahora bien, antes de este final catastrófico, la política argentina enfrentó acuerdos para sustentar este tipo de democracia; el más reconocido fue el Pacto de Olivos en 1994, que, entre varios hechos, fue la inyección de morfina necesaria para darle al paciente moribundo unos años mas de vida, debido a que la figura y poder del presidente se acrecentó más, dándole un carácter hiperpresidencialista a nuestro país para sortear con más fuerza la implementación de este modelo neoliberal y tipo de democracia.


Finalmente el sueño argentino y del liberalismo encontró su final: los gobiernos de Fernando de La Rúa en coalición del FREPASO del “Chacho Álvarez” se propusieron a hacer un menemismo progresista, con la agenda en derechos humanos y el destierro de la grave corrupción menemista que ocupa la tapa de todos los diarios aunque, claramente, sin tocar al gran plan económico cavallista de la convertibilidad, “eso era inviable tocar”; hasta que, luego de la polémica salida del Chacho Álvarez del gobierno y la inevitable crisis económica que ocurriría, ya observada en el fantasma de la devaluación brasileña en 1998, el gobierno de la Alianza encontró su final en diciembre de 2001. Ya no mas 1 a 1, ya no más “democracia liberal” sino que ahora apareció, como nunca antes, el caos, la pobreza, el desempleo, el default, la devaluación pero, por sobre todas las cosas, la crisis irremediable de la democracia liberal en nuestro país, producto de la grave deslegitimación sobre la política entre el pueblo y ella.


Era más que necesaria la aparición de un nuevo liderazgo carismático, un nuevo tipo de legitimidad a dos puntas, un hecho que permita poner al pueblo nuevamente como “héroe” de la historia pero claro, para eso, es necesario un poder discursivo y un líder.


Luego de la crisis y la consolidación de Eduardo Duhalde en el poder, el grave incendio comenzó a apagarse lentamente, lo que garantizó el llamado a elecciones presidenciales el 27 de abril del 2003 que trajo al poder al santacruceño Néstor Carlos Kirchner, el gobernador de dicha provincia, poco mencionado hasta el momento pero que, tan sólo con el 23% de los votos,

logró imponerse.


El nuevo presidente peronista, producto de sus aciertos y contundentes resultados económicos y sociales, comenzó a ganar su propia legitimidad ya que, a través de un discurso antineoliberal y con destellos de transformación colectiva, logró poner al pueblo como eje central discursivo, lejos de lo que había hecho el liberalismo hasta ese entonces, dejando al pueblo en reserva.


El nuevo gobierno logró una identidad propia, basada en una democracia con justicia social, como la observada en toda la región latinoamericana casi en simultáneo; es decir, una nueva alternativa, en forma de populismo de izquierda, al discurso neoliberal que parecía fracasar como nunca en nuestra región o lo que detalla la autora María Esperanza Casullo como el “mito populista”, ya que engrandece al pueblo como eje central de transformación por medio de su líder el cual, utilizando su poder discursivo y la identificación del enemigo externo o interno - en este caso el neoliberalismo - logra formar un nuevo tipo de democracia, de índole nacional y popular.


Finalmente, lo interesante a mencionar es la respuesta observada en distintos países del globo a la crisis de la democracia liberal, ya que este viejo modelo, pese ser un arquetipo en vías de desaparición, se llevó puesto el sistema de partidos políticos. Es visible la respuesta europea a este fenómeno con movimientos populistas, pero de derecha, que resaltan el nacionalismo y el

proteccionismo, pero también la xenofobia y la discriminación. No muy lejos al establecido en Estados Unidos por el gobierno de Donald Trump, que logró imponer su movimiento entre las enormes grietas del sistema democrático liberal de dicho país.


No es mi intención hacer un análisis en forma de ecuación al fenómeno de estas democracias liberales en crisis, ya que parece ser que, donde ésta muere, surge un movimiento populista, ya sea de izquierda o derecha, sino más bien que, en periodos de crisis de legitimidad y liderazgos, el populismo parece funcionar como sistema democrático. Vale recordar, por último, el primer caso en la Argentina, donde la crisis de legitimidad política, producto de más de 13 años de gobierno fraudulentos y 2 años de un gobierno de facto que, a pesar de sus grandes avances, comenzó a perder legitimidad en manos de la oposición y propios funcionarios que pactaron con sectores de la vieja política. En este contexto surgió uno de los movimientos populistas más importantes de la región en manos del general Juan Domingo Perón que, a través de su liderazgo y su inteligencia de insertar a las masas a la política, logró alcanzar el poder estatal y marcar para siempre la historia argentina y latinoamericana.

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