¿El Heartland cambia de manos? Primera parte

Por Lautaro Garcia Lucchesi

Análisis de la dinámica geopolítica actual en el continente Euroasiático.


Ponencia presentada en la IV Conferencia Mundial de Relaciones Internacionales “Cambio de Agenda, los desafíos de la nueva realidad global”, organizado por el Centro de Estudios Estratégicos de Relaciones Internacionales (CEERI).


En 1904, Halford Mackinder pronunció su famosa “Teoría del Heartland”, por la cual, de acuerdo a un análisis histórico, quien controlara la región de Asia Central-Rusia Central-Siberia tendría amplias posibilidades de controlar tanto el resto de Asia como el resto de Europa, obteniendo así una posición privilegiada de cara a la hegemonía global.

Aunque la geopolítica sufrió un fuerte desprestigio luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, siendo eliminada de los claustros universitarios y de la opinión pública, al ser acusada de ser la culpable de inspirar la expansión territorial de las potencias del Eje y los crímenes cometidos por éstos; esta “disciplina” siguió desarrollándose en los círculos militares y gubernamentales de las grandes potencias.

Una de las personas que continuó con el pensamiento geopolítico, y siguiendo la línea de Mackinder, fue el ex consejero de Seguridad Nacional del presidente Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski. Este geopolítico, de origen polaco, siempre reconoció la importancia del continente euroasiático, pues este constituye “el tablero en el que la lucha por la primacía global sigue jugándose” (Brzezinski, 1998, p.11). La particularidad de este juego es que presenta una multiplicidad de participantes, con diferentes niveles de poder, así como también en diferentes posiciones geográficas iniciales.

Hay dos elementos a destacar del pensamiento geopolítico de Brzezinski, que serán utilizados como categorías de análisis de este trabajo, recordando que su obra principal, “El gran tablero mundial”, fue escrita en 1998, durante el momento unipolar norteamericano. El primer elemento es la concepción del autor respecto de las razones de la primacía del poder nortamericano, desde finales de la Guerra Fría. La razón de que ese país se haya transformado en potencia global es que:

Los Estados Unidos tienen la supremacía en los cuatro ámbitos decisivos del poder global: en el militar su alcance global es inigualado; en el económico siguen siendo la principal locomotora del crecimiento global, pese a que en algunos aspectos Japón y Alemania (que no disfrutan del resto de los atributos del poder global) se les acercan; en el tecnológico mantienen una posición de liderazgo global en los sectores punta de la innovación; y en el cultural, pese a cierto grado de tosquedad, disfrutan de un atractivo que no tiene rival, especialmente entre la juventud mundial (Brzezinski, 1998, p.33).

El segundo elemento a tener en cuenta es la estrategia geopolítica global norteamericana, sobre la cual se asentó la hegemonía norteamericana. La estrategia estaba compuesta por los siguientes ejes:

La Alianza Atlántica, encarnada institucionalmente en la OTAN, vincula a América a los Estados más influyentes de Europa, haciendo de los Estados Unidos un participante clave incluso en los asuntos intraeuropeos. Los vínculos políticos y militares con Japón ligan a la más poderosa economía asiática a los Estados Unidos, siendo Japón (al menos por ahora) básicamente un protectorado estadounidense. Los Estados Unidos participan también en las nacientes organizaciones multilaterales transpacíficas como el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), lo que hace de ellos un participante clave en los asuntos de esa región. El continente americano suele estar protegido de las influencias exteriores, lo que permite que los Estados Unidos desempeñen el papel central en las organizaciones panamericanas existentes. Los acuerdos especiales sobre seguridad en el Golfo Pérsico, especialmente después de la breve misión punitiva de 1991 contra Irak, han convertido a esa región - vital desde el punto de vista económico - en un coto vedado militar estadounidense. Incluso el espacio ex soviético está penetrado por diversos acuerdos patrocinados por los Estados Unidos para una cooperación más estrecha con la OTAN, tales como la Asociación para la Paz (Brzezinski, 1998, p.36).

Teniendo en cuenta estos dos elementos, este artículo analizará la situación geopolítica actual y ciertas tendencias que se observan en el continente euroasiático para determinar si, efectivamente, la isla mundial ya no se encuentra bajo control de los Estados Unidos, un pilar fundamental en la estrategia de cualquier país que aspire a transformarse, o continuar siendo en el caso norteamericano, una potencia global.


1- La posición actual norteamericana


Como se señalaba anteriormente, la hegemonía de los Estados Unidos estaba atada a su superioridad en cuatro aspectos: lo militar; lo económico; lo tecnológico; y lo cultural. Sin embargo, el mundo actual ya no muestra a la potencia norteamericana liderando en todos los ejes.

En lo que corresponde a lo militar, recientemente fue presentado el “Military and Security Developments involving the People's Republic of China 2020”, en el cual el Departamento de Defensa de los Estados Unidos (DoD) advierte sobre el proceso de modernización de las Fuerzas Armadas chinas en los últimos años, ya que la transformación del gigante asiático en el motor de la economía mundial le ha permitido aumentar su presupuesto de defensa, así como también incorporar nuevas tecnologías de uso civil, adaptándolas al ámbito de la seguridad y defensa. China también se ha transformado en el motor de la innovación y el desarrollo tecnológico, desplazando a los Estados Unidos en dos de los ejes que, según Brzezinski, constituían los fundamentos del poderío norteamericano.

Según este informe, aunque China aún está lejos de igualar la capacidad militar norteamericana, “ya ha adquirido paridad con - o incluso superado - los Estados Unidos en varias áreas de la modernización militar, incluyendo la construcción de barcos, misiles balísticos convencionales y de crucero, y su sistema integrado de defensa aérea” (DoD, 2020, p. 38).

En el ámbito económico, el Banco Mundial (BC) presentó, en mayo de este año, los datos del año 2017 de su Programa de Comparación Internacional (PCI). En este, medido según paridad de poder adquisitivo, China representó el 16,4% del PBI mundial, mientras EE.UU representó el 16,3%. Sin embargo, en términos de PBI per cápita, la diferencia todavía es muy amplia entre ambos, a favor de los Estados Unidos. Además, entre 2013 y 2018, la República Popular China representó el 28% del crecimiento económico mundial, más del doble de los Estados Unidos en ese período. Tras un largo período de crecimiento a “tasas chinas”, a base de una fuerte inversión y de una economía orientada a la exportación, lo cual explica, entre otras cosas, el enorme superávit de balanza comercial con EE.UU., China ha decidido comenzar a virar hacia el mercado interno, como forma también de mantener su dinamismo frente a la guerra comercial orquestada por Donald Trump. Recordemos que, en los últimos 40 años, China ha logrado sacar de la pobreza a 800 millones de personas, lo que le provee un mercado interno bastante robusto, lo cual explica esta apuesta de Xi Jinping por una política de fomento del consumo.

En el ámbito tecnológico, el reciente informe de la Organización Mundial para la Propiedad Intelectual (OMPI) señala que China superó, en el año 2019, a los Estados Unidos en la cantidad de presentaciones de patentes, liderazgo que la potencia norteamericana ostentó durante más de 40 años. En el año en cuestión, China presentó 58.990 solicitudes de patente, mientras Estados Unidos presentó 57.840. Sólo en el año 2019, el gigante chino aumentó un 10,6% la cantidad de solicitudes respecto al año anterior, mientras EE.UU. apenas aumentó un 2,8%.

La disputa de Trump con Huawei por la red 5G no es más que un reflejo de que China ha superado tecnológicamente a Estados Unidos; en vez de apostar por desarrollar su propia tecnología 5G, la estrategia de Trump ha consistido en intentar boicotear la extensión del tendido de esta red en zonas que Estados Unidos considera como propias, como es Europa. La reciente decisión de prohibirle a Huawei acceder a la tecnología de los semiconductores que contengan algún tipo de desarrollo tecnológico norteamericano y la presión, que terminó siendo efectiva, para que el Reino Unido diera de baja su asociación con Huawei para instalar su red 5G en el país británico, son sólo dos manifestaciones de esta estrategia estadounidense de boicotear la principal industria tecnológica china.

En cuanto a lo cultural, la cuestión es más compleja. Aunque el poder blando norteamericano hace tiempo que viene en un proceso de retraimiento, la llegada de Trump a la presidencia terminó de liquidarlo. Su predilección por una política exterior más basada en la coacción que en la persuasión, ha provocado cierto alejamiento de las posiciones pregonadas por éste por parte de algunos de sus aliados. Por otra parte, la cuestión cultural se ha modificado en el actual contexto de disputa internacional, al plantear una retórica que apela a la tradición civilizatoria occidental como factor de aglutinamiento de los países occidentales en apoyo de la posición norteamericana, frente a una China que se presenta como el “desconocido”, el “otro”, con una cosmovisión del mundo, una lengua, una cultura diferentes a la occidental. La persuasión china está mas ligada a lo económico y a ciertos aspectos de su política exterior - la defensa del multilateralismo, por ejemplo - que a factores culturales, que nos resultan totalmente ajenos. De hecho, la esfera cultural es la que se presenta como la más desafiante para China en su relación con Occidente, porque no encontramos en el gigante asiático algún paralelo con el “sueño americano” que EE.UU. extendió por el mundo en su ascenso como potencia hegemónica.

Esclarecidas las cuestiones ligadas al debilitamiento de la hegemonía estadounidense en los cuatro ejes destacados por Brzezinski, pasemos a analizar la situación actual del continente euroasiático.


2- La alianza sino-rusa


China y Rusia eran los dos países que, según Brzezinski, podían amenazar el poderío norteamericano. Lo que nunca imaginó es que ambos se unirían para este desafío. Varios han sido los cambios que esta alianza ha generado en el continente euroasiático.

En primer lugar, y como lo más destacable, tenemos la iniciativa china de la Nueva Ruta de la Seda (OBOR por sus siglas en inglés). Esta iniciativa cuenta con un cinturón terrestre y una ruta marítima que busca extenderse por los cinco continentes y que conforman el plan de infraestructura, con sus correspondientes impactos económicos y geopolíticos, con el que China quiere elevarse como potencia global. Ya se han unido a ésta países europeos como Alemania, Francia, España y Reino Unido, lo cual refleja el impacto que podría tener en el ámbito geopolítico.

El cinturón terrestre atravesaría China de forma horizontal y, a través de Xinjiang, continuaría hacia los países de Asia Central para llegar a Europa, uniendo ciudades como Teherán, Ankara, Moscú, Nüremberg y Estrasburgo. Dentro de este cinturón se incluye el proyecto de la red ferroviaria más larga del planeta, con 13.052 kilómetros, que une la ciudad de Madrid con la ciudad china de Yiwu en sólo 16 días; así como también la adquisición del puerto de El Pireo, lo cual forma parte del proyecto de cooperación portuaria de los Tres Mares, Adriático-Negro-Báltico, el cual combina tecnología europea y equipamiento chino, y toda otra multiplicidad de proyectos ligados a la construcción y ampliación de rutas, líneas ferroviarias, puertos, aeropuertos, parques industriales, redes de electricidad y líneas de transmisión de datos, entre otros.

Otro elemento que debemos destacar de esta iniciativa, por su importancia geoestratégica, es el Corredor China-Asia Central-Asia Occidental, el cual, partiendo de Xinjiang, atraviesa Kazajistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Irán, Irak y Turquía hasta alcanzar la costa del mar Mediterráneo. Kazajstán y Uzbekistán son Estados Miembro de la Organización para la Cooperación de Shanghai (OCS), calificada como la OTAN asiática, mientras que Irán es un Estado observador interesado en adherirse como miembro pleno de esta organización y Turquía es un “Asociado en el Diálogo” de la misma. Esto, junto con el reciente acuerdo de cooperación por 25 años entre China e Irán, que abarca un plan de inversiones chinas de largo plazo en infraestructura para modernizar la industria iraní, el incremento de la cooperación financiera y el aumento de la cooperación en áreas como cultura, educación, ciencia y lo militar, a cambio de que Irán provea regularmente de petróleo a China, consolida la presencia china en la región de Medio Oriente.

Esta presencia es concomitante con un retroceso de los Estados Unidos en la región de Medio Oriente. Este acuerdo entre China e Irán redujo el potencial impacto que podrían tener las nuevas sanciones y embargos que anunció Mike Pompeo en septiembre de este año, las cuales fueron impuestas unilateralmente. Esto, junto con la derrota de los Estados Unidos en Siria, al no poder derrocar a Bashar al-Assad, que le impidió utilizar a este país como un muro de contención contra Irán y para contrarrestar el avance de la influencia rusa y china sobre la región, marcan una debilidad norteamericana en el control de esta región.

Recientemente, Trump optó por modificar su política hacia Medio Oriente, apostando por acuerdos bilaterales entre Israel y países árabes, como Bahrein o Emiratos Árabes Unidos, y auspiciados por la administración Trump, para “construir la paz en la región”. Sin embargo, el pueblo palestino ya puso el grito en el cielo, por no haber sido consultado y por la falta de solidaridad entre los países árabes en el rechazo a esta iniciativa, por lo que estos acuerdos no se presentan como una verdadera solución para la región. El propio Mike Pompeo reconoció que, para que el plan funcionase, tanto Israel como Palestina debían aceptarlo, lo cual no estaría sucediendo.

Retomando la Nueva Ruta de la Seda, quedó pendiente el cinturón marítimo proyectado por este plan. Este cinturón comienza en el este de China, atraviesa el estrecho de Malacca y, cruzando Bangladesh, Sri Lanka y Pakistán, continuaría por el mar Rojo hasta desembocar en el puerto de El Pireo, en Atenas, que mencionamos antes. A través de la construcción de puertos y obras costeras, China busca mejorar las redes existentes e incrementar las vías de entrada de sus productos, asegurando, al mismo tiempo, las líneas de abastecimiento de los recursos energéticos y las materias primas fundamentales para su economía.

Aquí me gustaría destacar el Corredor Bangladesh-China-India-Myanmar, que tiene la particularidad de incorporar tanto tramos terrestres como marítimos. Tras el Segundo Foro de la Nueva Ruta de la Seda, celebrada en abril de 2019, en la cual India no participó, y durante la cual este corredor no fue mencionado dentro de los 35 corredores mencionados en el foro, se creyó que el proyecto estaba abandonado, pero Xi Jinping afirmó que el proyecto todavía estaba vivo. Las tensiones respecto a este corredor giran alrededor de dos ejes.

El primer eje es que uno de los seis corredores incorporados en la OBOR es el “Corredor de Crecimiento China-Pakistán”, que busca estimular el comercio entre Xinjiang y el puerto de Gwadar, ubicado en el mar Arábigo. En la concepción geopolítica de la India, una de las razones por las que se propuso el desarrollo de armas nucleares era la posibilidad de que una alianza entre China, Pakistán y Myanmar pudiera amenazar las rutas comerciales de la India en el océano Índico; junto con la argumentación de que la existencia de Pakistán se basa en una política de odio hacia la India, convirtiéndose en una amenaza para la seguridad interior de dicho país. El desarrollo de este corredor con Pakistán implica, por parte de China, una legitimación de ese país, al cual India considera como ocupante ilegal de su territorio.

Asimismo, recientemente se dio un choque en una de las regiones fronterizas en disputa entre India y China, y se habla de que la India buscaría reapropiarse de la zona de Cachemira, hoy bajo la administración de Pakistán. Por la región de Cachemira atraviesa la carretera del Karakórum, que une a China con Pakistán, y que es clave para el transporte de bienes desde y hacia el puerto de Gwadar.

El otro eje es que, pese a que el corredor Bangladesh-China-India-Myanmar incluye puertos indios, el gobierno chino no suscribió ningún tipo de acuerdo con la India, apenas involucrando al gobierno indio en el proyecto.

Un tercer elemento que tensiona las relaciones entre los dos gigantes asiáticos, que no está directamente relacionado al corredor marítimo en cuestión, es la creciente actividad de la República Popular en el Mar de la China Meridional, que ha acercado a la India a la estrategia de una región Indo-Pacífico abierta y libre que propone Trump y sus socios en su política de contención de China. Recordemos que la India forma parte de la “Iniciativa Cuadrilateral”, una iniciativa en materia de seguridad integrada por Estados Unidos, Australia, India y Japón. Esto no fue bien recibido por China.

Quien ha actuado como mediador entre ambos siempre ha sido Rusia, que desde los tiempos de la Unión Soviética ha tenido una relación de amistad con la India. Cuando, durante la Guerra Fría, las relaciones sino-soviéticas se tensionaron, los soviéticos comenzaron a oficiar como proveedores de artillería, submarinos, corbetas y tanques para los indios, relación que se extendió hasta el final de la Guerra Fría. Con la desaparición de la Unión Soviética, India viró hacia los Estados Unidos como proveedores de armamento, aunque Rusia continuó vendiendo elementos como fragatas, helicópteros y tropas, lo cual explica que, aún hoy, el 70% de los sistemas de las Fuerzas Armadas de la India sean de origen ruso. De hecho, en 2018, India y Rusia firmaron un acuerdo para compra de armamento por U$S15 mil millones, a pesar de la amenaza de sanciones norteamericanas.

Como sostiene Manoj Joshi (2019),

El compromiso de India con el RIC (Rusia, India y China) tiene múltiples capas. Primero, es parte de un compromiso mayor para estabilizar su entorno de seguridad, algo que no puede lograrse sin estas tres potencias principales. Segundo, es una forma de demostrar una postura cooperativa hacia China, que tiene la capacidad de afectar negativamente los intereses de la India. Tercero, al participar en el grupo, India puede asegurarse su valiosa relación estratégica con Rusia, que, de lo contrario, giraría hacia China por defecto. Cuarto, le permite a la India proyectarse como una potencia Euroasiática e Indo-pacífica y, como tal, tener participación en grupos como el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral y en la Asociación para la Cooperación de Shanghai.

Respecto a Rusia, que ha actuado como el brazo occidental de la estrategia sino-rusa, no podemos no mencionar los sucesos que llevaron a la anexión, por parte de Rusia, de la península de Crimea. El 16 de marzo de 2014 se llevó a cabo un plebiscito en la península de Crimea en la que el 96% de la población votó a favor de una reunificación con la Federación Rusa, luego de haber sido cedida por la administración soviética de Jruschov, en 1954, a Ucrania. Recordemos que el 60% de la población de esta península es de origen ruso, y que la lengua más hablada en la región es, por lo tanto, el ruso; esto generó tensión con la administración interina que gobernó Ucrania tras la “Revolución EuroMaidán”, la cual derogó la ley que permitía que el ruso, y otros lenguajes minoritarios, fueran oficiales en las regiones multiculturales.

Pero, más allá de la cuestión cultural y lingüística, la península de Crimea tiene un rol estratégico fundamental. En primer lugar, la base de Sebastopol le permite a Rusia tener bajo control el mar Negro y le permite y un rápido acceso y presencia de sus naves en el mar Mediterráneo. Como lo reconoce Jonás Estrada (2019), la presencia de la flota rusa en Sebastopol permitió que


Durante la guerra de Georgia estableciera bloqueos en el Mar Negro y fue utilizada para lanzar aterrizajes anfibios. También fue usada durante la crisis de Libia, en la misiones contra la piratería en el océano Índico o en el desmantelamiento de las armas químicas de Siria.

En segundo lugar, la península de Crimea es una zona rica en hidrocarburos; se calcula que puede tener un valor de varios miles de millones de dólares en gas y petróleo. Ucrania ya había reconocido este potencial energético de la región, pero había declarado la necesidad de inversiones millonarias para poder avanzar en su explotación. Ya existía un interés de Exxon, Shell y ENI por hacerse con permisos para explotar la región, pero la anexión, por parte de Putin, de la zona frustró estos planes. Al mismo tiempo, esto también frustró las intenciones de Ucrania de poder adquirir una cierta independencia energética, lo cual se presentaba como un gran paso para su futuro económico.

Como también lo reconoce Estrada (2019),

Su privilegiada ubicación geográfica le permite controlar el centro del Mar Negro con sus recursos energéticos y cerca de la rica región del Cáucaso, al tiempo que resulta clave para ejercer el control y la vigilancia de los mares de Azov y de Mármara; y de los estrechos de Kerch, Bósforo y Dardanelos. Con todo esto, Moscú obtiene una rehabilitada proyección geoestratégica sobre la periferia oriental del Mar Mediterráneo.

Todavía nos falta tratar la iniciativa del gasoducto Nord Stream 2, pero lo dejaremos para un próximo apartado. Con lo visto en esta primera parte, podemos observar una creciente influencia y control de lo que Mackinder llamaba Heartland por parte de Rusia y China. La consolidación de vías de conexión terrestre y marítima sobre toda la región euroasiática le permite a ambos un abaratamiento y mayor velocidad de su logística, así como también del abastecimiento, especialmente crítico para el caso chino, de energía y materias primas. También les permite tener bajo su control valiosos recursos naturales estratégicos, determinantes para el actual modelo de producción pero, por sobre todo, hacia el futuro, el cual exigirá una transformación hacia una matriz energética diferente a la actual, de carácter sustentable y no dañina para el medio ambiente.


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