El Fundamentalismo del Consenso es un Discurso Conservador

Por Silvano Pascuzzo

El “consenso”, se ha convertido en la nueva palabra mágica. Todo parece resumirse en la vocación de cerrar la consabida “grieta” y recitar, con fruición y no disimulada demagogia, el decálogo de los buenos modales. Pareciera ser como si la Política, en su dimensión conflictiva, estuviera muerta; como si las contradicciones sociales y de intereses, pudieran ser superadas por la prestidigitación de un grupo de dirigentes afrancesados, culteranos y aficionados al estilo diplomático.

Acto seguido quisiera decir, que ese discurso es cuando menos “conservador”, sino francamente reaccionario; al estar inspirado en la idea de que es posible construir un “orden social estable”, regido por el respeto de la Ley y la existencia de un imperativo categórico de reverencial sumisión al acrisolado universo de los buenos modales. Una Utopía estúpida, ingenua y tremendamente capciosa. Para decirlo en criollo: una enorme boludez.

El Gobierno es el arte de dirimir los conflictos, no el de subsumirlos en la armonía. Sin conflicto no hay necesidad de la política, puesto que el acuerdo entre partes – el consenso – no necesita de arbitrajes salomónicos. Es una tontería creer – y lo digo sin respeto alguno por sus cultores – que es posible construir una sociedad Justa, dialogando con los que la mantienen en estado de Injusticia. Ni lógica ni empíricamente, resulta factible sostener semejante eufemismo.

La violencia es otra cosa. No es necesario matar al otro para imponerle decisiones. Para eso existe la regla de la mayoría. Es absurdo cogobernar con los que han perdido una elección libre; ya que precisamente son los que perdieron. El ganador tiene su derecho a avanzar con políticas en todo acorde con su triunfo, sin ser por ello arbitrario ni autoritario. “La Victoria da Derechos”, pues para eso sirve la Victoria.

Es ser funcional a la Derecha ser un fundamentalista del diálogo. Y también un precursor del fracaso, al sustituir la acción por la discusión en materia de gobierno. Mandar no es malo, sobre todo si se ha sido elegido de modo transparente para eso. No mandar cuando hay que hacerlo, por temor a la crítica; es como no festejar un cumpleaños, por miedo a que se ofendan los que no han sido invitados.

Quiero decir finalmente, que éste versito de los acuerdos, me suena más a excusa que a honesta convicción. Hay acuerdos con sectores concretos de poder, detrás de éstas nobles apelaciones. La cuestión no es sí esos acuerdos son malos o buenos, sino en si son acordes con los objetivos que se pusieron a consideración de la gente, antes de ser elegidos para ocupar cargos de responsabilidad institucional. Y si los que nos apoyaron, están dispuestos a consentirlos, bajo la ubicua argumentación de que “los contextos han cambiado” y la “correlación de fuerzas es adversa”.

Yo no creo en el consenso como herramienta de transformación. Creo en la lucha y en la decisión política firme de llevar adelante los programas políticos con los que se ha decidido incorporarse a la batalla por el poder. Hay gente con la que no hay que dialogar, sobre todo porque es inútil. No va a convencerse a Todos, y se corre el riesgo de desorientar y ahuyentar a los convencidos del propio lado. Porque en política hay siempre dos bandos, le guste o no a los que intentan hacerla, sin enojar a nadie.

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