El Fracaso de la Teoría del Consenso y sus Peligrosas Consecuencias

Por Silvano Pascuzzo

La Grieta, la Pandemia y la Necesidad de un Cambio. Los últimos acontecimientos, vinculados a la evolución de la pandemia de COVID-19 en la República Argentina; muestran – una vez más – síntomas preocupantes en la esfera de la “Política”, además de los peligros inherentes a la circulación social y masiva del virus. Porque hubo vacilaciones en la toma de decisiones críticas, producto de pujas entre actores diversos y, sobre todo, del fracaso de una visión “consensualista”, que no ha resistido los embates de unos sectores marcadamente opuestos a todo lo que venga del oficialismo. La “grieta” no sólo no se ha cerrado, sino que está ampliándose de modo vertiginoso.

Y esto no porque el “Kirchnerismo” carezca de “racionalidad”; sino porque precisamente sus enemigos, han lanzado una serie de eslóganes y argumentos disparatados, de fuerte voltaje y gran estridencia, alentando la teoría – absolutamente descabellada – de que el Presidente Fernández persigue fines totalitarios, tiene ambiciones oscuras e inconfesables, y quiere liquidar, de la mano del “Marxismo”, los derechos de propiedad, garantizados en el Artículo 14 de la Constitución Liberal de 1853, reformada en 1994.

Tamaña barbaridad, amplificada por el poder mediático y la existencia, en el seno de nuestra sociedad, de una minoría de carcamanes físicos e ideológicos, salidos de lo más recóndito del pasado nacional; desnuda la inexistencia de las mínimas condiciones para un diálogo fecundo entre oficialismo y oposición y demuele, de un solo golpe, las esperanzas bien orientadas, pero ingenuas, de quienes creían superadas las diferencias entre los argentinos por la sola verbalización de un decálogo de principios pluralistas, sacados de algún manual de Ciencias Sociales o Filosofía del Derecho.

La Política, ya lo sabemos, no se mueve en el marco de los límites establecidos por la Moral convencional; es un problema mucho más complejo. Y la priorización de la Vida y de la Salud no es gratuita ni neutra en términos de opinión pública. Porque hay una electorado de derechas, en varias regiones del país, que piensa en términos bien distintos a ese Humanismo, por momentos teñido de románticas aspiraciones a la “responsabilidad social”; sector que razona con egoísmo mal disimulado, una brutalidad espantosa en términos argumentales y un fanatismo que asusta y preocupa.

En consecuencia, el Gobierno debería de tomar nota de las dificultades y peligros – como ya lo hemos alertado en varias oportunidades por éste medio – que implica continuar creyendo en el consenso y la armonía, en el marco de una creciente polarización. No se va a convencer con argumentos médicos y sociológicos, a esa chusma neofascista que vocifera en las calles, pidiendo el retorno de los fantasmas más oscuros de nuestra Historia. Violan la ley descaradamente, y el Estado no puede ni debe ser pasivo; a riesgo de ser mal interpretado, en sus actos y en los hechos, incluso por quienes lo acompañan en la cruzada contra la enfermedad.

Esa minoría irredenta de antiperonistas obtusos y liberales ignaros, representa – lo decimos sin pudor – lo más execrable y repudiable de la sociedad argentina, y no debe recibir más que repudio, rechazo y crítica firme, de parte de quienes creemos en la convivencia y la igualdad. No podemos negociar con sus representantes, argumentando que han cambiado o están arrepentidos. No debemos forzar los límites de lo posible, demorando decisiones claves; no podemos contestar a los agravios con violencia, pero sí con un rumbo claro, preciso y, sobre todo, aplicado con rigurosidad y eficiencia.

Nadie desea – y menos quien esto escribe – la germinación de actos de violencia y terrorismo; pero sí es esperable de un Gobierno munido de la Legitimidad de una elección ganada con amplitud; que se esfuerce por ser claro para quienes se jugaron en las urnas para ponerlo en el poder. La ceguera de sus opositores es irreductible, pero la paciencia de sus partidarios puede no ser eterna. Repetimos, una vez más, que la peor política es intentar convencer a todos, pues puede terminarse no convenciendo a nadie.

La batalla ganada por el Gobernador Axel Kicillof en la última reunión plenaria en la Residencia Presidencial de Olivos; muestra que si no se argumenta con firmeza y se resisten las presiones, no pueden implementarse ninguna de las políticas públicas pregonadas y prometidas en la campaña electoral de 2019. El Estado está para usarlo, e implica – siempre – la amenaza del uso de la fuerza legítima. No hay que temer a esa herramienta, sobre todo cuando se dice que se confía en ella, para reparar los daños generados por cuarenta años de destrucción sistemática de la Argentina; por los enemigos declarados de ella. Valiente gesto el del joven economista, devenido primer mandatario de la Provincia más grande del país; tranquilizador y esperanzador para muchos de nosotros.

Porque aún confiamos en el Presidente, en sus buenas intenciones y en su inocultable inteligencia, le pedimos que reflexione y corrija estos evidentes defectos; que deje a un lado visiones que, más allá de sus ponderables motivos, son inexactas y peligrosamente ingenuas, y recupere el espíritu que lo puso en el puesto; ese que prometía firmeza y coraje ante las presiones y voluntad de transformar la realidad, más allá o más acá de las ambiciones corporativas. Es sobre ellas que tiene que gobernar. Es liderando a la mayoría, en medio de los gritos histéricos de los “cacareadores de la libertad”, que debe sacar adelante medidas poco simpáticas para muchos, pero necesarias si se desea transformar la Argentina, en la dirección de mayor Justicia y equidad. Pactar con timoratos y acomodaticios, sólo cosechará ingratitudes; y lo alejará de la meta.

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