El Esmerilamiento

Por Elías de la Cera


Por eso, reyes, sean prudentes;

aprendan, gobernantes de la tierra.

Sirvan al señor con temor;

temblando ríndanle homenaje,

no sea que se irrite y vayan a la ruina,

porque su enojo se enciende en un instante.

-Sl 2, 10-12.



Para mitigar el ponzoñoso descuido del Diputado Ameri, el monocorde Sergio Massa irrumpe violentamente, innovando en el arte de la entonación beligerante. Si el protagonista del fato no renunciaba inmediatamente, lo expulsarían esa misma noche. Es que, si el acto no recibía una sanción perentoria y repentina, si no pasaba rápidamente al olvido (entendido como forma de la misericordia), podría convertirse en un valuarte de la degradación de los legisladores y la clase política en general.


La crónica registra como antecedente aquella expulsión del Diputado Ángel Luque, padre del condenado por el asesinato de María Soledad Morales. El desprestigio terminó por irradiarse en el conjunto del menemismo. Sin embargo, hay otro hecho que también involucra a Sergio Massa y es la ya completamente olvidada astucia de Scioli, que, siendo embajador, ocupó una banca para dar quórum. Lo que nos remite a otra picardía encabezada por Julio Samid, que, para completar el quórum, envió a su asesor a ocupar una banca; el famoso “diputrucho”.


El problema para Massa y para el Gobierno, no radica en la falta de inhibición y criterio del Diputado. Sino que ese escándalo, sumado a escándalos precedentes, terminen por esmerilar al peronismo ante la frustrada mirada de los hombres y mujeres de nuestro pueblo. Así, mientras el Movimiento Nacional Justicialista se debate entre los que reivindican el pasado (Guillermo Moreno) y los que proponen una renovación (Sergio Uñac), surge una nueva problemática, menos abstracta, menos doctrinaria, más urgente y pragmática; el creciente resquemor social y la preservación de los dirigentes políticos.


Algunos podrán argumentar que un diputado desubicado y soez debería ser una frivolidad frente a un diputado corrupto. Pero la estética tiende a prevalecer por sobre la lógica. La corrupción es un hecho personalísimo, sea ante la familia, ante el pueblo, ante Dios. Pero, si de generar cohesión se trata, la estética supera a la ideología. Es más fácil condenar un hecho tangible y descarado, que generar animadversión con tediosas explicaciones judiciales.


El Poder Judicial sufrió la misma suerte que los otros dos poderes, lo que pareciera ser un sello distintivo de este país, ya que, por ejemplo, en Estados Unidos y en Brasil, cada uno de los once miembros de la Corte Suprema son conocidos, admirados y respetados. Queda en manos del máximo tribunal de justicia recomponer la imagen del Poder Judicial en el atributo esencial de la división de poderes.


La “Reforma Judicial”, que no es reforma judicial, promovida por Alberto Fernández (no por Cristina), si algún argumento ético tiene, es la falta de independencia de los jueces que juzgan a los funcionarios del Ejecutivo y el Legislativo. Y la condición para que cualquier futura reforma de la Justicia sea percibida como una forma de dotar de mayor autonomía a la Justicia, es comenzando por la independencia de la Corte Suprema sobre quienes promueven esa reforma desde los otros dos poderes.


En las endogámicas usinas del oficialismo, perseveran en esgrimir argumentos en contra de la Justicia, arguyendo que “en Argentina no hay Estado de Derecho”, lo cual derivaría inmediatamente en un Estado de Violencia donde el hombre es lobo del hombre y solo prevalece el más fuerte. Con un grado elevadísimo de irresponsabilidad e ignorancia, los funcionarios y periodistas insisten con el tedioso e inexacto concepto de “Lawfare”, terminado de desprestigiar, de esmerilar y de humillar todos y cada uno de los poderes que hacen al Estado argentino.


Si la dirigencia política no toma real dimensión de lo que está aconteciendo, y los escándalos se multiplican en proporción a la agudización de la crisis, cuando la realidad se imponga por sobre las justificaciones teóricas, nuestra propia existencia como Estado, pueblo y Nación quedará librada a la irrevocable voluntad de Dios.


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