El Error de Marx. Usura y Trabajo Humano en el Capitalismo

Por Silvano Pascuzzo

Cuando Karl Marx (1818-1883) construyó su famosa teoría sobre el “Capital”, lo hizo centrándose en el “valor del trabajo humano” ; siguiendo en ello no sólo a Adam Smith (1723-1790) y a David Ricardo (1772-1823), sino esencialmente a Aristóteles (384-322 A.C). Con ello, sentó un precedente que ha tenido un enorme peso en la Historia Económica, como disciplina académica. La producción y, más concretamente, la apropiación del fruto del esfuerzo del obrero, fueron desde entonces considerados el motor del sistema de relaciones crematísticas que conocemos con el polémico y nunca bien definido vocablo de Capitalismo.


No ignoraba el filósofo alemán que también las finanzas cumplían un papel muy importante en lo que llamó la “concentración y centralización del capital”. Pero sus inclinaciones socialistas, junto con su devoción por los clásicos ingleses, así como la preponderancia en su pensamiento de los esquemas idealistas heredados de Georg W. F. Hegel (1770-1831), impregnaron su concepción de la evolución económica de Occidente, de un criterio restrictivo, parcial y carente de sutilezas. El dogmatismo condicionó al historicismo marxista, en la mente de su fundador, con una evidente tendencia sociologista, en sus estudios posteriores a 1849.


El “productivismo” de las ideas de Marx no permitió a los economistas posteriores – hasta John Maynard Keynes (1883-1946) – poner el foco analítico en el que era, desde sus orígenes, el eje vertebrador y articulador de todo el sistema: el entramado de relaciones indisolubles entre la burguesía industrial, la aristocracia terrateniente y los bancos. Fueron las finanzas, y no la industria y el comercio, las que pusieron en marcha la rueda de la acumulación primitiva, dando origen al desarrollo de Europa en los siglos XII y XIII, como bien lo ha destacado el historiador medievalista de la Escuela de Annales, George Duby (1919-1996).


Hoy, el predominio de los sectores asociados a la especulación renueva y actualiza el debate sobre su papel en el conjunto de la economía global, y nos impele a superar el error cometido por Marx, analizando los efectos profundos que la valorización del capital tiene en la evolución y desarrollo de las crisis capitalistas, cada vez más pronunciadas y cada vez más recurrentes. La sobreproducción y la ausencia de inversiones ya no explican – como antaño – el desarrollo de una imprevisible maquinaria de obtención de réditos monetarios, que incluso ya no se expresan a través de activos físicos; pues son apenas impulsos electrónicos en la red mundial de comunicaciones que conocemos como “Internet”. La riqueza ya no es cuantificable en oro o divisas, es sencillamente una abstracción.


Nos parece importante recalcar entonces, que el Capitalismo no sólo ha mutado en sus expresiones más concretas; sino que también, y paradójicamente, sigue siendo el mismo que en sus orígenes remotos. El sistema financiero – el préstamo a interés – aparece como su substancia primordial, su Deus ex machina desde los orígenes de la Historia universal. Aquello que el estagirita llamara “el modo inmoral de acumular riquezas”, la “usura”; o el uso indebido de la moneda como medio de atesoramiento más que como instrumento de cambio; es la esencia del Capitalismo. Su última y única razón de ser, más allá de los oropeles naturalistas que los pensadores liberales han intentado edificar en su derredor, para hacerlo científicamente invulnerable. Hacer dinero, multiplicando el dinero.


En una palabra, la complejidad del escenario global en los años transcurridos desde la caída de la URSS, muestra la verdad de estos asertos, y nos obliga a repensar desde otras bases la Economía y su funcionamiento. El Desarrollo, que fuera la meta de todos los países pobres a lo largo de, por lo menos, dos siglos, ya no es sinónimo de industrialización; y la idea del crecimiento basado en un equilibrio entre productividad y nivel de empleo, ya no es lo que fuera en el pasado; la manifestación más palmaria, de una sociedad moderna.


Detrás de los ciclos económicos, está la circulación de capitales como elemento explicativo último de los mismos. Por ello la Escuela Neoliberal, particularmente los seguidores del llamado “monetarismo”, insisten tanto en la importancia de la captación de activos financieros para el desarrollo de los países periféricos. Estos economistas son los heraldos de los intereses de la banca internacional y de los organismos multilaterales a ella asociados, y presentan con enorme descaro el rostro más oscuro y terrible del sistema: la muerte del trabajo como factor esencial para la acumulación y multiplicación de la riqueza.


Los que creemos en un modelo distinto de producción y circulación de bienes y servicios, estamos obligados a mirar el proceso económico desde otro sitio, otra perspectiva. Y, en este sentido, puede resultar útil revalorizar la vieja pero venerable tradición que, desde los tiempos antiguos, rechazaba a la usura y ponía el eje en la “satisfacción de las necesidades humanas”. Repensar la organización social en el siglo XXI, es revalorizar el trabajo como elemento articulador de la misma, como pieza central para la construcción de una “Comunidad” con Justicia y con aceptables niveles de Igualdad.


El Capitalismo identificó siempre al trabajo como un costo. Nosotros debemos colocarlo en el lugar en el que todo el Pensamiento Humanista lo ha colocado: en el de Derecho Humano básico. Y, claramente, estamos en la obligación de discutir y demoler la visión relativista y utilitarista del mismo, como mero factor en el proceso de acumulación de riqueza. Si el precio es la modificación sustancial del modelo de desarrollo, a través del control de la especulación financiera, habrá que aceptar el desafío, si no queremos que el respeto acrítico a las leyes del Mercado nos conduzca a la expulsión de la mayoría del libre goce de los beneficios que, potencialmente, otorgaría ese mismo Mercado.

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