El empleo y la revolución digital

Por Lautaro Garcia Lucchesi

“We are being afflicted with a new disease of which some readers may not yet have heard the name, but of which they will hear a great deal in the years to come—namely, technological unemployment. This means unemployment due to our discovery of means of economising the use of labour outrunning the pace at which we can find new uses for labour”.


—John Maynard Keynes


Toda revolución económica y productiva trae aparejada, irremediablemente, un desajuste temporal en todos los órdenes de la vida. Pero la explosión de productividad y la constante innovación que ha introducido la era digital y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación no tienen similitud con ningún otro tiempo histórico. El carácter constante de la innovación no da respiro, lo que no permite a los seres humanos ponerse al día con los nuevos conocimientos e innovaciones. Tampoco las empresas pueden seguir el ritmo de esta corriente, pues qué sentido tiene adquirir tecnologías o máquinas que los obreros no saben operar

correctamente.


Jeremy Rifkin formuló, en 1995, un argumento al respecto. Para este economista norteamericano, el problema de la falta de creación de empleos es producto de que el progreso tecnológico reciente ha sido demasiado grande. “Las tecnologías más sofisticadas han generado que todos los sectores de la economía experimenten un desplazamiento tecnológico, forzando a millones de trabajadores al desempleo”.


Ya en 1983, el ganador del Premio Nobel Wassily Leontief había advertido también que “el rol de los seres humanos como el factor de producción más importante está condenado a disminuir, de la misma manera que el rol de los caballos en la producción agrícola fue primero reducido, y luego eliminado, por la introducción del tractor”.


Estas dos afirmaciones, de forma inevitable, nos derivan en la pregunta fundamental de este artículo: si el hombre va a ser desplazado de su lugar de trabajo por el progreso tecnológico pero, a su vez, el potencial de estas nuevas tecnologías no puede ser aprovechado completamente sin trabajadores calificados para ello: ¿cómo generar trabajo para todos utilizando el máximo potencial que otorgan las nuevas tecnologías?.


En primer lugar, para esbozar algo similar a una respuesta, debemos remitirnos a antecedentes históricos similares al proceso que estamos atravesando.


Y, si hablamos de progreso tecnológico y revolución económico-productiva, es imposible no referirnos a la revolución industrial, el antecedente histórico más cercano, temporalmente hablando.


Previo a la primera revolución industrial, existía en Inglaterra una clase numerosa de pequeños propietarios territoriales y de customary tenants (puede traducirse como “terrazgueros por costumbre”), casi tan apegados a la tierra como si les hubiera pertenecido enteramente. Esta clase era referida con el nombre de yeomanry, clase social que poseía el campo sobre el que vivía con su familia, y al cual explotaba personalmente. Estos labradores se servían de su arado para alimentar a su esposa y sus hijos y poseían dos o tres vacas que los abastecía de leche y queso. La principal característica de estos yeomanry era su independencia; por su trabajo obtenían una renta que les permitía una vida relativamente cómoda, aunque para nada lujosa. Y, cuando lo obtenido por su trabajo en el campo no era suficiente, su mujer y sus hijos cardaban o hilaban lana para algún artesano de alguna región cercana.


El inicio de la revolución industrial marcó el comienzo del fin para esta clase social. La aparición de los enclosures los privó de sus tierras en beneficio de los grandes hacendados y los obligó a transformarse en peones, vendiendo su fuerza de trabajo para sobrevivir. Pero, como la cría de carneros para la obtención de lana, no es una actividad intensiva en mano de obra, muchos de estos yeomanry se ven sumidos en la miseria. Y, en la búsqueda por la supervivencia, se trasladan a las ciudades pequeñas y grandes buscando un empleo en la naciente gran industria.


Esta migración forzada del campo a la ciudad fue uno de los factores que permitió el auge industrial británico.


En el ámbito de la tecnología, las innovaciones que fueron surgiendo permitieron un aumento de la productividad, pero la mecánica mediante la que funcionaban estos inventos no eran muy diferente a las herramientas que ya existían; a su vez, la frecuencia con la que iban surgiendo estos instrumentos permitían, a estos nuevos obreros, una cierta adaptación a su funcionamiento.


Veamos un par de ejemplos.

En 1598, William Lee había creado el stocking frame, un telar para el tejido mecánico. Sin embargo, como todo invento revolucionario, fue rechazado por sus contemporáneos, debiendo su creador emigrar a Francia. Muerto en 1614, sus compañeros de trabajo en Francia regresaron a Nottingham. Para el siglo siguiente, el invento se había extendido a todo el país, al punto tal que éste se empleaba en los domicilios de los obreros, que se lo alquilaban al capitalista y patrón, dueño de estos telares que, por su costo, el obrero no podía comprar. Es decir, desde el surgimiento de este telar hasta su adopción generalizada, transcurrió un siglo.


La siguiente innovación, que puede ser considerada como el origen de todos los demás inventos que surgieron, en la industria textil, con la revolución industrial, fue la lanzadera volante. Inventada en 1733 por John Kay, no era más que un perfeccionamiento del telar ya existente. Este invento permitió eliminar una dificultad que existía con el telar anterior, la dimensión del tejido, el cual estaba limitado a la longitud de los brazos de quien tejía. La lanzadera volante permitió no sólo tejer piezas de mayor dimensión, sino también tejer más rápido. Al igual que William Lee, debió huir a Francia por la persecución de los adversarios que rechazaban su invento . Para la década de 1760, su invento se utilizaba en todas las ramas de la industria textil.


¿Qué quiero mostrar con estos ejemplos?. Que el ritmo con el que surgían y se generalizaba la utilización de estos inventos era considerablemente largo; un siglo para el primero y 30 años para el segundo. Además, el segundo era un perfeccionamiento del primero, por lo cual, los obreros conocían el funcionamiento del instrumento, lo que facilitaba, en gran medida, la adaptación al nuevo invento. El costo de esta primera revolución industrial fue la desaparición de una clase social, que se vió obligada a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir, convirtiéndose en el proletariado industrial.


Ahora bien, ¿qué diferencia a esta primer revolución industrial de la actual revolución digital?. Las diferencias son varias. En primer lugar, el ritmo del cambio tecnológico es constante. La digitalización no es un proyecto único que produce beneficios que sólo se dan una vez; por el contrario, es un proceso de destrucción creativa, donde los innovadores utilizan tecnologías nuevas y viejas para realizar cambios más profundos relacionados con la tarea misma, con el empleo, con los procesos, e incluso con la organización productiva en sí misma. Y estos cambios se retroalimentan a sí mismos, por lo que las posibilidades de innovación se expanden constantemente.


El inconveniente que surge es que las organizaciones y las habilidades de los obreros no pueden seguir el ritmo de la digitalización, lo cual da como resultado una masa de desempleados en constante crecimiento. Los empleos y los ingresos de las familias están siendo destruidos, La creación de valor agregado ha dejado de estar atada a la creación de nuevos empleos, lo cual socava el poder adquisitivo de las familias, que exhiben un poder de consumo inferior al que presentaban antes de la revolución digital. Esto, a la larga, también va a terminar impactando sobre los sectores privilegiados, pues si nadie tiene para consumir, no tiene sentido producir.


Y sin embargo, el PBI per cápita de países como Estados Unidos ha continuado creciendo considerablemente, exceptuando los períodos de recesión.


¿Cómo se explica esto?. Muy simple. Por la creciente concentración de la riqueza y el consecuente aumento de la desigualdad. Entre 1989 y 2009, en los Estados Unidos, todo el incremento de la riqueza de ese país se concentró solamente en el 20% de los hogares de ese país. Mientras tanto, el ingreso medio de los hogares estadounidenses se estancó. Estos son los perdedores actuales de la era digital.


Otra diferencia, propia de la revolución digital, es que el cambio tecnológico exige obreros altamente calificados, con conocimientos de programación, administración y marketing. Estos puestos sólo pueden ser cubiertos por personas con conocimientos universitarios, a los cuáles se les ofrecen salarios significativos.


En contraposición, los trabajadores que sólo presentan título secundario han sufrido una caída en sus ingresos, y los que poseen título universitario incompleto han experimentado un estancamiento de su salario. Esto también profundiza la brecha de desigualdad, pues aquellos que no han tenido el privilegio de poder asistir y finalizar una carrera universitaria están condenados al desempleo, la pobreza y la marginación. Se estima que el 37% del empleo privado podría ser automatizado en los próximos 10 o 15 años.


Un tercer elemento característico de la digitalización es la concentración de la riqueza en el sector de servicios financieros. La participación de los sectores financieros en el PBI norteamericano ha crecido dramáticamente, y aún más su participación en la distribución de las ganancias. Esto se debe a una fuerte inversión de este sector en sofisticados programas informáticos de gestión comercial y financiera que, más que crear riqueza, han permitido una redistribución de la riqueza en favor de los sectores privilegiados. Por ejemplo, para el año 2010, Estados Unidos mostraba que las ganancias corporativas como porcentaje del PBI habían alcanzado el nivel más alto de los últimos 50 años; mientras tanto, los salarios y beneficios del sector trabajador se encontraba en el punto más bajo de los últimos 50 años.


Por último, hay una diferencia con respecto a las revoluciones anteriores que, a mi entender, es central. Con la revolución industrial, el hombre fue expulsado del campo para ser absorbido por la gran industria, donde tuvo que acostumbrarse a venderse a sí mismo para sobrevivir. Pero, si la revolución digital expulsa a una parte importante de la fuerza de trabajo de las fábricas, y el campo continúa concentrado en manos de unos pocos grandes propietarios, ¿cuál va a ser el destino de estos hombres expulsados?. Al menos por ahora, no ha surgido una forma de organización productiva que venga a reemplazar a la gran industria; por el contrario, la transformación tecnológica se ha dado al interior de ésta, reemplazando al hombre por la máquina. Esto deja al hombre en una situación de total incertidumbre con respecto a su futuro.


Hagamos ahora un breve ejercicio de pensamiento situado. ¿Qué requiere la Argentina para poder aprovechar las oportunidades que presenta la revolución digital (más allá de las inversiones de capital, cuya ausencia es obvia)?. Obreros capacitados para poder cumplir las nuevas tareas que van surgiendo de esta revolución. ¿Cómo podemos lograrlo?. Hay, al menos, dos cuestiones sobre las que debemos concentrarnos: la democratización del acceso a la tecnología y el tipo de educación que se imparte en los niveles primario y secundario.


El primer elemento le permitiría a nuestros infantes y jóvenes un acceso temprano al mundo informático, pudiendo aprender y comprender el lenguaje con el que se maneja el mundo digital en las fases donde el cerebro absorbe más fácilmente nuevos conocimientos. En este aspecto, el regreso del programa “Conectar Igualdad” es una buena noticia. Permitir que todos accedan a la tecnología es una forma de frenar la reproducción de un régimen que tiende a la desigualdad y, con ello, a la miseria de muchos para el provecho de pocos.


Con respecto al segundo elemento, necesitamos que, en la formación primaria y secundaria, los jóvenes aprendan cómo utilizar correctamente estas innovaciones, y las aplicaciones que estas tecnologías pueden tener en el mundo real. Debemos lograr que la escuela introduzca a los jóvenes en las diferentes aristas que componen esta nueva era digital, y que puedan adquirir conocimientos que le permitan a los jóvenes ingresar al nivel universitario y desenvolverse en éste sin inconvenientes. Esto exige una inversión muy fuerte en infraestructura escolar que es impostergable, pues cuanto más tiempo pasa, mayor es la distancia que nos separa, en este ámbito, de los países desarrollados. Sólo así podremos garantizarles un empleo y un nivel de vida mejor a nuestros futuros trabajadores.


Por último, estos dos elementos que acabo de mencionar apuntan a las próximas generaciones. Pero, ¿qué hacer con las generaciones que hoy conforman la fuerza de trabajo?. En este aspecto, los sindicatos deben cumplir un rol fundamental. Deben ser capaces de ayudar y proteger a los trabajadores que pierden su puesto laboral y capacitarlos en estas nuevas herramientas, para acompañarlos en la reinserción en el mundo laboral, con miras a conseguir un empleo mejor al que tenían anteriormente.


La cuestión del empleo en la revolución digital tiene un carácter de urgencia, debido a que, cuanto más tiempo transcurre, los puestos vacantes serán ocupados por otros y el rápido avance de la innovación puede generar que los conocimientos que un obrero posee hoy, ya no sean útiles mañana. No perdamos la posibilidad de insertarnos, de forma inteligente, en este nuevo escenario productivo, generando riqueza y apuntando a una redistribución más equitativa de la misma.

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