El Culto del Estado

Por Elías de la Cera

“Yo sueño que estoy aquí

de estas cadenas rodeado,

y soñé que en otro Estado

más lisonjero me ví”.

Pedro Calderón de la Barca.


Cuando entonces no era obligatorio hablar de cómo divertirse en la cuarentena, ni de cuál es el procedimiento a seguir para ortibar a una persona que sale de la casa, en este mismo portal, hemos dicho hasta el hastío (socolor de una obsesión casi patológica) que el Estado no es otra cosa sino la última, la más perfecta de las asociaciones humanas, y, al igual que las asociaciones precedentes, el Estado le debe su buen funcionamiento al orden totalizador que producen la conveniencia de vivir en grupo y la coerción por parte de quien ejerce la autoridad.


Los liberales doctrinarios, vale decir, aquellos que se toman en serio las teorías liberales, parten del principio de la libertad individual, se perfilan como adversarios del Estado. Fueron ellos los primeros en decir que el gobierno (es decir, el cuerpo de funcionarios organizado de una manera o de otra, y encargado especialmente de mantener el orden; el Estado) es un mal necesario, y que toda la civilización consistió en disminuir, cada vez más, sus atributos y sus derechos.


Como bien señala Bakunin (verdadero enemigo del Estado), cada vez que ha sido puesta seriamente en tela de juicio la existencia del Estado, los liberales doctrinarios se mostraron partidarios del derecho absoluto del Estado, no menos fanáticos que los absolutistas monárquicos (sus padres) o los jacobinos (sus enemigos).


Este culto incondicional del Estado, aparentemente opuesto a las máximas liberales, puede explicarse de dos maneras: primero prácticamente, por los intereses de su clase; visto desde la perspectiva anarquista, la inmensa mayoría de los liberales doctrinarios pertenecen a la burguesía. Esa clase no exigiría nada mejor que se le concediera el derecho o, más bien, el privilegio de la más completa anarquía; toda su economía social, la base de su existencia política, no tiene otra ley más que esa anarquía expresada en la célebre insignia: “laissez faire et laissez passer”. Pero no quiere esa anarquía más que para sí misma y sólo a condición de que las masas, “demasiado ignorantes para disfrutarlas sin abusar”, queden sometidas a la más severa disciplina del Estado.


Si las masas, cansadas de trabajar para otros, tuvieran la perversa idea de insurreccionarse, y de hacer tambalear la existencia política y social de la burguesía, no sería extraño ver como los liberales burgueses más exaltados, se convierten repentinamente en partidarios tenaces de la omnipotencia del Estado. Poner de ejemplo el caso chileno, viendo como los defensores del respeto irrestricto al proyecto de vida del otro, se convierten más y más al culto del poder absoluto, puede serle de gran ayuda al lector.


Luego de esta razón práctica, hay otra de naturaleza por completo teórica y que obliga a los liberales más sinceros a volver siempre al culto del Estado. Son y se llaman liberales porque toman la libertad individual por base y por punto de partida de su teoría, y es precisamente porque tienen ese punto de base y de partida que deben llegar, fatalmente, al reconocimiento del derecho absoluto del Estado.


La tan mentada “libertad individual” no es, según los propios liberales, más que una creación, un producto históricos de la sociedad. Pretenden que es anterior a toda sociedad, y que todo hombre la trae al nacer, con su alma inmortal, con un don divino. Siendo libre anteriormente y fuera de la sociedad, forma parte, necesariamente, de ésta última por un acto voluntario y por una especie de contrato, sea instintivo o tácito, sea reflexivo o formal. Para decirlo de una vez: no son los individuos los creados por la sociedad; al contrario, son ellos la que la crean, impulsados por alguna necesidad exterior, tales como el trabajo y la guerra. En esta teoría, la sociedad propiamente dicha no existe; la sociedad humana natural, el punto de partida real de toda civilización humana, el único ambiente en el cual puede nacer y desarrollarse la personalidad y la libertad de los hombres, le es perfectamente desconocida. No reconoce, de un lado, más que a los individuos, seres existentes por sí mismos y libres de sí mismos y, por otro, a esa sociedad convencional, formada arbitrariamente por esos individuos y fundada en un contrato, formal o tácito, es decir, el Estado.


Si hay algo que es evidente, y que hemos dicho aquí hasta el hartazgo y la indignación, es que todos sabemos muy bien que ningún Estado histórico ha tenido jamás un contrato por base y que todos han sido fundados por la violencia, por la conquista, por el sojuzgamiento y el ejercicio despótico de la autoridad. Pero esa ficción del contrato libre base del Estado, nosotros (el campo nacional y popular) no hacemos otra cosa que ratificarla, cediendo al liberalismo una parte axial de eso que algunos llaman “batalla cultural”, pasando de ser el hecho maldito a una versión macanuda y bien intencionada del liberalismo burgués.


En estos días, hemos escuchado mucho las canciones: “El Estado te cuida” o “Hay que estatizar los medios de producción”. Haciendo una apología del Estado propia de la derecha hegeliana. Es preciso reservarse cierto escepticismo ante esta repentina estatización de los comunicadores. Cito a Perón cuando digo que: “La doctrina económica que sustentamos, establece claramente que la conducción económica de un país no debe ser realizada individualmente, que esto conduce a la dictadura económica de los trust y de los monopolios capitalistas”.


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