El coronavirus causó dos nuevas muertes

Por Daniel Barbagelatta

El Crack del ‘29 erradicó, si bien con retraso y por menos décadas de lo que una humanidad con memoria histórica haría pensar, el liberalismo como matriz conceptual de las políticas económicas.


A pesar de existir, desde hacía muchos años, elaboraciones teóricas que demostraban lo endeble de sus presupuestos, fue necesario un sacudón fáctico tan traumático con la Depresión que siguió a aquel jueves negro. Es así, el hombre aprende de golpes... aunque pronto se olvida, hasta que se da otro.


La bonanza de los 30 años dorados del capitalismo y el dato biológico del cambio generacional de los hombres encargados de tomar las decisiones económicas y lo que los elegían, fue borrando el porrazo del que se aprendió que la libertad económica es la anomia selvática.


Los monetaristas, como adolescentes de panza llena que se rebelan contra los progenitores que hacen posible ese llenado, inflaron orgullosamente el pecho contra el Estado de Bienestar, apalancando sus elaboraciones teóricas de dudosos cimientos sobre otro trauma: la crisis del petróleo.


Cuando el impulso “neocon” de los ochentas empezaba a flaquear, el desmoronamiento del bloque soviético no sólo le dio nuevos bríos, sino que, a partir de un nuevo sacudón histórico, en este caso en el patio del vecino de enfrente, justificó la radicalización de un liberalismo económico triunfante y ahora ecuménico.


Durante la última década del siglo XX, los países emergentes, o por lo menos los latinoamericanos, no pudiendo escapar al zeitgeist liberal, intentaron reponerse a las crisis cíclicas con más mercado. Así le fue a la Argentina, que, seis años después de "superar" el tequila con una profundización de la convertibilidad, voló épicamente por los aires, hasta que, con el nuevo milenio y el acompañamiento de algunos vecinos, cortó en parte las cadenas de la ortodoxia.


A nivel global, cuando en 2008 se pinchó la burbuja Lehman, las más liberales de las administraciones se tornaron súbitamente socialistas, básicamente para estatizar los quebrantos de las grandes compañías.


Quedarán para la historia económica y de la infamia universal los CEOS de las multinacionales viajando en jets privados a entrevistarse con funcionarios gubernamentales para exigirles que el Estado los rescatara del hundimiento. Sí, ese Estado que pocos meses antes veían como un obstáculo al libre y sano funcionamiento del mercado y que pretendían exorcizar de la vida de las empresas.


Se profundizó en aquel momento el llamativo contraste entre un gran intervencionismo para (y en favor de) grandes compañías y un inquebrantable laissez faire para los trabajadores y pequeñas empresas.


Si bien, a diferencia de los anteriores, el trauma que nos toca atravesar en esta coyuntura tiene orígenes extra económicos, no solo tiene efectos en el sistema económico idénticos a aquellos, sino que evidencia por ello mismo, y como primera revelación, que ese sistema no puede concebirse por separado de los mecanismos sociales, ideológicos, comunitarios y que, por mucho que duela en los think tanks liberales, no se trata de una disciplina "dura" sino que tiene todos los pliegues, blanduras sinuosidades y paradojas de las ciencias sociales.


Como en los sacudones previos, vemos pintarse de rojo a los más conservadores de los líderes mundiales y, para compensar aunque sea parcialmente las consecuencias del freno de mano que las cuarentenas ponen sobre la actividad económica, inyectar ingentes dosis de dinero y heterodoxia en sus países.


Incluso se nota cierto aprendizaje, en algunos de ellos, al no direccionar, como en casos anteriores la ayuda hacia "arriba" sino más bien por abajo.


La pesadilla del progresismo, llamada Donald Trump, se transforma en el Capitán América del keynesianismo, no solo llevando a cero la tasa de interés sino incluso evaluando poner literalmente en el bolsillo de los ciudadanos del país que preside un buen fajo de billetes verdes.


Si bien no faltan las expresiones de lo que Joan Robinson llamó, hace más de medio siglo, "keynesianismo bastardo", que postulan que solo se puede inyectar recursos cuando esos fueron previamente ahorrados durante la parte alta del ciclo económico, haciendo del trabajo de John Maynard exactamente lo que no fue, una rueda de auxilio para épocas de vacas flacas del capitalismo; los encargados de las decisiones hacen una pira épica con los papeles de la austeridad y el equilibrio fiscal y fabrican una inmensa pierna ortopédica para la amputación económica que la cuarentena exige, incluso si no se animan a ir a buscar la materia prima en los sectores que siempre, incluso en épocas de vacas famélicas, ganan.


No solo explota el liberalismo económico con esta mega presencia salvadora del gran "parásito" del Estado. También el político a poner, incluso los más libertarios que no quieren morir, un bien comunitario como la salud pública, del que depende la subsistencia biológica de los sacrosantos individuos, por encima de los derechos individuales de esos sujetos.


Y en plano más técnico, pero no por eso menos importante, también fenece sin ninguna gloria el pomposo monetarismo, el combustible ideológico que hace funcionar como sentido común la miopía de un liberalismo autodestructivo. Las administraciones públicas no solo intervienen en el rescate del sistema, sin que chisten los adalides de las libertades, sino que lo hace inyectando pornográficamente liquidez, creando dinero a una velocidad inédita precisamente cuando más riqueza se destruye; situación que, desde el relato monetarista, solo puede derivar en una mega hiper inflación.


Pues bien, no solo que eso no ocurre, sino que los precios, sobre todo de los bienes intermedios de uso difundido, como el petróleo, caen.


Es la biología la que, al parecer, muestra más cabalmente lo necesario que es para la economía la circulación y el consumo, y que la austeridad de los recortes, bastante razonable a nivel microeconómico, es letal para el sistema en su conjunto.


De todo este zafarrancho hay una lección que aprender, o quizá que recordar. Y ya que no es la Historia la Maestra de Vida, como predicó Cicerón, nuestro profesor de economía será un organismo microscópico con puntitas como corona y de origen desconocido.

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