El ascenso de las derechas europeas: ¿qué futuro se le avizora a la UE?

Por Lautaro Garcia Lucchesi



El 31 de octubre era la fecha final estipulada por las autoridades europeas para la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Sin embargo, la reciente ley aprobada por la Cámara de los Comunes obligaría a Boris Johnson a solicitar una prórroga de la salida si no consiguiese un acuerdo antes del 19 de octubre, a lo cual el canciller francés, Jean-Yves le Drian, ya ha dicho que no.


Lo cierto es que, más allá de la fecha exacta, lo importante es que con la concreción de la salida, emergerá un nuevo escenario internacional, donde el tan aclamado “modelo a seguir” como proceso de integración por los intelectuales liberales pareciera entrar en un período turbulento. Austria, Dinamarca, España, Finlandia, Francia, Hungría, Italia, Países Bajos, Polonia, Suecia y Suiza poseen partidos populistas de extrema derecha que se encuentran gobernando o como fuerzas políticas ascendentes que ya no pueden ser ignoradas en los parlamentos nacionales y regionales.


Los intelectuales liberales, defensores del orden internacional, globalizado y cosmopolita, históricamente han despreciado cualquier intento de construcción política alternativa, tildándola, en las décadas del ‘20, ‘30 y principios de los ‘40 del siglo pasado, de fascistas; luego de la Segunda Guerra Mundial, denominándolos totalitarismos, término que incluía a los movimientos fascistas y a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, ésta última la cual se había transformado en el nuevo enemigo de los “defensores” de la libertad; y, a partir de la caída de la URSS, el término extendido ha sido el de populismos.


Históricamente, estos movimientos populistas habían surgido en países con menor grado de desarrollo, donde la pobreza, el desempleo y la creciente desigualdad llevaban a la población a buscar, en los partidos políticos de corte populista, un refugio para sus demandas. Los liberales acusaban a los líderes populistas de aprovecharse de las necesidades de una población que aún no conocía los “beneficios” del modelo liberal, los cuales llegarían luego de que éstas sociedades atravesaran un proceso de ajuste que los llevaría a poder vivir de acuerdo a sus capacidades, y así podrían cosechar esos beneficios que otorgaba el orden liberal global (estos beneficios nunca han sido explicitados, por lo tanto nos es imposible reconocerlos).


Sin embargo, la crisis de 2008-2009 significó un punto de quiebre para este relato liberal. El capitalismo basado en la creación de riqueza a través del sistema financiero internacional, iniciado a partir de la ruptura del Consenso de Bretton Woods en los ‘70, generó una burbuja de crédito que explotó y generó una de las crisis más grandes que se han visto desde la Gran Depresión.


Recesión, aumento de la pobreza y el desempleo fueron las consecuencias que las poblaciones europeas tuvieron que enfrentar, mientras los bancos responsables de la crisis fueron rescatados a través de millonarias inyecciones de dinero, las cuáles fueron amortizadas a través de severos programas de ajuste fiscal y austeridad que la troika europea (el FMI, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo) impuso a los países miembros.


Los gobiernos de los países miembros, tradicionalmente de centro-derecha o socialdemócratas, no tuvieron alternativa y decidieron obedecer. Las consecuencias de esta decisión fueron fatales para sus poblaciones. Se ejecutó un recorte de las jubilaciones y pensiones, del empleo público, de los planes de asistencia social, privatizaciones de los activos públicos y un aumento de impuestos, los cuales generaron una profundización de la pobreza, la indigencia, el desempleo (sobre todo entre los jóvenes) y de la caída del Producto Bruto Interno.


A este desastroso panorama se le agregó a partir de 2015 un nuevo conflicto: el flujo masivo de migrantes provenientes de Medio Oriente producto del conflicto bélico en Siria. Millones de hombres, mujeres, niños y ancianos escapaban a Europa con la esperanza de un mejor futuro. Sin embargo, las económicamente diezmadas poblaciones europeas no los recibieron con los brazos abiertos, sino todo lo contrario.


Para los europeos de a pie, estos inmigrantes significaban una amenaza. Los pocos empleos que aún quedaban vacantes serían apropiados por los recién llegados, ya que ellos estarían dispuestos a trabajar por un salario mucho menor y no presionarían por estar en blanco, lo que le permitiría al empleador evadir impuestos. Además, ellos ya no percibían un seguro por desempleo, pues el plan de austeridad incluía la anulación de éstos por “falta de presupuesto”.

Además, estos inmigrantes eran mayoritariamente de religión musulmana, los cuáles son frecuentemente, y de forma ignorante, asociados a organizaciones y actos terroristas. Esta imagen fue reforzada por los ataques perpetrados por organizaciones terroristas en ese período, como el ataque a la revista francesa Charlie Hebdo en enero de 2015 o el ataque a la avenida turística peatonal Las Ramblas de Barcelona en agosto de 2017.


Esto explica que estos populismos de derecha sean antiinmigración y/o xenófobos y que reivindiquen la identidad y los valores cristianos que tradicionalmente han estado presente en sus sociedades. Esta es la imagen con la que el votante conservador y tradicionalista se identifica, los cuales son parte de su base electoral.


Este es el contexto económico y político que explica el actual “boom” europeo de los partidos nacionalistas de derecha, antiglobalización, antiinmigración y, en algunos casos, xenófobo, que rechazan la democracia liberal y a los partidos políticos tradicionales. Las sociedades europeas se cansaron de sufrir y de que sus demandas no fueran escuchadas por sus gobiernos, los cuáles sólo obedecían a Bruselas y, en campaña electoral, les prometían acciones que luego no podían cumplir. Por eso Bruselas se transformó en el enemigo.


Estos nuevos partidos se transformaron en un mecanismo a través del cual las demandas de las sociedades volvieron a tener relevancia y ser escuchadas. Los discursos de sus líderes, como Matteo Salvini en Italia, Marine Le Pen en Francia, y Víktor Orbán en Hungría, no transmitían ideas vacías ni hablaban de la globalización, la apertura al mundo y la pertenencia a Europa, sino que resaltan la identidad nacional, promueven una mayor soberanía de sus gobiernos e invocan un pasado romántico y nostálgico evocado en la Europa floreciente de los años ‘60 y ‘70.


Los cuestionamientos al Estado-Nación

Ahora bien. más allá de los discursos estridentes y políticamente incorrectos que vociferan los líderes de estos partidos políticos populistas, se esconde un conflicto político de fondo, que son los cuestionamientos al Estado-Nación. Estos cuestionamientos provienen, siguiendo la tipología de María Esperanza Casullo, “por arriba” y “por debajo”.


Los cuestionamientos “por arriba” son producto de la globalización y del cosmopolitismo liberal kantiano. Esa misma globalización, identificada en la burocracia de la UE, que los sumió en una gran crisis y que le hizo pagar al ciudadano de a pie los rescates a las instituciones bancarias y financieras europeas, principalmente francesas y alemanas, que habían otorgado créditos más allá de sus posibilidades durante la generación de la burbuja financiera y que, tras su ruptura, habían quedado al borde de la quiebra.


A su vez, la globalización también había dejado a una gran parte de esa población desempleada, pues la lógica de fragmentación del proceso productivo en busca de reducir costos, había llevado a muchas empresas europeas a trasladar sus fábricas a China y a otros países asiáticos donde se pagan salarios de subsistencia y los derechos laborales brillan por su ausencia.

Por otro lado, no podemos olvidar la existencia de una esfera gubernamental supranacional, la UE, sobre la cual la ciudadanía no ha jugado un papel relevante, ya que las autoridades principales de esa esfera no derivan su legitimidad directamente del voto popular, sino que se han transformado en una esfera para la proliferación de los lobbies y los intereses corporativos. Esto ha distorsionado el foco del proceso de integración europeo, pues ha dejado de pensar en el bienestar ciudadano para adoptar la lógica corporativa de la maximización de ganancias.


Con respecto a los cuestionamientos “por debajo”, éstos también poseen cierta asociación con el cosmopolitismo liberal kantiano, pues la falta de empleo había llevado a muchos jóvenes a emigrar de su país en busca de oportunidades en otros países europeos y no europeos, mal llamados por los liberales como “ciudadanos del mundo”.


También forman parte de este tipo de cuestionamientos los grande flujos migratorios, que aumentan la fragmentación y la pluralidad de identidades al interior de los Estados. Desde un punto de vista etimológico, el concepto Estado-Nación refiere a una Nación que decide conformarse en un Estado porque consideran que los ata un destino común en la búsqueda de la felicidad y el bienestar. Sin embargo, cuando esa Nación empieza a verse como una minoría dentro de su propio Estado, resurge fuertemente esa identidad nacional y esa intolerancia hacia el inmigrante, junto con un reclamo al gobierno de turno responsabilizándolo por esa situación.

De esta manera, estos movimientos nacionalistas no son más que los representantes de una reacción reivindicativa del Estado-Nación frente a estos cuestionamientos. El pueblo europeo encuentra en ellos una salida al abandono en el que las instituciones europeas y los partidos políticos tradicionales los han sumido.


El futuro de Europa

Retomando lo explicado al principio, la concreción del Brexit abrirá un nuevo panorama para el futuro europeo. Más allá de cómo resulte la salida, es innegable que ésta sienta un precedente para todos los miembros de la UE que están descontentos con los resultados que su participación en este proceso de integración ha tenido para sus países.


En principio, el costo económico de la salida sería importante. Pero este sería morigerado por la oferta de la administración Trump, presentada en el último G-7, de firmar un tratado de libre comercio entre ambos, lo cual le abriría la puerta a un mercado alternativo para los productores británicos. Y esta oferta podría transformarse en el instrumento de Donald Trump para desintegrar la UE. Ya sabemos que el presidente norteamericano prefiere las negociaciones bilaterales por sobre las multilaterales, por lo que podría ofrecer la firma de un TLC a todos aquellos países que decidieran salir de la UE.


Aunque parezca una locura, esta acción estratégica tendría cierto sentido. Si Estados Unidos continúa con este repliegue hacia su interior, imponiendo una política proteccionista y librando una guerra comercial para recuperar el control doméstico de la globalización, abandonará su presencia y disminuirá su control sobre la UE. Y sin Gran Bretaña ejerciendo su tradicional rol de mantener el equilibrio de poder europeo, Europa pasaría a estar sumida en la tradicional lucha de poder por el control del continente entre Alemania y Francia.


Sin embargo, en la actualidad, Francia no está en condiciones de disputarle poder a Alemania. Y cuando uno de los dos ha primado sobre el otro, históricamente ha habido conflicto. Y esta vez no sería la excepción. En un discurso del 27 de agosto de este año, Emmanuel Macron admitió que el liderazgo occidental está llegando a su fin. Siguiendo esta declaración, Francia podría transformarse en la puerta de entrada de China a Europa, pues el país europeo requerirá de un aliado que lo asista en su recuperación para poder disputarle poder a Alemania y arrebatarle el liderazgo.


Por esto, la fragmentación de la UE podría ser una opción para enlentecer el avance de la influencia china mientras Estados Unidos recupera su poderío económico, además de que ofrecería una alternativa a los países que decidieran abandonar ese proceso de integración para atenuar los costos de su salida. No podemos ignorar la participación del ex-asesor de Trump, Steve Bannon, en las recientes elecciones europeas, donde impulsó una plataforma de partidos nacionalistas de derecha, dentro de la cual estaba Marine Le Pen por ejemplo. Bannon ha declarado públicamente su intención de construir una especie de Internacional Nacionalista que nuclee a lo que él denomina “derechas alternativas” .


A pesar de todo, esto no deja de ser un escenario posible, cuya realización o no dependerá de las acciones que los actores en cuestión tomen a partir de la concreción del Brexit. Lo innegable es que se avizora un nuevo escenario internacional, cuya configuración de fuerzas y sus consecuencias aún están por verse. Sólo nos queda esperar.


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