El ‘76: El comienzo de la valorización financiera y el auge de los nuevos grupos de poder

Por Matías Slodky

El periodo que inicia tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), ha sido caratulado como el de mayor crecimiento y mayor redistribución del ingreso en la historia, pero, entre 1973 y 1974, este proceso llamado “década de oro del capitalismo” comienza a decaer, en conjunto con su modelo de acumulación de corte productivo/industrial. Uno de los instrumentos para la transición de un modelo de acumulación al nuevo modelo neoliberal fue, precisamente, el reciclaje de los petrodólares - recordando la crisis del petróleo por esos años - depositados en los grandes bancos globales, para utilizarlos vía préstamos a los países del tercer mundo, con el consiguiente incremento de la tasa de ganancia, al mismo tiempo que se produce un cambio de paradigma tecnológico.


En el caso nacional, el cual será el eje de este breve comentario, este proceso ocurre durante la interrupción de la democracia por parte de la última dictadura cívico-eclesiástica-militar de 1976. La dictadura llega sobre el final de una larga ola de crecimiento económico industrial. El golpe concuerda con el descenso del mejor período para la clase trabajadora a nivel mundial, en el que se habían creado las mejores condiciones materiales para luchar por más derechos.


En nuestro país, había un estado de alerta muy fuerte, frente a las políticas de despojo a los sectores populares y una pugnacidad en defensa de lo que se había conquistado en los treinta años anteriores, iniciado por Juan Domingo Perón en 1943 y luego como presidente de la república en 1946. La defensa de esas conquistas fue la causa del golpe, ya que en 1955 también se había intentado lo mismo, pero tuvieron que retroceder porque la resistencia social fue muy fuerte, principalmente de los trabajadores.


Incluso, hasta el golpe en la Argentina, había una resistencia social organizada que lo hacía inviable sin aplicar la violencia. El golpe de 1976 viene a ejecutar el programa del golpe de 1955, que no era técnicamente neoliberal porque no se había definido aún el tipo de reestructuración global de las relaciones entre capital y trabajo de los años setenta, pero ya implicaba una reversión de conquistas obreras y la devolución de privilegios al capital.


Si se observa los gobiernos previos a la última dictadura, denotamos que ninguno había podido llevar ese programa a la práctica, inclusive durante el gobierno de Isabel Perón y López Rega, un año antes de la dictadura, con el plan económico ortodoxo, aplicado por Celestino Rodrigo y Ricardo Zinn (el Rodrigazo), el cual ocasionó grandes movilizaciones sociales, que obligaron al gobierno a dar aumentos de salarios Las dos décadas que separan los golpes de 1955 y de 1976 estuvieron dominadas por una incesante tira y afloje, avances y retrocesos. Hasta que en 1976 se corta esa tensión de forma brutal. A su vez, en ese punto es evidente que las organizaciones revolucionarias fueron el pretexto perfecto para los genocidas para amalgamar un frente que no era necesariamente homogéneo, tras una idea importada y horripilante que “había que luchar una guerra”.


Teniendo en cuenta la formación de los cuadros militares de nuestro país, vinculados a la escuela francesa, la cual formaba militares con el objetivo de dar herramientas para contrarrestar la luchas revolucionarias y enseñaba métodos de tortura hacia estos grupos, como los observados en Argelia durante la guerra de independencia; es por esto que muchos militares argentinos se formaron en Francia realizando pasantías en Argelia, y luego pasarían a terminarla con un curso en Vietnam, como ocurrió, por ejemplo, con el general Bussi. De esta manera, se observa que la escuela genocida de los franceses fue fundamental en lo ideológico y en lo técnico; por otro lado, el norteamericano le dio el contexto económico y estratégico global, como el implementado en la escuela de las Américas.


De esta forma, la última dictadura militar sembró un nuevo tipo de acumulación de capital y definió ganadores y perdedores. El período que se abre en 1983 resulta enigmático sin atender a la especificidad de este nuevo capítulo del proceso económico, algo que el menemismo término de llevar a cabo. La dictadura puso en práctica instrumentos financieros y comerciales que modificaron la estructura económica del país. Específicamente, el proceso de financiarización de la economía, (que desplazó el acento puesto en la producción del ciclo anterior) y la apertura comercial, que contribuyó a destruir miles de industrias.


Siguiendo los estudios del economista Eduardo Basualdo, en su libro “El nuevo poder económico en la Argentina de los años ‘80, observamos la falsedad ortodoxa que destila que el modelo productivo estaba agotado; por el contrario, la experiencia de la sustitución de importaciones estaba llegando a un punto de maduración que permitía pensar un salto de calidad hacia una nueva etapa de desarrollo autónomo sostenido, con autonomía tecnológica.


Para poner en contexto este enunciado, el proceso de sustitución de importaciones posee distintas etapas, el primero favorecido por el gobierno peronista, que se había caracterizado por el desarrollo de una industria liviana, conducida por el capital nacional; posteriormente deviene el período desarrollista desde el ‘58 al ‘75, el cual incorpora la producción de bienes de capital, pero regido por el capital transnacional.


A su vez, durante este período, a pesar de existir momentos recesivos, ya no se genera una caída en términos absolutos del valor agregado, sino únicamente una desaceleración del crecimiento, lo que posibilitó el mayor crecimiento económico e industrial que tuvo la Argentina hasta ese momento y también el mayor auge de los movimientos populares. Esta época iniciada por el peronismo, a pesar de sus idas y vueltas por gobierno militares, en contra de los derechos de las grandes mayorías, fueron los años de incremento excepcional de la producción, lo que redundó en un aumento general de la ocupación y los salarios. Es por esta razón que el crecimiento significativo de las exportaciones industriales trastocó la estructura tradicional, según la cual la industria utiliza las divisas que el sector agropecuario provee.


Es esta consolidación, y no el agotamiento, lo que explica el golpe de Estado como reacción de los grandes propietarios rurales, la oligarquía agropecuaria, ante la merma de su poder relativo en la producción. Por esta razón, una vez consumado el golpe, se desplegó la mayor repatriación de capital industrial extranjero de la historia argentina, debido al cambio en el proceso de acumulación, interrumpiendo el funcionamiento económico y social basado en la dinámica industrial y dando comienzo a un agudo proceso de desindustrialización.


Argentina, en esos años, pasa a ser un experimento genocida más de la aplicación del neoliberalismo a nivel global, en el pasaje, durante esos años, de un modo de acumulación fordista, identificado con la regulación estatal de las clases, el mercado interno sostenido por el salario, el papel dominante de la economía industrial y el consumo de masas, a uno posfordista, caracterizado por el papel de las comunicaciones, la descentralización de las industrias, la expansión de la economía de servicios, la producción sin stock, el fin del patrón oro, la segmentación del consumo y la exportación, y, por lo tanto, el salario visto sólo como un costo a reducir. El neoliberalismo emerge entonces como una estrategia del capital tendiente a descuartizar el anterior modo de acumulación, por medio del poder de las finanzas y el desligue entre procesos de producción de valor y creación de empleo.


Pasada la dictadura, el gobierno de Alfonsín intentó llevar adelante en sus primeros dos años, con el ministro Bernardo Grinspun, una política económica proteccionista, que era inviable, porque ni el presidente ni el ministro habían tomado nota de todo lo que había cambiado en la estructura económica, social y productiva del país; rápidamente cedió antes los nuevos factores de poder económicos, gestionando de forma pueril el momento, terminando en una crisis económica devastadora.


Algo que clarifica la salida de la dictadura, es la nueva conformación de los grandes grupos empresarios, que definitivamente no se encasillan con el viejo paradigma de empresariado, de tal forma que estos nuevos grupos no son la llamada “burguesía nacional” que EXISTIÓ en la primera presidencia de Perón. Estos grupos, tras este proceso, están transnacionalizados y financiarizados, con un nuevo modo de acumulación. Siguiendo a Basualdo, la dinámica de estos sectores pasa a ser el endeudamiento externo, conformándose un sector privado oligopólico (algunos de ellos como Techint, SADE y Macrì), es decir, los grupos económicos locales que, incluso, van a liderar las privatizaciones de las empresas públicas de la década de 1990.


El capital financiero y el agro pampeano también participan de este bloque, junto a estos grupos. En este nuevo patrón, como denotamos párrafos atrás, la incorporación de ahorro externo no sirve para incrementar la inversión productiva, sino para su valorización en el mercado interno y la posterior fuga al exterior.


Este proceso fue rotundamente demostrado entre 1976 y 2001, donde lo que predomina es la fuga de divisas mediante la inversión o el endeudamiento, al mismo tiempo que la participación de los asalariados cae en forma inédita a partir de 1976 y 1977, años en los que se intensifica la aniquilación de las conducciones obreras y se marca una pauta distributiva nueva. Se ve una clara transformación en lo que corresponde a la vieja burocracia sindical, la cual deviene en una burocracia empresaria, propietaria y, por supuesto, una formidable transformación, en nuestro país y el mundo, en los partidos políticos, que pasan a ser simplemente operadores de Estado.


Ahora bien, luego de la crisis del 2001, comienza una fuerte resistencia a ese modelo en nuestro país, como en la región latinoamericana, confrontando e intentando desarticular este proceso de acumulación neoliberal. No hay dudas que, luego de la restauración de este modelo en nuestro país por el gobierno de Macri en los últimos cuatro años, el camino para enfrentar la realidad nunca vendrá de los buenos modales y el pacto con estos sectores. La crisis en la que está sumergida la Argentina requiere decisiones claras y precisas, que permitan confrontar contra ese modelo restrictivo y excluyente. La desarticulación de este régimen de acumulación impulsado por los grandes grupos concentrados, se hace más necesario que nunca, si lo que se busca es impulsar un desarrollo inclusivo con justicia social.


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