El último duelo

Por Paris Goyeneche

En una era en la que las palabras se las lleva el viento, y aunque hoy suene salvaje y anacrónico, la Argentina, para bien o para mal, tiene un amplio historial de duelos por honor – como unos 2.800 casos, desde que se instituyó a mediados del siglo XIX, hasta la fecha que refiere esta crónica. Parece sacado de los anales de los libros Guinness, donde se registra el último duelo en Francia, en el año 1968. En nuestro país nos ufanamos de los yerros más diversos, por lo cual podríamos sentirnos avergonzados. Pero teniendo en cuenta los protagonistas del relato, sólo puedo decir que se trató del último duelo por honor en la República Argentina, entre el General Oscar Colombo – el agraviado - y Arturo Jauretche – el agraviante.


Sabemos que Arturo Jauretche era un hombre de coraje. Una valentía que lo excedía. Una bravura que seguramente estaba anclada en su adolescencia; en su dura vida de muchacho de campo, criado en los valores del honor, incapaz de aguantar una injusticia. Contrario a los intelectuales “blanditos” que conocemos, Jauretche sostenía su opinión a capa y espada.


Unas semanas atrás, en Mayo de 1971, Jauretche escribió una durísima columna en el diario La Opinión, dudando de la honestidad de las razones por las cuales el general Oscar Colombo, ministro de Obras y Servicios Públicos del gobierno de Alejandro Agustín Lanusse, había desplazado al coronel Manuel Raimundes, secretario de Energía y administrador de YPF, quien, a juicio del periodista, cuidaba con notable vocación el petróleo argentino. En su artículo, realiza una serie de cuestionamientos a las razones del ministro para ese cambio; y éste, ofendido, le envía sus padrinos para retarlo a duelo. Un artilugio pasado de moda y pretencioso del militar, que Jauretche acepta, a pesar de tener edad para eximirse del compromiso (el Código de Honor rige para quienes no tengan más de 65 años y Jauretche había superado los 70). Ernesto, sobrino de don Arturo, y Rodolfo Galimberti se ofrecen para suplantarlo. Jauretche los saca como rata por tirante y elige a sus padrinos: uno de ellos, el Bisonte Oscar Alende, todavía dirigente de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI).


Es precisamente Alende quien convence a Jauretche de que el duelo sea con pistolas, a pesar de que el general había ofrecido sables, lo que significaba una ventaja extra para Colombo, más joven y entrenado en esgrima.


El 15 de junio hacía frío en el criadero avícola La Tacuarita, en el empalme San Vicente, a 50 Kilómetros de la Capital Federal. Colombo llegó junto a sus padrinos en un Chevrolet Super. Jauretche lo hizo en un Valiant. Dos autos más estaban allí: un Torino 380 y un Fiat 1500 del año ‘68, que tenía pegada en el parabrisas una cruz verde. En palabras de Horacio Verbitsky (cronista del mismo diario que publicó a Jauretche), quien nos ilustra mejor sobre lo sucedido en la contienda:


“… A las 8:22 hs el director del duelo dijo “Fuego, 1-2-3”. El general Colombo torció su cintura, se agazapó ligeramente e hizo fuego sobre el número 1. El Dr. Jauretche giró erguido y disparó entre los números 1 y 2. El Código de Honor establece que no se puede disparar antes del “Fuego” ni después del 3. Ambos fallaron, pero este redactor cree que tiraron a dar. Terminado el lance, sus seis participantes se quitaron el sombrero simultáneamente como saludo, por unos instantes. Cada bando emprendió la retirada por el mismo sitio en el que había ingresado…”.


Por la tarde, Jauretche fue al bar “El Galeón”, de Córdoba y Esmeralda, donde un amigo le reprochó que, a los 69 años, ya estaba grande para esas cosas y tanto más cuando el código de honor ponía el límite de edad en los 65. A lo que Jauretche le respondió: “Los médicos dicen que los hombres tienen la edad de sus arterias. Yo diría que en realidad tienen la edad de sus ilusiones”.


La obra de Arturo Jauretche no pierde vigencia a través de los años. Creo yo porque no responde a una bandera política, aunque dos de las grandes fuerzas ideológicas del país reclaman bandera sobre sus trabajos. Hombre defensor, como su gran amigo Scalabrini Ortiz, de la Patria, más que del patrioterismo, no podemos hacer otra cosa más sensata que revisar sus libros más destacados. Generales Colombo hubo por decenas. Jauretche uno solo.


Hoy no tengo recomendaciones; pero sí un agradecimiento muy sentido a los creadores de Koinón, que supieron delegar este espacio en manos de estudiantes noveles y entusiastas del pensamiento nacional argentino contemporáneo, a lo mejor sin saber que estaban dando el puntapié inicial para que muchos de nosotros descubrieran que el ser nacional no responde a un color, sino a un sentimiento, que no debe ni puede callarse. Y que ese compromiso debemos sostenerlo con honestidad y valor.


Viva la Patria.

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