Duby, el Amor y la Edad Media

Por Elías de la Cera

Así que, apriete un poco la cinchas de Rocinante y quédate a Dios; espérame aquí hasta tres días nomás, en los cuales, si no volviere, puedes tú regresar a nuestra aldea, y desde allí, por hacerme merced y buena obra, irás al Toboso, donde dirás a la incomparable señora mía Dulcinea, que su cautivo caballero, murió por acometer cosas que le hiciesen digno de poder llamarse suyo”.


-Miguel de Cervantes Saavedra.



Se preguntaba Georges Duby, en su obra “Historia de las Mujeres en Occidente”, si efectivamente se puede hablar de cierta promoción de la condición femenina en la época feudal. Afirmativamente responden aquellos que arguyen la aparición, en la Francia del siglo XII, de un modelo de relaciones entre el hombre y la mujer que los contemporáneos dieron en llamar: fine amour, lo que podría traducirse del idioma de Hugo al de Quevedo como: amor sublime.


Historiadores de la literatura medieval (desde hace poco más de un siglo) estudian con precisión esta forma de conjunción sentimental y corporal entre dos individuos de sexo opuesto; la han bautizado como: “el modelo del amor cortés”.


El modelo es harto conocido (sobre todo para aquellas personas con cierta dificultad para diferenciar lo romántico de lo kitsch). Aparentemente, un personaje femenino ocupa el centro del cuadro. Es una “dama”, término cuya etimología nos remite al latín domina, lo que significa que esta mujer ocupa una posición dominante y, al mismo tiempo, define su situación: está casada. Entonces es percibida por un “jóven” (en aquella época, el significado preciso de esta palabra era el de “célibe”; vale decir, aquella persona que todavía no está casada).


De sinécdoques y conjeturas son los pesares del que ama. Lo poco que se ve de su rostro, lo que se adivina de su cabellera, oculta por el velo, y el cuerpo que oculta la vestimenta, alcanzan para turbar la vida del hombre en cuestión. Siguiendo con los lineamientos de la mala literatura, parece que todo empieza con una mirada furtiva, utilizando la metáfora de la flecha que penetra por los ojos, se hunde hasta el corazón hasta terminar completamente abrazado por el fuego del deseo.


Herido de amor, (es preciso saber que la palabra “amor” en aquella época, designaba el apetito carnal, por así decirlo) no existe otro pensamiento posible, el hombre no sueña ya con otra cosa que con apoderarse (la palabra es exacta y desagradable) de esa mujer. Inicia el asedio y para introducirse en la plaza, la estratagema que utiliza es inclinarse, humillarse.


La “dama” es la esposa de un señor y, a menudo, del propio señor del pretendiente. Resulta ser que la dama es la dueña de la casa frecuentada por el simpatizante. En virtud de las jerarquías que gobernaban entonces, en las relaciones sociales, ella estaba, efectivamente, por encima de él, quien enfatiza la situación con sus gestos de vasallaje, arrodillándose en la postura del vasallo. El hombre sometido al vínculo de vasallaje, compromete su fe y promete no llevar su servicio a ningún otro sitio. Incluso, víctima de la cerrazón, a la manera de un siervo, hace entrega de sí mismo.


A partir de este momento, el hombre pierde la libertad. En cambio, señala Duby, la mujer puede aceptar o rechazar la ofrenda. En ese instante se descubre el poder femenino. Para esta mujer, el hombre está a prueba, conminado a mostrar lo que vale. Sin embargo, si al final de este examen, la dama acepta, también queda prisionera, ya que de esta época data aquella superstición conforme a la cual todo don merece un don a cambio. Son estipulaciones calcadas del contrato vasallático, las cuales obligan al señor a devolver al buen vasallo todo cuanto reciba de él. Las reglas del amor cortés obligan a la elegida, como precio de un servicio leal, a entregarse finalmente por entero.


Nos revela Duby que, en su intención, el amor cortés, contrariamente a los que muchos creen, no era platónico. Era un juego y, como en todos los juegos, el jugador estaba esperanzado por la esperanza de ganar. En este caso, como en la caza, ganar era cobrar la presa. Además, no hay que desdeñar el hecho de que los mentores, tanto de este juego como de la caza, son los hombres.


Aun cuando, como en el ajedrez, la dama es una pieza mayor, no puede, precisamente por ser mujer (aquí su poder se deteriora), disponer libremente de su cuerpo. Primero le perteneció al padre y luego al esposo. Contiene la mujer, en su interior, el depósito del intachable honor del esposo, por lo tanto es atentamente vigilada. En las moradas de los nobles, sin tabique, sin verdadero espacio para el retiro, donde se vivía en incesante hacinamiento, no se puede escapar por mucho tiempo de la perseverante mirada de quienes la espían y prejuzgan, creyendo que esta mujer es tan mentirosa y débil como cualquier otra.


El solo hecho de advertir la más mínima anomalía en su conducta, sería motivo suficiente para precipitarse a declararla culpable. Ergo se hace merecedora de los peores castigos, que amenazan igualmente al hombre que se cree cómplice. La atracción del juego residía en el peligro al que se exponían. Amar con fine amour era correr el albur. El amante sabía que por un entrevero podía irle la vida. No está mal pensar así, porque, en última instancia, el amor siempre se lleva mejor con la incertidumbre y el peligro, que con la certeza y la seguridad.


Cantaban los poetas de aquel tiempo sobre la infinita postergación, la eterna reminiscencia a futuro, del momento en el que la amada caería, el instante sagrado en que su sirviente tomaría de ella su placer. Claro que el placer estaba desplazado, pues no residía ya en la satisfacción, sino en la espera. El placer culminaba en el deseo mismo. Como decía Michel de Montaigne: “La persecución de una cosa, es ya la cosa”. Es aquí donde el amor cortés devela su verdadera naturaleza; onírica. Este modelo de relacionarse concedía a la mujer un poder indudable, pero mantenía ese poder confinado en el interior de un campo bien definido, el de lo imaginario y el juego.


Visto desde hoy, todo esto parece ridículo, y probablemente lo sea. Pero hay algo que perdura, que más allá de los contextos históricos, del vasallaje y de las jerarquías sociales, de la imposición del hombre por sobre la mujer, y de la aparente sumisión de éstos a la voluntad de aquellas, se mantiene intacto por el tiempo y sus infinitas vicisitudes; la inestabilidad de todo vínculo amoroso. El que ama está condenado a la servidumbre, y el amado a ejercer su dominio.

Cuidadosas interpretaciones, correctamente fundadas, hilvana Georges Duby en su obra. Pues hay que ser juicioso al tomar obras literarias como datos históricos precisos. Pero tiendo a creer que aquellos trovadores, aquellos poetas, nos querían decir que el amor es un juego apartado de la realidad: jugar a vulnerar las reglas, jugar a que somos irremplazables, jugar a que los milagros suceden, jugar a que la muerte no existe. Y como en todo juego, para entenderlo hay que conocer sus prohibiciones: prohibido ser imprudente, prohibido ser indiscreto, prohibido volver hacia atrás, prohibido torcer un rechazo. Y finalmente, la ley más importante, contra la que no se pudieron rebelar ni Shakespeare, ni Cervantes, ni Goethe: el que se enamora pierde.

© 2020 KOINON

Suscribite gratis y recibí información