Doctor Dios

Por Paris Goyeneche

Esteban Laureano Maradona (1895- 1995) fue médico rural, naturalista, escritor y filántropo, que pasó cincuenta años ejerciendo la medicina en Estanislao del Campo, una remota localidad en la provincia de Formosa.


Su vida fue un ejemplo de altruismo, colaborando con las comunidades indígenas, tanto en lo económico, como en lo humano y social, realizando grandes aportes al conocimiento de las colectividades del noreste argentino, estudiando sus costumbres e incorporando a sus conocimientos los de la medicina tradicional aborigen. ​Decidió, bien de joven, renunciar a todo tipo de honorario y premio material, viviendo en la humildad y colaborando con su propio dinero y tiempo con los más necesitados, a pesar de que pudo haber tenido una cómoda vida ciudadana, gracias a sus estudios y a la clase social a la que pertenecía.


En sus propias palabras:

“Si algún asomo de mérito me asiste en el desempeño de mi profesión, éste es bien limitado, yo no he hecho más que cumplir con el clásico juramento hipocrático de hacer el bien a mis semejantes.


Muchas veces se ha dicho que vivir en austeridad, humilde y solidariamente, es renunciar a uno mismo. En realidad ello es realizarse íntegramente como hombre en la dimensión magnífica para la cual fue creado.”


Era descendiente de varios próceres de la provincia de San Juan. De Plácido Fernández Maradona ― gobernador en varias ocasiones y ministro de Nazario Benavídez ― y de José Ignacio Fernández de Maradona ― jesuita y primer diputado electo por el pueblo de San Juan al ser reputado como el de “mejor probidad” ante la Junta Grande de 1810 en Buenos Aires. Ambos eran hijos de los españoles Francisco Fernández de Maradona y Francisca Arias de Molina y Jofré, arribados de San Pedro de Arante en el año 1748.


Su madre se llamaba Petrona Encarnación Villalba Sosa y era hija de Esteban Villalba, de origen santiagueño. Este había trabajado muchos años a cargo del cuidado de la hacienda de la familia Ezeiza, quienes al regresar al país de su exilio político, encontraron que no solo Villalba había cuidado su hacienda en su ausencia, sino que la había duplicado. Gracias a su honestidad, los Ezeiza le pagaron abundantemente, con lo que Villalba y su familia emigraron a la zona de Barrancas y Coronda (provincia de Santa Fe), comprando varias hectáreas de campo.

Nacido en la ciudad de Esperanza en 1895, aprendió allí a jugar y vivir en el monte, a cazar y pescar. Ya mayor, cursó sus estudios primarios y secundarios repartiéndose entre Santa Fe y Buenos Aires. Y en esta última ciudad se recibió de médico en 1926 e instaló un consultorio, pero luego se trasladó a Resistencia, en aquel entonces capital del Territorio Nacional del Chaco, donde además se dedicó al periodismo en el diario La Voz, y a realizar exploraciones y estudios de botánica en la isla del Cerrito Argentino. Entre 1931 y 1932, dio un ciclo de conferencias sobre seguridad laboral en el marco de la Ley de Trabajo. Esto le trajo problemas con el gobierno militar de aquel entonces, ejercido por el presidente Uriburu, razón por la cual decidió viajar al Paraguay. En ese momento empezaba la guerra del Chaco (1932-1935), sostenida por Paraguay y Bolivia, y Maradona decidió anotarse como médico camillero prestando auxilio a los soldados de ambos bandos, pues según sus palabras, “el dolor no tiene fronteras”. Al llegar a Asunción, las autoridades lo metieron preso por sospecharlo de espía; sin embargo, con el tiempo le creyeron y llegó a ser jefe del Hospital Naval de Asunción. También redactó el reglamento de Sanidad Militar del Paraguay y tuvo tiempo para ocuparse de la colonia de leprosos de Itapirú. En Asunción, se comprometió con la que fue la única novia que se le conoce, Aurora Ebaly, sobrina del presidente paraguayo, pero ella fallecería de fiebre tifoidea el 31 de diciembre de 1934.

Con la culminación de la guerra, en 1935, se decidió a retornar a su país, a pesar de los pedidos del gobierno paraguayo, que con premios y homenajes intentó convencerlo de que se quedara, dado el gran aprecio que se había ganado. Había proyectado ir hasta Formosa y allí tomarse un tren a Salta para luego ir a Tucumán, donde visitaría a su hermano, y por último ir a Buenos Aires e instalar un consultorio en Lobos, provincia de Buenos Aires, donde vivía su madre.


Viajando ya por lo que, en aquel entonces, se conocía como Territorio Nacional de Formosa, el tren que lo transportaba realizó una parada en la estación Estanislao del Campo — en aquel entonces denominada Guaycurri —. Este era un villorrio formado por unos pocos ranchos sin ningún tipo de servicio de luz, agua corriente o gas, inmerso en el monte chaqueño. Una persona del lugar le pidió sus auxilios como médico para una parturienta que se encontraba en estado muy grave. Después de prestarle exitosamente atención y regresar a tomar el tren, se encontró con un grupo de vecinos sin recursos que le rogaron para que no se fuera, dado que no había ningún médico disponible varios kilómetros a la redonda. Maradona no lo dudó y se quedó, a pesar de que esto le hizo no solo perder su viaje sino también un trabajo seguro en Buenos Aires. Más aún, trabajaría allí por 51 años, viviendo siempre en una humilde vivienda de ladrillo, sin electricidad ni ningún otro tipo de servicio y prestando ayuda sin cobrar un peso a la comunidad indígena del lugar, formada por tobas, matacos, mocovíes y pilagás. Medio siglo después, comentaría su arribo a Estanislao con estas palabras:


“Cuando yo llegué empezaron los problemas. Todo esto era monte, solo había cuatro o cinco ranchos y estaba todo rodeado de indios, que por otra parte me querían matar. Tanto que uno de ellos, que era famoso, me agarró de las solapas y me sacudió, amenazándome. Pero nunca les tuve miedo ni me demostré asustado. Y no por dármelas de valiente. Sino que soy así nomás. Pero con la palabra dulce y la práctica de la medicina, tratando las enfermedades, dándoles tabaco y consiguiéndoles ropas, las cosas fueron cambiando. Así los traté hasta hoy. Me arremangué, me metí en el monte sin ningún temor, arriesgando mi vida y también mi salud.”


Efectivamente, la comunidad indígena del lugar al principio le tuvo recelo, dado que en general los blancos los habían engañado y maltratado y por lo tanto no confiaban en la medicina del doctor. Sin embargo, con el tiempo logró trabar amistad con los caciques del lugar y granjearse el respeto de todos, interiorizándose de sus necesidades y logrando erradicar de la zona terribles enfermedades como la lepra, el mal de Chagas, la tuberculosis, el cólera y la sífilis. Por todo esto, los indios lo llamaban Piognak — que significa “Dr. Dios” en pilagá —.


Se dedicó además a investigar científicamente la vida y cultura de los pueblos originarios, así como la fauna y flora de la región. Logró que el gobierno le adjudicara algunas tierras fiscales en las cuales fundó la colonia aborigen Juan Bautista Alberdi — oficializada en 1948 —, les enseñó trabajos agrícolas y a construir casas con ladrillos confeccionados por ellos mismos, ya que hasta ese momento vivían desnutridos y enfermos sobreviviendo con el intercambio de artesanías por ropa y comida. Colaboró con su dinero en la compra de herramientas y semillas, fundó instituciones para cobijar y recibir indígenas marginados, proyectó un camino hacia el río Teuco, exploró fuentes de agua potable, realizó mejoras en la estación ferroviaria y ayudó a erigir la comisaría del pueblo. Despreció toda forma de poder que sus esfuerzos podrían haberle redituado. Dejó testimonio de todos sus contratiempos, esfuerzos y luchas en su libro "A través de la selva". Éste es un estudio antropológico de gran valor sobre la cultura indígena. Realizó también una valiente denuncia de las condiciones de vida de los indígenas y de su explotación en los ingenios azucareros. Con estas críticas logró que, en 1936, las autoridades le dieran su apoyo en un programa de promoción humana y social.


Maradona también fundó una escuela rural (en la cual se desempeñó como docente por tres años) que, a pedido de él, recibió el nombre de uno de sus tatarabuelos, José Ignacio Maradona, quien, como se explicó anteriormente, había sido representante por la ciudad de San Juan ante la Junta Grande (1810-1811) y responsable de que, en 1811, se sancionara el decreto que extinguía el tributo que pagaban los indios a la Corona de España. Este decreto, y otros relacionados con libertades otorgadas a los indios por los gobiernos patrios, se mencionan en la obra de Esteban Maradona “A través de la selva”, donde se sugiere que aún no han sido puestos en práctica.


En 1986, con 90 años de edad, enfermó y debió trasladarse a la ciudad de Rosario, donde vivía su sobrino. Llegó en un estado calamitoso, por lo que debió internarse inmediatamente en un hospital. Ya de alta, se quedó a vivir con la familia de su sobrino, de donde no se mudaría más.

En sus últimos años recibiría muchos homenajes y distinciones y no aceptaría ningún tipo de pensión vitalicia. Murió de vejez, a los 99 años, en Rosario, pero sus restos se guardan en la ciudad de Santa Fe, en el panteón de su familia Maradona-Villalba.


Un poeta de su ciudad natal, Esperanza, le dedicó en vida unas estrofas que, como reconocimiento popular, recorrieron la región:


Sea quichua, toba u ona,

la tribu no importa mucho:

la caridad llegó al indio

por manos de Maradona.


El 4 de julio, día de su nacimiento, ha sido declarado por ley 25.448 como Día Nacional del Médico Rural.


En estas épocas que conmemoramos el fallecimiento de San Martín, sólo puedo rescatar lo que se rescata de todo prócer: un gesto de humanidad y un acto heroico. En una época de tanta pobreza de estos dos recursos y tanta mezquindad, las efemérides existirán para hacernos recordar que la justicia por mano propia se debe hacer para engrandecer a la humanidad. Quiero que recuerdes, querido lector, que estás hecho para hacer lo mismo. Que la admiración sea el motor impulsor para hacer lo mismo. Tu quoque.


Varios narraron extensamente sobre su vida y obra. Sólo quiero compartir con ustedes el fragmento de una entrevista, que forma parte del programa de televisión completo de la década del ´90 que varios hemos visto, Historias de la Argentina secreta. Si gustan, pueden encontrarlo en la misma plataforma. Y de yapa, como no puede faltar, unas coplas cantadas hermosamente en su honor por el mendocino Daniel Altamirano.


Bon Appetit.



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