Destino Sudamericano

Por Elías de la Cera


“Yo que anhelé ser otro, ser un hombre

de sentencias, de libros, de dictámenes

a cielo abierto yaceré entre ciénagas;

pero me endiosa el pecho inexplicable

un júbilo secreto. Al fin me encuentro

con mi destino sudamericano”.


He oído evocar este fragmento de la eterna conjetura de Borges una y otra vez. La última frase de este párrafo motivó la conjetura de otros, y mi desvelo.


La Revolución de 1943, entre otros tantos logros, produjo en Borges la perplejidad que fue pasto de su poema. Según él mismo, Argentina que hasta entonces había anhelado ser otra, la joya más preciada de la Corona Británica, de prospera civilización y de barbarie mitigada; se manifiesta a partir del 4 de Junio como lo que en verdad es, un anárquico cúmulo de crueles provincias sometidas al arbitrio del salvaje y decadente destino sudamericano.


La patria verdadera del 25 de Mayo volvía a sufrir el ascenso, en la mente de Borges, de los caudillos que dejaron arrumbados a los que proclamaron la libertad, para que engorden algún chancho o carancho, luego de obligarlos a gritar: “¡Viva la Federación!”. Y entonces, Argentina es Sudamérica, con sus crueldades, con sus caudillos, con sus déspotas, con sus dictadores.


Pero no es objeto de mi deseo realizar una crítica literaria. Sino que es intentar una breve reflexión acerca de la naturaleza del pueblo argentino, que con asombroso realismo y con admirable maestría, supo describirnos Domingo Faustino Sarmiento, que haciendo las veces de un Tocqueville ausente, evocó la sombra terrible, hoy bifronte, que desde entonces sobre la patria extiende su incesante manto; civilización o barbarie.


La suerte de la patria está afectada por la sombra de Facundo; está vivo en las tradiciones populares, en la política y revoluciones argentinas. El alma de este pueblo encontraba en Rosas, según Sarmiento, un molde más acabado, más perfecto, y lo que era la vaga naturaleza de un pueblo sometido, convirtióse en un sistema político definido, efectivo y final. Nace, a la faz de la tierra, un pueblo bárbaro que encuentra en Rosas a su más fiel reflejo. En perjuicio de la patria, su poder es inestimable. La Confederación Argentina es instrumento dócil a su arbitrio.


No obstante, para el padre del aula, las dificultades se sortean con beligerancia, no se puede renunciar a las grandes causas, ni aunque vengan degollando. Algún día han de vencer las almas generosas que se opusieron con gallardía a las cadenas que Mármol le adjudicara al tirano, fulminando el Esfinge Argentino, mitad tigre por lo sanguinario, mitad mujer por lo cobarde. Dándole a la Argentina el rango elevado que merece entre las naciones del mundo.


Si había alguien que sabía incomodar a las personas, era Sarmiento. Intentemos pues exonerarlo de la animadversión que, en este momento, sienten las lectoras identificadas con el movimiento feminista ante semejante aberración retórica entre la mujer y la cobardía.


A falta de todos los instrumentos de civilización y progreso, la educación del hombre de campo es sumamente precaria, y las mujeres viven su vida al servicio del hombre: ordenan la casa, preparan la comida, trasquilan las ovejas, ordeñan las vacas, fabrican los quesos, y tejen las groseras telas con las que se viste; todas las ocupaciones domésticas, todas las industrias caseras, las ejerce la mujer; sobre ellas pesa casi todo el trabajo, y gracias si los hombres las ayudan sembrando un poco de maíz para alimentar la familia. Solo dentro de un esquema de civilización y progreso, cabe la posibilidad de la reivindicación de los derechos de la mujer. Si bien esto no mitiga el horror primigenio, nadie podrá negar que es un apunte para tener en cuenta.


El dualismo que marca el pulso de la Tebas del Plata, es heredado de España. Esa península rezagada a los europeos, que vacila entre la Edad Media y el siglo XIX, entre la Europa civilizada y el África bárbara, entre los pueblos libres del mundo y los marginados pueblos despotizados.


Cuenta un filósofo que alguna vez, entabló conversación con un español que se jactaba de no entender a los argentinos, ni al peronismo (jactancia recurrente entre muchos intelectuales argentinos incluso: “Yo no entiendo el peronismo” dice alguien que escribe y da clases de peronismo. Haciendo una pésima interpretación de la sentencia de Sócrates, y creyendo que el no comprenderlo es motivo suficiente para considerarlo un movimiento político execrable). Para un europeo, decía el hispano, resultaba descabellado que una orga de trabajadores aclamen el nombre de un sindicalista con camisa de seda. A lo que nuestro filósofo respondió: “Primero, en su libro Viajes por Europa, África y América, Sarmiento escribió: ‘Estuve en Europa... y en España’. Así que no hables en calidad de europeo. Y segundo, aún más incomprensible para mí, es como fueron capaces de soportar 35 años a Francisco Franco”. Buena respuesta.


La barbarie tiene formas de organización política, aunque primitiva. Por ejemplo, la tribu árabe vive bajo el mando de un viejo de la tribu o un jefe guerrero; la sociedad existe sin tener un punto determinado en la tierra. Las creencias religiosas, las tradiciones inmemoriales, la invariabilidad de las costumbres, el respeto por los ancianos, y todo lo que según Aristóteles deriva en la conformación del Estado, como institución nacida al calor de estas primeras sociedades primitivas, en la que se establecen jerarquías determinadas entres los que mandan y obedecen, forman en conjunto la moral, entendida bajo el orden y la asociación de la tribu. Pero toda posibilidad de progreso está coartada, porque no puede haber progreso sin la posesión permanente de la tierra, sin la ciudad o acaso la polis en la que se desenvuelve la virtud del hombre y le permite extender sus adquisiciones intelectuales y materiales.


En las llanuras pampeanas existe el título de propiedad para las tierras, pero la asociación en la que se desempeña el individuo, la comunidad, está dispersa por todo el terreno, lo que produce la falta de desenvolvimiento de la propiedad mobiliaria, el aislamiento y la soledad. Atención con lo siguiente: para Sarmiento, las privaciones indispensables justifican la pereza natural, y la frugalidad de los goces traen consigo todas la exterioridades de la barbarie. La sociedad desaparece completamente; queda sólo la familia feudal aislada. Es decir, que las privaciones a los componentes de la civilización provocan la barbarie y el atraso. Si en este momento escuchan sonar un teléfono, no se preocupen, es para Macri de parte de Sarmiento.


Alguna vez le achacaron a Perón el famoso asunto de querer un pueblo ignorante para que le sea más fácil de dominar, etc. Pero él, al igual que el sanjuanino, creía todo lo contrario, que en realidad un pueblo ignorante es un pueblo bárbaro, que no responde a ninguna autoridad, y que no se puede insertar dentro de ningún sistema de gobierno que no sea la tiranía de algún caudillo. Debe el gaucho tener casa, escuela, iglesia y derechos. De lo contrario, será siempre un desertor, borracho, matrero, cuchillero, jugador de ventaja, pero nunca sumiso a la ley de leva.


La admiración de Sarmiento por Facundo Quiroga, por el rastreador, por el baqueano, por el gaucho malo, por el cantor. La llanura de la que se sentía orgulloso. La muerte omnipresente, en la serpiente, en el cuchillo, forjan el carácter del argentino, retratado en el malevo sentimental de Hernández. La mitologìa del tango, la musa mistonga, la bacana, las paicas, las grelas, la cana, el reo, la mishiadura. Borges, que siendo al igual que su madre, un salvaje unitario, soñó ser Muraña, Albornoz o Paredes, un caudillo cuchillero y guarango. Al igual que Cervantes soñó con ser Quijano, Borges soñó con ser Laprida, pero al final sintió como íntimo el cuchillo de los montoneros de Aldao, porque él también es los montoneros. Todos somos sudamericanos y la misma sombra nos cobija; civilización y barbarie.


Un pueblo es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de sentencias elitistas.

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