Desenmascarando al Liberalismo: De John Locke a Adam Smith

Por Matías Slodky

Ya de por sí, el título de la nota trasluce notoriamente el sentido y la dirección de este artículo. El resultado de este breve comentario, es la relectura de algunos libros a los que, en su momento, resté importancia o simplemente dí por sentado sus enunciados sin darle el adecuado razonamiento e interconexión.


Pues sí, sin más prelación, me atreveré a meterme con el liberalismo desde su origen, allí por el siglo XVII, y su gran figura simbólica/“patriarcal”, como lo es John Locke (1632-1704), y cómo este movimiento ideológico se fue transformando en siguiente siglo, por obra del “filósofo moralista”, pero mejor recordado economista, Adam Smith (1723-1790).


Aunque, en primer lugar, es necesario aclarar la razón del origen del liberalismo como una gran ideología que proviene de la aristocracia inglesa, es decir, de la élite de ciudadanos que poseían derechos civiles en aquel país, como lo era Locke, los cuales podían aspirar a garantizarse la “vida, la propiedad y sobre todas las cosas la Libertad”.


John Locke dedicó su vida especialmente al derecho público y moral, por lo que la obra más interesante publicada por su autoría es “Dos tratados sobre el gobierno civil”, en la misma, se observa una contundente influencia de sus creencias anglicanas y la búsqueda de la moral para identificar lo bueno y lo malo en el espíritu de las leyes y en el “derecho natural”, basado completamente en las obras y expresiones de Cicerón.


Locke vivió en el reino de Inglaterra, Escocia e Irlanda en una época más que importante y que, sin dudas, marcó su razonamiento más allá del influjo, en él, de pensadores como Francis Bacon o René Descartes. El siglo XVII afrontó la etapa de las revoluciones en el mencionado reino; una de las más destacables fue la Revolución Gloriosa o la Incruenta, donde el parlamento y el holandés Guillermo de Orange despojo del trono a Jacobo II, el hermano menor de Carlos I, quien, había restaurado la monarquía luego del “protectorado” de Cromwell en su extenso gobierno militar.


Sin dudas, Locke, abogaba por la tradición aristocrática del partido de los “Whigs” (actual partido liberal) que estaba fervientemente en contra de los poderes reales, ya que restringían los “derechos” y poderes de la aristocracia inglesa, de tal forma que, su obra antes mencionada, fue un gran respaldo intelectual y manifiesto político de la limitación del poder del rey y su derrocamiento en la revolución de 1688, debido a que Locke ve una gran amenaza, en manos de la “tiranía real”, hacia los derechos naturales básicos que el pregona.


Por lo tanto, en el meollo de su obra encontramos elementos novedosos, pero sin dejar de entrever que su racionamiento corresponde a un hombre con mucha influencia medieval. Seré más claro: John Locke no impulsa ningún cambio profundo sino hechos novedosos en el poder inglés. Sobre este poder, como en la mayoría de reinos e imperios europeos, predominaba la idea del “ordo” o, en su traducción, orden trifuncional, detallada fabulosamente por el gran historiador francés, vinculado a la revista historiográfica Annales -y discípulo de March Bloch y Lucien Febvre- Georges Duby.


Este aludido orden trifuncional abarcó toda la época medieval hasta su inevitable deterioro y crisis en la Revolución Francesa. Un orden que sirvió de justificador de la sociedad estamental que caracterizó dicho período. Un orden fundado en la religión y la desigualdad “funcional”; en otras palabras, que cada persona, como lo ha mencionado el filósofo Platón en su obra la “República”, ha nacido con un fin en específico.


La razón para el filósofo es simple: el alma está dividida en tres partes de manera natural, el alma racional - divina y superior - donde corresponden los gobernantes y los representantes del culto; el alma irascible - la voluntad y el valor - donde se sitúa el ejército, los guerreros; y, por último, el alma concupiscible – la parte mortal - donde se sitúan los gobernados y el hombre de a pie.


Este concepto fue retomado por San Agustín, en su obra culmine “La ciudad de Dios”, donde resalta este hecho de orden natural pero llevado a la religión cristiana, acto que, en la práctica, ya había establecido Constantino, en el Imperio Universal Cristiano a finales del Siglo III (3). Aquí se detalla algo crucial para este orden, comienza a dar indicios de una ciudadanía moderna, a consecuencia de que el poder del rey o emperador es otorgado por una vía directa, que es el pueblo, el cual lo hace soberano, pero de una forma indirecta, ya que “Dios le otorga dicha soberanía al pueblo”.


Esta es la lógica por la que el orden medieval se ve representado en la figura de la Santa trinidad, como tres partes nuevamente de un gran orden desigual o, parafraseando a Agustín, “en el razonamiento de la divinidad existe una natural desigualdad, ya sea, en apóstoles, ángeles e incluso demonios.”


Ahora bien, el orden prescrito durante esta larga época generó un gran limitante al poder de los sectores aristocráticos, en este caso de Inglaterra, por el despotismo de la monarquía que intentaba consolidar su poder. Por lo tanto, otra interpretación que ofrecen los pasajes de Locke, es el intento de reformular y adaptar el orden trifuncional reinante para que este sea compatible con la idea de libertad, de vida y de propiedad, pero con un concepto adicional.


El propósito de esta compatibilidad es generar, en palabras de Locke, “la felicidad del ciudadano”, pero siempre conservando la idea aristotélica de comunidad, ya que sin comunidad no existe sociedad civil que genere y consensúe un “Pacto social”, con dos finalidades: la primera es salir del “Estado de Naturaleza”, y la segunda otorgar la soberanía al Estado, para que éste garantice la vida de todos los ciudadanos, la libertad para realizar cualquier cuestión que le ofrezca felicidad y, por último, también asociado a la libertad, la propiedad, para que obtenga los bienes materiales e inmateriales que contribuyen del mismo modo a la reiterada felicidad. Por este hecho, para Locke, el Estado es sumamente necesario y beneficioso porque es el garante de los derechos “naturales.


A su vez, este raciocinio se vincula nuevamente con la religión cristiana anglicana de la cual John Locke, como se mencionó, era un fiel creyente y participante. Esto se debe a que, según Locke, el objeto de la felicidad sigue siendo Dios, el cual, dispone que el hombre sea feliz.


Lo señalado muestra la evidencia que no existe ruptura con el orden establecido, simbolizado con lujo detalle en la división de poderes auspiciada por Locke, debido a la analogía, por parte de estos poderes, con los estamentos de la sociedad medieval, como lo es, por un lado, la realeza, la aristocracia y, en tercer lugar, “los comunes”, demostrando nuevamente que el pensamiento de este filósofo es el intento de reformular el “ordo” trifuncional con la aristocracia inglesa.


Hasta este punto, el título de la nota quedaría incompleto a causa de que aún no entra en juego el economista “clásico” Adam Smith. El mismo ofrece un discurso y razonamiento cambiante al orden de la trifuncionalidad y, por ende, a lo expresado por John Locke. La respuesta no ofrece grandes complejidades. Smith, en su obra “Tratado sobre la moral”, introdujo la cuestión y concepto del individuo pero, además, introdujo también el concepto del egoísmo como motor de este individuo, en un contexto en que el imperio universal cristiano se encontraba en una crisis y su reconstrucción parecía ser inviable.


Por la tanto, siguiendo el razonamiento de Adam Smith, la idea de comunidad tiende a mutar a simplemente individuos con derechos, enunciado que, en la realidad, simplemente no existe y no hay posibilidad de hallar, es decir, el individuo aislado por fuera de la comunidad.


A cuestión, el liberalismo, desde sus orígenes, ha expresado la aspiración de reformular y proseguir naturalmente el orden instituido que hemos nombrado como “trifuncional”. Esto, a mi juicio, tiene un gran valor para entender el liberalismo y sus vertientes incluso hasta el día de hoy; más aún, permite no solo entender a la corriente ideológica, sino al tipo de Estado y democracia liberal que existe en la mayoría del mundo pero que, hace ya varios años, se encuentra en una profunda y al parecer irremediable crisis.


El liberalismo y el Estado liberal es propio de un mundo muy antiguo y que, hacia nuestros días, ha evolucionado de tal forma que continuar operando con sus instrumentos y divisiones estamentales que poseen más de 200 años, como lo es el poder judicial y, además, dando el lujo de no aplicarle ningún grado de democratización, permitiendo que ese estamento se siga juzgando a sí mismo vulnerando la democracia, no parece viable.


Pensar un nuevo tipo de democracia y Estado es más que necesario en los tiempos actuales. Nuestras democracias merecen y se deben más instrumentos para garantizar mayor justicia en todos los aspectos pero, sin dudas, merecen despojarse de sus enemigos estamentales que permanecen agazapados en los zócalos de nuestras Naciones.

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