Definiendo lo abstracto: El neoliberalismo

Por Matías Slodky

Pasado los primeros años de la década del ‘70, el contexto internacional tuvo giros importantes; la caída del acuerdo de Bretton Woods, el orden económico de posguerra se derrumbó, la convertibilidad dólar oro desapareció, el dinero simplemente pasó a ser una tasa de interés y un material fiduciario de la especulación financiera, las tasas de interés se desregularon, como también la posibilidad devaluatoria, acompañado de una enorme cantidad de bancos privados y de inversión, templados hasta ese momento, de su estímulo animal especulativo, que llenaron el estómago de los Estados a través de deuda privada de forma irrestricta sin ningún control - “si no hay riesgo no hay ganancia” -.


El laissez faire volvió a conseguir su hegemonía y, a su vez, los intelectuales y militantes de este modelo, recluidos a la lobreguez durante las décadas pasadas, pasaron a ser la cara “novedosa” en el ámbito académico y social. La ideología de la “libertad” tuvo su apogeo. A partir de los ‘80, el reaganismo y el “There is no alternative” de la Dama de hierro, en conjunto de la vasta crisis de la URSS y su posterior caída, dieron pie a la larga época neoliberal como única posible respuesta.


Aquel modelo económico y político esparcido desde la década del ‘70, y consolidado globalmente en la década de los ‘90, casi como un principio ordenador, recomendado para países subdesarrollados por todo tipo de gobiernos y elites económicas concentradas, a través del consenso de Washington en 1992. Se nos fue presentando, desde sus inicios, en una formidable abstracción (en parte porque los ideólogos y aplicadores de este modelo desisten de identificarse con él), evocando una concepción tomada de la “racionalidad”, identificada así, con la racionalidad individual; por lo tanto, consiste en poner entre paréntesis las condiciones económicas y sociales que encierran las disposiciones racionales y las estructuras económicas y sociales que son la condición de su aplicación.


Este modelo, programa o simplemente - como prefiero nombrarlo - verso, como lo es el neoliberalismo, ha sido ostentado como un supuesto programa científico de conocimiento convertido, con el tiempo, en un programa político de acción, donde se busca crear un inmenso trabajo político que pesquisa instituir las condiciones de realización y de funcionamiento de la “teoría”, es decir, la encarnación de un Estado Neoliberal que permita imponer las bases de su funcionamiento.

Ahora bien, siguiendo con justa razón a el gran sociólogo francés Pierre Bourdieu (1930-2002), el neoliberalismo “es un programa de destrucción sistemática de los colectivos”. Por lo cual, este pretende cuestionar todas las estructuras colectivas que puedan obstaculizar la lógica del mercado puro. Al momento de hablar de estructuras colectivas nos referimos, en principio, a la Nación, cuyo margen de maniobra no cesa de recortar los grupos de trabajo que afecta a través, por ejemplo, de la individualización de los salarios y las carreras en función de las competencias individuales, la atomización de los trabajadores que ello desencadena y los colectivos de defensa de los trabajadores, los sindicatos, las asociaciones, las cooperativas, entre muchas otras, que el individualismo voraz del neoliberalismo se propone desmembrar.


A su vez, podemos definir al modelo neoliberal y al engendrado para su beneficio, el Estado Neoliberal, como la construcción social del mercado, donde se necesita imponer su ideología, ya que imponer el mercado es una construcción e imposición del Estado; el Estado debe ser activo en la implementación de condiciones para el “libre mercado”, pero más activo, como se ha visto en las sistemáticas crisis hasta la fecha, en el socorro del “mercado”, pues estos billonarios rescates, como es de esperarse, no vendrán naturalmente, como en el liberalismo clásico, mediante la famosa mano invisible.


Estas diferencias con el liberalismo clásico se ven representadas en el individualismo exacerbado; una de sus líderes ha definido esto como: “no existe algo tal como el cuerpo social o la sociedad, solo existen individuos” (Margaret Thatcher). Sumado a que, en el discurso neoliberal, el Estado, como mediador de conflictos e intereses colectivos, es un problema, y no es una armonía, como bien lo ha detallado el referente del liberalismo clásico, John Locke (1632-1704) en sus escritos, precisamente en Dos tratados sobre el gobierno civil.


Pero claro, el modelo neoliberal extrae su fuerza social de la fuerza político-económica de aquellos individuos cuyos intereses representa, por lo tanto, es vital definir quién está detrás de la conformación de la reproducción del Estado neoliberal, los cuales se pueden entrever en los lobbistas, los operadores judiciales y mediáticos, los financistas, algunos sectores de partidos conservadores o incluso socialdemócratas convertidos a las concesiones tranquilizantes del laissez-faire.


En nuestro país - y la región - las cosas no han sido distintas, aunque claro, este modelo comenzó a moldearse mediante el terror y el genocidio en manos de una dictadura cívico militar con implicancias catastróficas en un tiempo muy corto, donde los sectores concentrados de nuestra economía salieron totalmente beneficiados, pero absolutamente en complicidad con la matanza del pueblo argentino. Posteriormente, el neoliberalismo terminó de profundizarse en democracia durante el menemismo, con un discurso “moderno” y exhibido como necesario. En fin, no es necesario ni gastar tinta en sus resultados en diciembre del 2001 con el gobierno de la Alianza.


Habría que pasar en la Argentina, y en la región, más de una década de gobiernos populares para que, del último lustro, una nueva oleada neoliberal se haga presente. Por supuesto encabezada con sus actores recurrentes, en el caso argentino, electo vía democrática y con su propio partido, motivado por el antiperonismo, pero sin cambiar su discurso autoritario, sus políticas de privatizaciones, de apertura comercial y, principalmente, el endeudamiento y fuga de capitales insaciable.


Finalmente, es propicio hablar sobre el cambio de signo político en diciembre del año pasado, en un contexto de clara emergencia provocada por la pandemia, la cual se despliega sobre una situación ya crítica, tanto local como internacional, con recurrentes crisis sistémicas y cuestionamientos al modelo neoliberal, poniendo fervientemente en evidencia las insondables desigualdades y contradicciones de un mundo en el que, frente a la indecente fortuna de un pequeño grupo, no dejan de aumentar el desempleo, la pobreza y la precarización de la vida de la mayoría de las personas.


Este escenario crítico grita, a todas luces, la importancia de una recuperación distinta, que signifique la instalación de un humanismo crítico, de una sociedad solidaria, frenar la concentración de la riqueza, mejorar la distribución de ésta. Primero, redistribuir el ingreso, para luego crecer sobre la base de esa distribución. Garantizar empleo y trabajo para todos.


Pero este proceso es inadmisible intentarlo, incluso proponerlo, en conjunto con los actores responsables de esta situación, sencillamente porque no comparten ni desean lograr este proceso, por más llamados a la unidad y solicitudes de amistad que les envíes; hay un sector claro de la dirigencia y la sociedad, que no posee matices y que pretende, cada vez que tiene el poder, profundizar las reformas neoliberales, por más que a la vista se muestren con más o menos maquillaje. Para salir de esta lógica neoliberal, se necesita inteligencia, eficacia, pero, por sobre todo, decisión a la hora de utilizar el Estado como instrumento colectivo.


Negar este hecho, al mostrarse cautos, evitando el uso del poder y la toma decisión, con símbolos dialoguistas pueriles, que solo contribuyen a inquietar a la propia base electoral, al mismo tiempo que se empodera a sectores reaccionarios que huelen la debilidad por la falta de acción, nos llevara a no concretar ninguna idea clara de reconstrucción y salida al neoliberalismo, permitiendo dejar en pie al sistema y a sus actores concentrados y corruptos, que se encuentran tras él; siendo así, llegado ese punto, cómplices de él.

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