Ciencia y Vida Colectiva

Por Elías de la Cera


  • “Yo sé que muchos dirán que peco de atrevimiento si largo mi pensamiento pal rumbo que ya elegí pero siempre he sido así; galopeador contra el viento”.


Importa que el lector se despoje de cinismos y de la vaga erudición que proporciona

el mero paso del tiempo, eso que algunos llaman “experiencia” y que en lunfardo se

denomina “baquía”.


Para entender la filosofía anarquista, y probablemente cualquier otra, resulta imprescindible abolir, antes que al Estado, al sentido común, el menos común de los sentidos. Recuperemos entonces la inocencia del primer filósofo y preguntémonos lo siguiente: ¿Cuál es el origen del sufrimiento y de la desdicha que deben `padecer los hombres y las mujeres de un pueblo cualquiera? La única persona que rompería el silencio del aula hipotética, sentado como un bacán en su pupitre y vulnerando por completo la norma conforme a la cual hay que levantar la mano antes de hablar, sería el finado Mijaíl Bakunin, quien ante esta pregunta, aparentemente ardua y compleja, contestaría con dos simples palabras: “El poder”. Aquí comienza a tomar

color el guiso.


El aporte fundamental de la teoría política anarquista se halla en el hecho de haber desentrañado el enigma de la desdicha humana. Si Marx nos reveló el enigma del Estado y de la plusvalía, si el maestro Freud nos reveló el enigma del inconsciente, el verborrágico Bakunin nos reveló el enigma y la naturaleza del poder: despótica.


Cualquier persona decente que haya nacido en la Rusia de los Zares, tiene que haber desarrollado un odio virulento hacia cualquier tipo de autoridad. Y si bien es cierto que los estados autocráticos no son equivalentes a los democráticos, no por ello dejan de ser isomórficos. Los desplazamientos erráticos de los habitantes, sus pasiones insondables, sus decisiones caprichosas, sus reclamos, son para el aparato burocrático estatal insoportables, incomprensibles y hasta sospechosos.


Tanto en faraones, como en reyes, como en presidentes y como en preceptoras de colegio, puede advertirse el mismo discurso de advertencia para con sus respectivos súbditos, la disidencia y la protesta pública han de orientarse por un cauce establecido y la desobediencia radical es un lujo que la autoridad no tolera.


  • “Yo sé que en el pago me tienen idea porque a los que mandan no les cabresteo”.


Doy por sentado que no hace falta golpear puertas abiertas y hacer mención a cierto momento histórico por el que está pasando cierta región de cierto continente, en el que ciertos países tienen ciertos gobiernos que ante ciertas protestas sociales aplican ciertas políticas de ajuste, acompañadas de cierta represión cada vez más ostensible. El tono compadrito viene a cuento de que, visto desde una perspectiva anarquista, lo que está sucediendo en la región no debería tomarnos por sorpresa.


El poder está diseñado para oprimir al hombre. Como dijera Bakunin desde su pupitre, es la causa de nuestra desdicha.


El poder no solo es inaceptable porque regula y garantiza la desigualdad económica y política, sino porque además, como ya hemos dicho en otra ocasión, teniendo en cuenta que el Estado es el sucedáneo moderno del orden jerárquico divino, resulta que por naturaleza humilla y empequeñece al hombre. Desde la esfera del poder y del Estado sólo pueden surgir criaturas torturadas y resignadas a ser el tragicómico reflejo de un ser superior. Es entonces en donde toman suma importancia los lazos sociales espontáneos y recíprocos que nacen en el offside de las esferas del poder y que articulan la hermandad de los oprimidos.


En la Academia resulta increíble la desmesurada ambición tecnocrática que muestran los profesores y alumnos. Burócratas del hoy formando a los burócratas del mañana, y terminando de configurar una casta de intelectuales totalmente ajenos a la realidad de una comunidad que le ha pagado los estudios, y que trabaja para que ellos mantengan el estatus de privilegiados que ostentan. Es por eso que hace patente la necesidad de una nueva teoría que provenga desde la sociedad para que irrumpa en el poder. Bakunin nos puede ayudar en ese sentido cuando él,

en su momento, se negó a tratar a las personas vivas como abstracciones estadísticas o conejos de laboratorio. Nos aconseja sumergirnos en el crisol de la vida activa y sus antinomias, y si lo que se quiere es terminar con la autonomización institucional del intelectual, se deberá apostar a la unidad entre ciencia y vida colectiva. Esto es, sin duda, un apunte a tener en cuenta para todos los estudiantes del mundo.


Un cientista social sin sensibilidad social es una empanada de aire. Llegó la hora de que los intelectuales atorrantes y populistas, si es que esto no es finalmente una tautología, conviertan la sed de destrucción de Bakunin, en vocación de construir algo nuevo, una cosmovisión del hombre y del mundo que tenga su origen en la comunidad de criaturas oprimidas y humilladas por las élites conformadas por el Estado, la clase dirigencial, los bancos, las corporaciones, las empresas, los medios de comunicación, el ejército y la policía. Nada perdurable, ni deseable, surgirá de estas instituciones putrefactas. La ideología anarquista se adapta bien a los tiempos que corren y, todavía mejor, a la naturaleza caótica del pueblo argentino.


Donde pisa el caballo del anarquismo no vuelve a crecer la hierba. Si no construimos por fuera de esas estructuras, terminaremos dentro, y ante los ojos del pueblo, seremos unos simples figurones hablando de abstracciones y sacralizando bagatelas que para la gente ya no significan nada.


  • “Porque no llenan con cuatro mentiras los maracanases que vienen del pueblo a elogiar divisas ya desmerecidas y hacernos promesas que nunca cumplieron”.

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