¿Cómo te va en estos días, humano roto y mal parado?

Por Barreiro Toloni Malena y Gonzalez Melany Cristal

Luego de la caída de la Unión Soviética, el mayor triunfo del capitalismo se instauró a través del Consenso de Washington. Este pacto propuesto por el hegemón - ganador de la disputa ideológica - estuvo cimentado sobre un conjunto de medidas económicas que, primeramente, lograron redefinir el rol del Estado pero que, además, supo perforar en el tejido social, fomentando nuevas formas de pensar dentro de la ciudadanía.

Nuestro país no estuvo exento de las nuevas repercusiones internacionales. Durante la década del ‘90, la influencia de los lineamientos neoliberales surgidos del Consenso de Washington, y abiertamente difundido y apoyado por sus instituciones, presenciaron su despliegue en nuestro país. La reestructuración propuesta por el Consenso sobre las funciones del Estado fueron implementadas con el fin de “salir de la inestabilidad y paliar los problemas que presentaba el país”.

Si bien la sintonía e implementación de las medidas neoliberales está fijada en el gobierno de Carlos Menem, debemos retroceder y reconocer que los primeros signos del nuevo Estado se encuentran en las políticas económicas implementadas desde la última dictadura militar, amparada en el “disciplinamiento social”.

El nuevo rol que adquiere el Estado a partir de allí, está caracterizado por una intervención indirecta. En este sentido, las políticas que se formulan están dirigidas a nuevas formas jurídicas, que favorecen a agentes económicos concentrados y generan estímulos hacia la inversión del capital extranjero, prescindiendo de su papel como reguladores sociales.

Al establecerse un mercado laboral reducido, técnico y especializado, se da paso a aumentar el nivel de rivalidad entre trabajadores, a fin de poder encontrar un empleo digno; este nuevo tipo de accionar no se encerró en el ámbito laboral, sino que se expandió en todos los ámbitos sociales, abonando ideas meritocráticas, las cuales constan de establecer una discriminación en base a los méritos de cada persona, poniendo en el eje el esfuerzo emprendido por cada uno como medio para alcanzar el éxito. ¿En qué se traduce esto? En la propagación de discursos que asignan un cierto valor positivo a aquellas personas que “se esforzaron más que otras”, evitando la discusión de fondo sobre el punto de partida de cada una, estigmatizando y culpabilizando a aquellos que no logran alcanzar los objetivos propuestos por la sociedad y necesitan de políticas públicas a fin de equiparar las asimetrías.

En este sentido, podemos decir que el modelo neoliberal logró perforar no sólo en sus acepciones económicas, sino que también trascendió en el tejido político y social, generando un nuevo consenso1.

Siguiendo las ideas de Alberdi, la noción de individualidad, meritocracia, progreso y libertad, entre tantas otras, fueron acreditados por el nuevo rol del Estado, siguiendo las pautas internacionales. Es, entonces, aquí, donde observamos una marcada ruptura.

El nuevo sistema consistía en formar parte de la globalización, la que dejaba sumidos en el subdesarrollo a los países que no persiguiesen ese camino. A su vez, esta reestructuración del capitalismo financiero global consistía en una financiarización de la economía, traducida en una mayor contracción de la producción y un fuerte avance del sector especulativo. Por otra parte, en términos políticos, el hombre deja de ser el epicentro, debiendo aggiornarse a su nuevo papel dentro de la economía.

¿Cuál es el impacto que observamos? Consideramos que, de acá en adelante, el Estado pondera principalmente políticas públicas orientadas a la maximización de beneficios, en detrimento del costo humano que corre riesgo y se pone en juego, por lo que carece de sensibilidad - y humanismo - a la hora de formular políticas públicas.

Dentro de su máxima expresión, vemos un fuerte desmantelamiento de la estructura del Estado, un gran redireccionamiento de sus recursos hacia sectores concentrados, una sociedad cada vez más empobrecida, más competitiva y más violenta. La crisis de valores la concebimos como parte de aquella perforación del tejido social, causada por este cambio de paradigma.

Entendemos, como parte de esta, el atropello de las culturas originarias enraizadas al sentido de comunidad, desgarrando los vínculos sociales y sustituyendolos por un individualismo que otorga considerables márgenes a la propagación de discursos de odio - en tintes xenófobos, neonazis, discriminatorios y violentos -. Los discursos de odio se encuentran siempre orientados a generar un daño, causar una ruptura e incitar a realizar - o no realizar - algún comportamiento determinado. La incidencia conductual puede ser tanto imperativa, cuasi ordenada, o bien en un plano más psicológico.

En nuestros días, han logrado un gran alcance y repercusión debido al avance tecnológico, que permite expandir mensajes a muy bajos costos. A su vez, la formación de consensos sociales o generales se tornó cada vez más diligente, debido a la presencia de un mundo más conectado.

En este plano, se abren dos verosimilitudes. En primer lugar, conformado por los creadores de los discursos, actúa como puntapié de quienes refuerzan o incitan ideologías extremistas con el fin de impartir valores “aceptables” y que contengan una retroalimentación. La segunda verosimilitud está compuesta por aquellos sectores marginados, fragmentados o golpeados, que utilizarán como herramienta de amparo la formulación de contradiscursos, con el objetivo de instituir y legitimar un sentido de comunidad donde puedan identificarse como tales.

No se debe divorciar el contexto sociopolítico en el que se generan los discursos. La construcción de un liderazgo fuerte deviene, esencialmente, de una escalada producto de crisis económicas - entendidas como situaciones de inestabilidad, inseguridad, falta de confianza, entre otras - que acarrea una crisis social, la cual, producto de fuertes tensiones, culmina detonando, debido a la poca capacidad de los dirigentes de dar respuesta y sostener su representatividad. En pocas palabras, se pierde la adhesión voluntaria que se detentaba. El triunfo de Bolsonaro, Macri o Trump responden a esta lógica. Supieron articular las demandas de una minoría de fuerte carácter ideológico, sumado a aquel caudal de hartazgo producto de la crisis de representatividad.

Los nuevos discursos antisistema, orientados a la derecha, se instalan por parte de una facción social que se muestra como una reverberación de aquel darwinismo social, que va en contra de la ampliación de derechos y los progresos adquiridos en democracia. No menor resulta la procedencia de estas nuevas figuras, ya que no surgen de las masas populares, como lo hizo Lula Da Silva, Néstor Kirchner o Cristina Fernández de Kirchner, por ejemplo. El standing de poder es una condición fundamental que se suma a la táctica de las fake news, lawfare y propagandas de difusión financiadas por empresarios, que operan a través de un estudio geopsicológico previo de los consumidores finales - algunos ejemplos se encuentran en el Brexit de Reino Unido, los discursos de autoproclamación de Guaidó en Venezuela, la presidencia interina de Añez en Bolivia, entre otros tantos -. En una palabra, la tendencia contemporánea - uso del aparato judicial y mediático - de la que se vale la derecha para el debilitamiento de las democracias, está marcada por los lineamientos inequívocos del Consenso de Washington, en detrimento de las soberanías populares.

Acercándonos un poco más a nuestra realidad, los casos más concretos los seguimos viendo en las marchas anti-cuarentena en un contexto de pandemia, la protesta en contra de la reforma judicial, los bocinazos en contra de la expropiación de Vicentín o en los banderazos en contra del aporte extraordinario. Dar el brazo a torcer en estas circunstancias es muy grave. La derecha queriendo ocupar las calles es una situación extraordinaria, que denota su espíritu antidemocrático. La difusión de estos discursos, y la invisibilidad o censura de los contradiscursos, hacen cada vez más difícil dar las discusiones de fondo.

El riesgo que proporcionan estos discursos sólo puede contrarrestarse a partir de políticas públicas emprendidas desde el seno del Estado, que vuelvan a poner en el centro al ser humano como punto de partida de cualquier medida. Así, se lograría revalorizar la esencia misma del pensamiento humanista que tanto predicamos. En paralelo, se debe fomentar y consolidar la cultura solidaria entre los pueblos del mundo, abandonando ideologías antidemocráticas. En este aspecto, es preciso la implementación de acciones eficaces que garanticen el bienestar de la población, a fin de reducir los márgenes de descontento, cuna de penetración de estos discursos; por esto, el Estado se ve obligado a inventar una nueva escala de valores, con una nueva moral.

“[...] Incumbe a la política ganar derechos, ganar justicia y elevar los niveles de la existencia, pero es menester de otras fuerzas. Es preciso que los valores morales creen un clima de virtud humana apto para compensar en todo momento, junto a lo conquistado, lo debido. En ese aspecto la virtud reafirma su sentido de eficacia. No será sólo el heroísmo continuo de las prescripciones litúrgicas; es un estilo de vida que nos permite decir de un hombre que ha cumplido virilmente los imperativos personales y públicos: dio quien estaba obligado a dar y podía hacerlo, y cumplió el que estaba obligado a cumplir. Esa virtud no ciega los cambios de la lucha, no obstaculiza el avance del progreso, no condena las sagradas rebeldías, pero opone un muro infranqueable al desorden [...]” (Perón, Juan Domingo; 1949).

Notas

1- No hace referencia al Consenso de Washington, sino a un consenso ideológico instaurado en la sociedad.

186 vistas

© 2020 KOINON

Suscribite gratis y recibí información