¿Cómo crecer? La ecuación macroeconómica y la decisión política

Por Daniel Barbagelatta

No es difícil; es una ecuación como las de primer año de secundaria. Hay que querer verla y, sobre todo, hay que adoptar el prisma para el que esa ecuación es grilla de inteligibilidad.


Pero no es matemática. Justamente, la decisión de ver a través del prisma macroeconómico es profundamente ideológica. Tanto como querer interpretar el mundo a través de las obcecadas categorías monetaristas.


En su más básica formulación, la ecuación dice que el PBI es la sumatoria del Consumo, la Inversión y el saldo de la balanza comercial. Es decir, que la riqueza que se genera en un país a lo largo de un año es el saldo de lo que los residentes (tanto del sector público como privado) consumieron, el capital que allí se constituyó y las exportaciones de bienes y servicios menos las importaciones.


De eso se desprende la elemental conclusión de que, si se busca aumentar esa riqueza, las formas para hacerlo no puede ser otra que incrementar las variables que la componen. Pero ¿sobre cuáles hacer hincapié?.


Hasta aquí, matemática. La ideología entra al momento de elegir por cuál de esas vías se pretende crecer. Básicamente porque, detrás de cada una de esas variables, hay actores y clases sociales.


Empecemos por el Consumo. ¿Quiénes consumen? En principio, todos. Pero no con la misma proporción independientemente del nivel de ingreso. Por otra parte, como agregado macroeconómico, lo relevante son los grandes volúmenes. Es decir, que el consumo que importa a las cuentas nacionales es el masivo. Y los productos que se consumen a esa escala no son precisamente los anillos de diamantes.


Por lo tanto detrás de la variable simbolizada con la C están las amplias franjas de población con ingresos medios y bajos que, bajo ella, registran las transacciones por las que subsisten materialmente.


Esto significa que proponer aumentar el PBI a través del Consumo es permitir, a esas franjas, acceder a mayores cantidades y calidades de bienes y servicios. Y como la propensión a consumir desciende a medida que crece el nivel de ingreso, para que el poder adquisitivo se vuelque al mercado lo más efectivo es potenciarlo en aquellos niveles de ingresos relativamente inferiores.


Los sectores de ingresos relativos más altos destinan una parte proporcionalmente mayor al ahorro. La cuestión sobre cómo ahorran, a qué se destina esa riqueza y su utilidad social amerita un análisis más minucioso pero, por lo que conocemos sobre el contenido ideológico de la clase media argentina, podemos concluir que solo una muy pequeña parte llega a formar capital productivo. ¿Quiénes invierten? Los "agentes económicos" que habitualmente llamamos empresas. En una economía capitalista, en la que los medios de producción están en manos privadas, esto significa que los encargados de tomar las decisiones de inversión (en la escala que es relevante en términos macroeconómicos) son principalmente el puñado de personas físicas y jurídicas que detentan el capital.


Si, por decisión ideológicamente orientada, se pretende crecer mediante un aumento de la inversión agregada, se adoptarán las políticas tendientes a inducir a esos agentes a volcar parte de sus utilidades en la formación de nuevo capital.


Según la teoría económica liberal, es poco menos que un crimen forzar esas decisiones en los actores privados y, sobre todo, que sea el sector público quien, ante la falta de inversión de las empresas, asuma el papel de principal formador de capital, sobre todo en los sectores estratégicos de la economía (por eso la inversión pública "es siempre corrupta").


Para este credo, las políticas necesarias para generar riqueza a través de la inversión consisten en darles cada vez más libertad a los poseedores del capital, a la vez que una serie de incentivos positivos como la no intervención mediadora del Estado en las relaciones entre capital y trabajo, la baja de costos laborales e impositivos, etc.


Es particularmente llamativo que, desde este recetario, nunca se ofrezca como seducción un mercado amplio que permita obtener niveles de ventas atractivos. Eso implicaría reconocer que un estímulo para la inversión es precisamente el dinamismo de la Demanda agregada, un dinamismo que se logra a través del aumento relativo de los ingresos de los sectores populares y medios. Y eso mejor no decirlo. Libertad e incentivos positivos. Con esto, la racionalidad económica inducirá a los empresarios a invertir y logrará así crecimiento. Pero hay dos temitas. Por un lado, que los agentes económicos no son precisamente racionales. Los infinitos fenómenos bursátiles de burbuja y estampida son prueba irrefutable de ello.


Los que toman decisiones son seres humanos que tiene representaciones ideológicas del mundo, en las que son determinantes las pulsiones emotivas e inconscientes. Por otro lado, la decisión política de crecer a través de la inversión implica conferir un poder extraordinario al factor capital y el sector social que lo detenta. "Si ellos no invierten, no crecemos; debemos hacer lo que a ellos les conviene". La tan peligrosa identificación de los intereses de un sector con los del conjunto de la comunidad.


Ese "lo que a ellos les conviene", según la retórica del liberalismo, implica una pseudo retracción de las regulaciones estatales de los mercados. Pseudo porque sí interviene, pero no para subordinar los intereses sectoriales a los generales, sino para garantizar márgenes de ganancias (por ejemplo a través de mercados cautivos) y plena libertad para disponer de ellos. En el liberalismo hay más regulación que cualquier populismo. Pero eso es otro tema.


Finalmente, la balanza de pagos como medio de aumentar el saldo de la ecuación. Sin duda las exportaciones tienen una excelente prensa y, en economías dependientes con estrangulamientos recurrentes del sector externo, como la argentina, tienen la gran ventaja de generar divisas.


Pero ¿qué implica "crecer hacia afuera"? Por lo pronto, profundizar la asimetría entre el sector competitivo a nivel internacional (en el caso de Argentina, el primario) y el resto de la economía.


Además de la deformidad de alguien con la cabeza de Goliat y el cuerpito de David, si el sector dinámico no es uno estratégico en términos geopolíticos o sociales (por ejemplo por su capacidad de crear empleo, su crecimiento) es también el de una debilidad estructural.


Por otra parte, y más importante aún, es la cuestión de cómo mantener o aumentar esa competitividad (y a qué costo). En el mercado mundial, los bienes y servicios son la punta de un iceberg que esconde toda la estructura económica del país que los genera. Entre esos factores están, por caso, el régimen laboral y los costos de la mano de obra, la estructura impositiva y hasta la legislación medioambiental.


Un país que se propone competir en ese mercado debe saber que lo hará contra bienes producidos en lugares con trabajo semiesclavo, en lugares donde se permite abiertamente la contaminación del medio ambiente o donde los impuestos son mucho más bajos.


Competir implica, por tanto, entrar en una carrera para bajar costos, para lo cual medidas como aquellas serán necesarias. Por supuesto, también se puede competir por valor, es decir, por productividad, en sectores estratégicos de alta inversión y conocimiento. Pero, por un lado, las grandes potencias son conscientes de esto y no tienen precisamente la voluntad de compartir ese capital y ese conocimiento. Por otro, la inversión necesaria para alcanzar esas productividades requiere largos procesos de desarrollo con una importante participación pública. Sostenerlos requiere una cohesión y capital político que, tanto esas potencias como los predicadores del liberalismo, intentan (y generalmente logran) deteriorar.


Que una economía dependiente como la argentina decida crecer hacia afuera significa, por lo tanto, concentrar el ingreso en un grupo social muy reducido y bajar costos de producción mediante la caída del salario real. En otras palabras, un descenso de la calidad de vida de enormes porciones de la población.


La macroeconomía es una ecuación, pero elegir cuál de sus términos privilegiar para intentar crecer ya no es matemática, sino la decisión sobre un modelo de desarrollo y de acumulación que, como todo modelo, favorecerá a unos sectores más que a otros. La selección del modelo y por tanto el esquema de favorecidos y postergados es lo más ideológico que una conducción política llegada al gobierno del Estado debe afrontar.

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