¿Bipartidismo en la Argentina?

Por Lautaro Garcia Lucchesi


En los días y semanas posteriores a las elecciones del 27 de octubre, numerosos periodistas y políticos, hoy parte del oficialismo y, a partir del 10 de diciembre, parte de la oposición, han comenzado a plantear la idea de que los resultados de dicha elección han dictaminado que, en la Argentina, se ha instalado un bipartidismo. Esta es una idea falsa tanto desde el punto de vista teórico como desde la realidad misma, cuyas fundamentos expresaré en las líneas sucesivas.


Desde un punto de vista teórico, existen, de mínima, dos objeciones a este argumento. En primer lugar, Arend Lijphart, en su famoso tratado de política comparada “Las democracias contemporáneas”, explica que el sistema de partidos bipartidista sólo puede instalarse en sociedades homogéneas, entendidas éstas como aquellas sociedades en las cuáles la única diferencia políticamente relevante que divide a la sociedad y, por ende, a los partidos políticos, es el desacuerdo sobre política socio-económica, definida como la mayor o menor intervención del Estado en la economía. Por ello, el paradigma de sociedad homogénea que utiliza Lijphart es la sociedad británica, cuyos dos partidos principales son el Partido Conservador y el Partido Laborista (el libro fue publicado en 1998, por lo que no refleja la Gran Bretaña actual, la cual ha dejado de ser homogénea porque se ha sumado un nuevo punto de discusión, el Brexit). Los Tories impulsan una economía desregulada manejada por la mano invisible del mercado, mientras que los laboristas propugnan por una mayor intervención estatal para reparar los desequilibrios propios de este último. Pero, más allá del rol del Estado, existe un consenso generalizado en todos los demás temas de discusión, llámese política exterior, matriz productiva o distribución del ingreso, entre otras.


Sin embargo, si trasladásemos este análisis a la sociedad argentina, de ninguna manera podríamos arribar a la misma conclusión. Los dos partidos que obtuvieron la mayoría de los votos -entre ambos, casi el 90%- de ninguna manera difieren en un sólo aspecto de su plataforma electoral. Lo que separa a ambos es un proyecto de país, de sociedad, de concepción del hombre como sujeto histórico, incluso de cuál es la finalidad de la existencia humana en la Tierra. Estas son las características propias de una sociedad heterogénea.


El Frente de Todos impulsa un Estado que intervenga en todos los aspectos de la vida donde se desarrolle una situación de desigualdad, apoyando siempre al más necesitado, con el objetivo de colocarlo en una situación de equidad. Un país con una matriz productiva industrial, intensiva en empleo, basada en la agregación de valor a través del trabajo de todos los argentinos, que se desarrolle a partir del propio esfuerzo nacional, para evitar la intervención de agentes extranjeros que propugnan obtener su tajada a costa de nuestro país. Una sociedad equitativa e

igualitaria, con una distribución equilibrada del ingreso que le garantice una vida digna a todos los compatriotas, entendiendo que el hombre debe poder ser feliz, pero esta felicidad no es una felicidad individual sino que, como proponía Aristóteles, el hombre es un animal social que sólo puede ser feliz en tanto y en cuanto, la comunidad a la que pertenece, también lo sea. Es decir, el hombre como parte integrante de una comunidad, cuyos destinos están profundamente

entrelazados.


Como contrapartida, la coalición Juntos por el Cambio propone una sociedad regida por la lógica imperante del mercado, donde cada individuo posea lo que se merece de acuerdo a un falso criterio de mérito personal, basado en el azar que subyace al accidente del nacimiento; donde los salarios sean negociados entre el dueño del capital y el trabajador sin una intervención estatal que equilibre la balanza. Un país basado en un modelo rentístico-financiero, en el cual el capital se reproduce a sí mismo sin necesidad de agregarle valor, lo que permite una mayor concentración de la riqueza en las manos de unos pocos. Una sociedad entendida como un conjunto de individuos egoístas y racionales, que se encuentran en una competición constante, unos contra otros, por el único fin que, según su visión, tiene la vida humana en este plano: la acumulación de dinero. Una vida espiritualmente mediocre, si se me permite.


Es decir, que lo que separa a ambas coaliciones es un proyecto antagónico de país, no simplemente la dicotomía: más Estado o más mercado. Tamaña diferencia, en mi opinión.


La segunda objeción teórica es la idea propia de que, en el sistema de partidos argentino, sólo hay dos partidos. Giovanni Sartori, en su libro “Partidos y Sistemas de Partidos”, afirma que la determinación del tipo de sistema de partidos de un país no puede recaer, exclusivamente, sobre un criterio numérico. Lo que además hay que observar, dice Sartori, es la distribución de poder entre los partidos políticos existentes, a partir del interrogante ¿qué fuerza tiene cada partido?. La respuesta a ese interrogante yace no sólo en el caudal de votos, sino también en la cantidad de escaños que cada partido tiene en el Parlamento.


Contestada esa pregunta, pasamos al segundo aspecto que determina el sistema de partidos, que son las posibilidades de coalición y las posibilidades de chantaje que tiene cada partido. Aquellos partidos que tienen posibilidades de coalición, tienen incidencia gubernamental; mientras que, aquellos con posibilidades de chantaje, tienen importancia competitiva en la oposición.


Ahora traslademos este análisis teórico a la conformación de la Cámara de Diputados después del 10 de diciembre. El Frente de Todos poseerá 122 escaños y Juntos por el Cambio 120. Por lo tanto, el oficialismo no tendrá quórum propio. Y es aquí donde emerge la importancia de los diputados de Consenso Federal, la tercera fuerza más votada, que obtuvo 7 escaños. El quórum se obtiene con 129 diputados, por lo que los diputados de este tercer espacio serán fundamentales para que se pueda tratar la agenda parlamentaria del oficialismo.


Entonces, en la Argentina, existe un tercer partido político con peso parlamentario que jugará un rol determinante y con el cual el nuevo gobierno deberá, inevitablemente, negociar. Este es un tercer espacio con posibilidades de coalición, así como también de chantaje, pues puede decidir aliarse con Juntos por el Cambio y paralizar así la Cámara Baja.


Por lo tanto, podemos decir que Consenso Federal tendrá poco peso relativo, si nos atenemos sólo a la cantidad de escaños, pero un fuerte poder real/político en la dinámica parlamentaria. Sin embargo, este análisis exige salir de la lógica meramente cuantitativa, para poder apreciar el panorama completo.


Para cerrar, podemos entonces confirmar que la idea de que se haya instalado un bipartidismo es, terminantemente, falsa. Es cierto que existen dos partidos electoralmente centrales, pero ese no es el único criterio a tener en cuenta para determinar cuál es el tipo de sistema de partidos que tiene nuestro país.


Todo esto no significa que, en el sistema político argentino, no se enfrenten, desde un punto de vista general, dos modelos antagónicos de país; por el contrario, lo que aparecen son algunas miradas alternativas al interior de estos modelos (principalmente dentro del modelo pro-mercado). Estas alternativas, a pesar de que se han constituido como competidoras electorales entre sí, no dejan de compartir una visión macro de nuestro país. Pero esto, repito, no es sinónimo del concepto de bipartidismo, sino de polarización dentro de una sociedad heterogénea, como es la nuestra.

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