Belgrano y la propiedad agraria

Por Lautaro Garcia Lucchesi

Veía el fin de semana la marcha contra la expropiación de la empresa Vicentín. Y en ella, una señora agitaba la bandera argentina y mostraba una pancarta que decía algo así como “Expropiación, en democracia, es mala palabra”. De lo que no era consciente esta señora, es de la contradicción que implicaba su presencia y su cartel en dicha marcha con el pensamiento del creador de la bandera que agitaba. Y, aprovechando el aniversario por los 200 años del fallecimiento del General Manuel Belgrano, aquí va mi homenaje a semejante figura.


Extremadamente versado en cuestiones de economía política, a la cual se había acercado durante sus estudios en las Universidades de Salamanca y Valladolid, su pensamiento mezclaba elementos de la corriente fisiocrática con otros propios del liberalismo smithiano. Al regresar a Buenos Aires para ejercer el cargo de Secretario del Consulado, Belgrano entra en contacto con la realidad de nuestro país y comienza a proponer ideas para impulsar el desarrollo de la colonia.


En un primer momento, donde se percibe una mayor influencia de las ideas de François Quesnay (padre de la escuela fisiocrática), Don Manuel afirma que “la agricultura es el verdadero destino del hombre”. Por lo tanto, el acceso a la tierra no debía ser el privilegio de una clase particular, sino que el acceso a la tierra debía ser un derecho para todos, pues el destino y la propia creación de riqueza estaban atadas a la tierra.

Con respecto a la distribución de los terrenos en el Virreinato del Río de la Plata, en el N°17 del Correo de Comercio, Belgrano afirma que:


“El origen de las propiedades de los terrenos entre nosotros se debe al repartimiento que se hizo al fundarse los pueblos, y sucesivamente a las denuncias de las tierras realengas, que en consecuencia se han rematado (…) El repartimiento, pues, subsiste a poco más o menos como en los tiempos primeros; porque aun cuando hayan pasado las tierras a otras manos, éstas siempre han llevado el prurito de ocuparlas en aquella extensión, aunque nunca las hayan cultivado, y cuanto más se hayan contentado los poseedores con edificar una casa de campo para recreo, plantar un corto monto de árboles frutales, dejando el resto eternamente baldío, y con el triste gusto de que se diga que es suya, sin provecho propio ni del estado (...).


Se deja ver cuán importante sería que se obligase a estos, no a darlas en arrendamiento, sino en enfiteusis a los labradores, (…) para que se apegasen a ellas, y trabajasen como en cosa propia (...).


Pero todavía hay más; se podría obligar a la venta de los terrenos que no se cultivan al menos en una mitad, si en un tiempo dado no se hacían plantaciones por los propietarios; y mucho más se les debería obligar a los que tienen sus tierras enteramente desocupadas, y están colinderas con nuestras poblaciones de campaña”.


En este pasaje, Belgrano condena la improductividad de la tierra bajo el régimen de los latifundios y promueve una repartición de las tierras ociosas, ya que considera que este reparto ha dividido a la sociedad virreinal en dos grandes clases:


la una, dispone de los frutos de la tierra; la otra, es llamada solamente a ayudar por su trabajo la reproducción anual de estos frutos y riquezas, o a desplegar su industria para ofrecer a sus propietarios comodidades, y objetos de lujo en cambio de lo que les sobra”.


Además, consideraba que la imposibilidad de la clase desfavorecida de transformarse en propietaria, le permitía a la clase privilegiada decidir casi completamente sobre su destino, condenándolos a una vida de necesidad y miseria, pues:


"Los socorros que la clase de Propietarios saca del trabajo de los hombres sin propiedad, le parecen tan necesarios como el suelo mismo que poseen; pero favorecida por su concurrencia, y por la urgencia de sus necesidades, viene a hacerse el árbitro del precio de sus salarios, y mientras que esta recompensa, es proporcionada a las necesidades diarias de una vida frugal, ninguna insurrección combinada viene a turbar el ejercicio de una semejante autoridad. El imperio pues de la propiedad es el que reduce a la mayor parte de los hombres a lo más estrechamente necesario".

Belgrano consideraba que la continuidad de esta desigualdad en el acceso a la propiedad, que traía como consecuencia una degeneración del sector social desfavorecido, estaba amparado en las leyes de propiedad inherentes al orden público, impuestas por los latifundistas beneficiados, las cuales sancionaban a todo labrador que osase violar las leyes de propiedad y de contratos establecidas.


Mas este respeto absoluto a la propiedad privada terminaba por generar, sobre los labradores, una aversión total al trabajo, pues éstos comprendían que la tierra sobre la que trabajaban nunca sería suya, sin importar el esfuerzo que pusieran en sus tareas. Y por ello, lo único que esperaban de su actividad laboral es que le permitiese satisfacer sus necesidades más básicas.


Por esto, para Belgrano, la causa de todos los males era “la falta de propiedades de los terrenos que ocupan los labradores (...) [pues] el que no puede consolarse de que al cerrar los ojos deja un establecimiento fijo a su amada familia, mira con tedio el lugar ajeno (...)”.


Para terminar con esto, se debían poner en acción todos los medios disponibles, porque la democratización de la propiedad era el vehículo para que estos sectores desfavorecidos pudieran entrar al orden de la sociedad, terminando así con su desnudez y miseria. Esta era una de las condiciones indispensables para el progreso de la Patria.


En síntesis, Belgrano era partidario de una reforma agraria que le permitiera a los labradores apoderarse de las tierras ociosas e improductivas en manos de los latifundistas. En un segundo momento, Belgrano va a comprender que el comercio y la industria también tenían un papel que cumplir en el desarrollo del país, pues agregarle valor a las materias primas a través de la industria, para luego comerciarlas con el exterior, le permitiría al Estado apoderarse de recursos para la construcción de la infraestructura necesaria para impulsar aún más la economía.


Pero si afirmamos que Belgrano, además de impulsar la reforma agraria, era industrialista y rechazaba los monopolios, podría ser demasiado para la señora del cartel. Mejor dejarlo acá.

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