Aristóteles: Visita Doctrinaria.Reflexiones sobre Autoridad, Inflación y Desarrollo

Por Silvano Pascuzzo. Si repasamos uno de los principales trabajos de Aristóteles, el famoso Tratado de la Política, vamos a poder encontrar conceptos muy útiles para analizar la realidad, siempre compleja, de nuestro Mundo.


El sabio macedonio, consideraba a la “Economía(ekonoimé), como el arte de: “administrar los asuntos del hogar”, que en griego se dice: “oikos”, la casa familiar. En su cosmovisión, la “Ciudad” (Polis) era, en el marco de un proceso productivo y comercial caracterizado por la “División del Trabajo”, la “Propiedad Privada” y el uso de “Moneda”; una ampliación “funcional” – cómo dirían los sociólogos – de la tribu o el clan originarios. La aldea, primer núcleo urbano existente luego de la “Revolución Agrícola”, no habría sido otra cosa que la unidad económica sedentaria. Del grupo humano primitivo, otrora nómade, cazador y recolector. El “Sujeto”, no era para nuestro autor otra cosa que un engranaje – real pero subsidiario – de una estructura que le había precedido y que le sobreviviría. Aristóteles – a diferencia de sus sucesores modernos – nunca creyó en la existencia de un “estado natural anárquico”; pues apelando a la Historia, daba por hecho el carácter “gregario” de la especie humana. El individuo aislado, era para él: una “abstracción”.


Los principios de organización social que inspiraron al preceptor de Alejandro Magno, se asentaban sobre la premisa ética del rechazo al Individualismo. Todos los pueblos de la Antigüedad – como bien lo destacara el economista inglés Eric Roll – habían construido orden social, sobre una penalización de las conductas egoístas. El “egoísmo” era el “Pecado Original”, el responsable de que los humanos; originariamente inmunes al sufrimiento; se vieran castigados por la divinidad, con miseria, hambre, muerte y desolación. Los hombres debieron desde entonces, ganarse el pan: “con el sudor de su frente”. Adán y Eva, en el mito bíblico, priorizaron el propio interés, por sobre el de su grupo de pertenencia, por sobre el de la “Comunidad”. El castigo, la penalización y el uso del Poder, resultaban útiles, en la medida en que al evitar el caos desatado siempre por el individualismo, preservaban la “solidaridad grupal” y las conductas cooperativas.


Teniendo en cuenta lo dicho, se puede volver al texto de La Política, prestando atención en él, a la convicción de que la “Autoridad” – el Gobierno diríamos hoy – debe comportarse cómo: “un buen padre con sus hijos”, administrando los recursos disponibles en función del bienestar común, colectivo. La premisa, el vector principal de dicho razonamiento, es la idea de que los procesos económicos, son naturalmente cooperativos, societales, y en consecuencia, los bienes tienen como fin último: “satisfacer las necesidades humanas, más que el afán por acumular riquezas”. Acaparar mercancías, con la meta de aumentar sus precios – el famoso “valor de cambio” – constituía un crimen grave, nacido del egoísmo. Los ciudadanos de la Polis; y también las mujeres y los esclavos; tenían el “derecho irrenunciable” a hacer uso de los bienes, más allá de las motivaciones lucrativas de comerciantes, artesanos y agricultores. El uso de las cosas, importaba más que su traducción monetaria.


En el capítulo referente al comercio, Aristóteles fue claro: cada cosa tiene su “fin esencial”, básico, para el que ha sido construida y creada. La conversión de la misma en “mercancía”, o sea en algo destinado a representar un “beneficio monetario”, un “valor” escindido de su “utilidad natural y primordial”, es un acto ilegítimo y peligroso para la armonía social. El valor de las cosas – su precio – es para el estagirita el resultado de dos variables básicas: el costo de esa cosa y su necesidad social, nunca individual. Especular, acaparar, apropiarse de lo que colectivamente se necesita, para llenar de metálico las alforjas de un sujeto cualquiera, era una conducta moralmente reprochable, ante la que la autoridad no podía ni debía, permanecer indiferente.


Todos estos argumentos, iban a tener durante la Edad Media, una enorme influencia. Surgiría, entonces, un discurso ético – con resonancias económicas – en contra de la “Usura y el Préstamo a Interés”; así como la llamada Teoría del Precio Justo, cuyo autor: Santo Tomás de Aquino, hiciera célebre. La noción de “Bien Común”, sacada del concepto romano de “Cosa Pública” (Res Publicae) y de los principios aristotélicos antes expuestos – que pueden rastrearse hasta Sócrates y Platón – tuvo en la visión cristiana sobre la sociedad, un peso innegable.


El Peronismo, en su “Doctrina”, postuló muchas de estas ideas, y se inspiró en las mismas, como vertebradoras de su proyecto de “Reforma Constitucional” de 1949, redactado por ese brillante jurista y teórico del Derecho, que fuera: Don Arturo Sampay. El estado, como depositario legítimo de la Soberanía, tendría el deber – de acuerdo con lo expresado en la nueva Carta Magna – de intervenir activamente, para garantizarles a todos los argentinos, el derecho a gozar individual y familiarmente, de los bienes producidos de manera colectiva, en procura de la Justicia Social.


Renunciar a ese rol del sector público, era abjurar para un Gobierno, de peronista. Desde hace mucho, el justicialismo, implementa políticas económicas que no tienen una inspiración doctrinaria, sino que han sido sacadas de las teorías liberal ortodoxa o keynesiana, más que de la venerable tradición judeo-greco latino-cristiana, en la que Juan Domingo Perón buscara respaldar ideológicamente, las múltiples transformaciones llevadas a cabo por sus gobiernos, desde 1946. La Comunidad y el Individuo no debían tener en la práctica, rigurosas incompatibilidades funcionales, sino que la primera, tendría que constituir – siguiendo a Aristóteles – el espacio de realización efectiva del segundo, a través de los grupos intermedios – las “organizaciones libres del Pueblo” – iglesias, sindicatos, cooperativas, mutuales y sociedades de fomento local.


Entonces: ¿qué rol debe jugar el estado en relación a estas cuestiones? ¿Cómo habrá de comportarse el sector público, ante las actitudes egoístas de quienes ven en el Individuo y en la defensa irrestricta de su Libertad, un motor para el progreso y el desarrollo de las sociedades modernas? La respuesta, a nuestro juicio, es única y muy clara: tendrá que construir “Poder Popular”, para obturar, frenar y condicionar, dichos comportamientos arbitrarios, individualistas y anómicos. La fuerza del Estado, sus instrumentos legales y políticos, no pueden ser neutrales, ni prescindentes, en la “puja distributiva” o “lucha de clases”. Siempre y en toda ocasión, debe ponerse del lado del Pueblo y en contra de las Elites.


En consecuencia, resulta inaceptable la idea de un: “Estado neutral”, que permanece quieto o a lo suma oficio de maestro de ceremonias, en una pelea que no asume ni siente como propia. Ante el “Desarrollo” y la “distribución de los bienes colectivamente producidos”, un gobierno peronista no debería nunca ser componedor, débil y vacilante. La Doctrina es clara. Su lugar es el de sostén y auxiliar de los más débiles – que no siempre son los más pobres – en la confrontación social y política por la toma de decisiones. Sentar a los actores corporativos no es gobernar; gobernar es mucho más que eso: es imponer agenda, es condicionar conductas distorsivas y es obligar – por persuasión si es posible, por la fuerza si es necesario – a todos y a todas, a seguir comportamientos cooperativos, solidarios; eliminando los que tienen en el egoísmo y la dominación oligárquica, su motor y razón de ser.


Vayamos, por ejemplo, al problema de la inflación, un asunto crucial para los argentinos y las argentinas. Más allá de los aspectos técnicos, el aumento generalizado de los precios – en términos aristotélicos, su valor de cambio – implica un desequilibrio a favor de los grupos que controlan, eso que eufemísticamente llamamos: el “Mercado”. Si el “valor de uso” está dado para el Estagirita, en función de su: “utilidad social”, la falta de acceso al mismo por parte de un sector de los ciudadanos de la Polis, constituye un grave y distorsivo comportamiento, que debe corregir, sin dilaciones ni excusas, la autoridad. El acto de: “poner en venta un objeto”, es el resultado de un complejo proceso productivo comunitario; y por lo tanto, ese objeto debe estar disponible, a precio adecuado, para todos y todas. La inflación es “injusta”, porque impide precisamente, la concreción del conocido apotegma que versa: “A cada quien según sus necesidades; a cada quien, según sus posibilidades”.


El Desarrollo, también debe ser discutido bajo la misma óptica. Crecer, producir, es una tarea social, colectiva y de largo aliento. No puede ser dejada al arbitrio de los poderosos. Decía Juan Domingo Perón: “El Mercado nunca es libre. Siempre alguien lo controla. O lo hacen los privados, o lo hace el Estado. Lo cierto es que al final, alguien lo hará”. Como ya lo hemos señalado también nosotros en artículos anteriores, China, Rusia, India, Irán y los países del Sudeste Asiático, han dejado atrás la dependencia y el atraso, gracias a un sector público activo y planificador del Desarrollo. Es un dogma falso, y a ésta altura anacrónica, el que sostiene que el Bienestar es el resultado de: “la suma de las competencias individuales”. La propia Teoría Marginalista, de matriz Liberal Ortodoxa, lo reconoció al hablar de los: “mercados de competencia imperfecta, monopólicos y oligopólicos”.


En conclusión, el Peronismo no debe ni puede ser prescindente en materia de planificación estratégica y de lucha contra los desequilibrios sociales. Concibe al Estado como una herramienta útil y beneficiosa en ese camino – no siempre fácil – que conduce – en los países modernos – a la estabilidad, la generación de riqueza y el uso universal de los bienes producidos colectivamente. No cree ni defiende las conductas egoístas, sectarias y elitistas, apoyado en una larga y virtuosa tradición, que propugna sancionarlas, combatirlas y eliminarlas. Otra cosa, no es Peronismo.

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