Argentina Enfervorizada

Por Elías de la Cera

¡Demeter, tu magia prolífica

del esfuerzo por la bondad

envíe la hostia pacífica

a la boca de la ciudad!


- Rubén Darío


La política y el debate político se degradan como pan debajo del ventilador. Todo se ha reducido a “rendir cuentas ante la justicia”. Si unos tienen que explicar hoteles y bolsos, los otros tienen que explicar cánones y espionajes. Si unos tienen que explicar un “PBI robado”, los otros tienen que explicar un “préstamo fugado”. Y así, sin darnos cuenta, la política se convirtió en una comisaría.


Nuestro añorado y, a veces lejano, General Perón, decía que eran menos peligrosos los militares artífices del golpe de Estado, que los civiles redactores del plan económico a implementar. En este foro, que ya va para un año de subsistencia, decíamos, en artículos ya lejanos y olvidados, que una de las características más llamativas del gobierno de Macri era la enajenada enfervorización antiperonista, que no implicaba la implementación de un modelo país alternativo, sino que se reducía a un rencor nocivo y lacerante, a un simple antiperonismo a secas.


La obra de gobierna era entre torpe, ineficiente, inepta e inexistente. Algún asfalto, algún metrobús y mucha herencia recibida. Paradójicamente (o no tan paradójicamente), el mejor favor que recibió Cristina en los últimos años se lo hizo Macri. Destruir la base material de la Nación y ponerla, a ella, en el centro de la escena política terminó por resultar en un irremediable deterioro de la figura de Macri, inversamente proporcional al crecimiento de la figura de Cristina.


A La Jefa (o ex jefa) le bastaba con esporádicas y siempre radiantes apariciones en público, apelando a las nostalgia tanguera del pueblo argentino. “Todo lo que vos quieras, pero con ella estábamos mejor” era la frase que, cual verso del Martín Fierro, rondaba de manera anónima. Se decía y (más importante todavía) se sentía.


Yo, militante desconocido, carente de berretines de celebridad ni de funcionario mediocre, me valía de variaciones lunfardas y parábolas para describir, no sin éxito, lo que entonces era la actualidad. Y aunque algunos juzguen esa argucia leguleya (aprendida a fuerza de literatura y de permutaciones de mercado) como poco solvente en términos académicos, lo cierto es que he logrado depositar, en alguna vida paria, un atisbo de esperanza respecto del futuro.


En realidad, todos los militantes de la causa la teníamos fácil. La persuasión sucedía como por arte de birlibirloque, el resto del trabajo lo hacía el gobierno, con sus delirios y sus vilezas. Una vez pasada la “jugada maestra”, la victoria electoral, los festejos en Chacarita y el recibimiento en la Plaza de Mayo, entre los desmayos, los empujones, las botellas de agua, y las emociones, daba comienzo un gobierno que ya mostraba la primera de muchas similitudes con Macri; carecer de un plan económico y de un modelo país.


Vimos pasar los días, vimos pasar los meses. Vimos llegar la Covid-19, y seguiamos prometiendo investigaciones, reformas, entre otras varias abstracciones mal ideadas, mal presentadas, y para que la humillación sea completa, todos esos proyectos tuvieron destino de tacho de basura.


Aquí es donde empieza el festival de la alcahuetería, el desfile de los ortivas. Tanto el anterior gobierno, como el actual, son mediocres. Y necesitan justificar su carácter de privilegiados endilgándose responsabilidades unos a otros, montando un espectáculo perverso y demagogo.


Se han abandonado los debates en torno al modelo país. Los medios de comunicación, operando cada vez con menos carpa para un lado y para otro, han propiciado un hecho demasiado grave y difícil de revertir; el debate político gira en torno a la corrupción. Políticos y periodistas a sueldo conviven en un quirófano magnánimo, operando a destajo y jugando a obtener victorias trascendentes para congraciarse con la plebe.


Yo pido, en mis plegarias nocturnas, que por favor alguien siquiera ventile un poco este clima viciado de histeria y odio. Que paren un poco de revolear causas y prisiones. Tenemos un país extremadamente empobrecido y sumamente violento. Más de la mitad de la población es pobre y ni las calles de tu propio barrio son seguras.


Mientras que sigamos aplicando mañeras políticas para mitigar fracasos, la violencia y la hostilidad seguirán marcando el pulso de las relaciones personales en nuestro país. Algo catastrófico para nosotros, que hemos interiorizado una doctrina que encuentra en el amor el elemento ordenador de la vida.


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