Antropología Anarquista

Por Elías de la Cera

“El ojo amor.

El ojo en vela,

centinela,

espuela,

candela,

el que se rebela y revela”.


Desde una perspectiva anarquista, el mundo social, el mundo puramente humano, en una palabra, la humanidad, no es otra cosa que el desenvolvimiento último y supremo, la manifestación más alta de la animalidad. Pero, como en todo desenvolvimiento, es menester una negación, un desprendimiento, ya que, como decía el compañero Aristóteles: si hay ideas de lo positivo, de las cosas que son, tendrá que haber ideas de lo negativo, de las que no son, o mejor todavía, de las cosas que dejan de ser.


La negación es el punto de partida, la esencia del hombre, la piedra de toque en su desenvolvimiento, que comienza en la animalidad y culmina en la humanidad. Es esa negación reflexiva y progresiva de la animalidad en los hombres la que nos convierte en algo superior al resto de las especies.


Nuestros más remotos antepasados, nuestros Adanes y vuestras Evas, eran animales feroces e inteligentes, dotados, en un grado infinitamente más grande que los animales de todas las otras especies, de dos facultades precisas y preciosas: la facultad de pensar y la necesidad de rebelarse.

Combinando su acción progresiva en la historia, estas dos facultades representan el factor determinante, la potencia negativa en el desenvolvimiento positivo de la animalidad humana, y crean por consiguiente todo lo que constituye la humanidad en el hombre. Que el tenue lápiz subraye, o que el vívido color de tu marcador resalte lo que sigue; la rebelión constituye al hombre.


Ya sea para engañar a su hastío, o para procurarse de nuevos esclavos, Jehová, sin más intermediario que su prolífico capricho, resolvió darle vida a dos simulacros de hombre y de mujer; Adán y Eva. Puso, generosamente, toda la Tierra a su antojo, con todos los animales y frutos, y no había puesto a ese goce completo más que un solo límite. Les había prohibido, explícitamente, que tocaran los frutos del árbol de la ciencia. El solo hecho de comer uno de esos frutos, precipitaría la erudición hasta en el más negado de los hombres, sin perder el tiempo con tediosos libros (conviene en esta vida ser ilustrado/ la capital de Suiza es Stalingrado/ ¿Qué digo? Me he equivocado). Pues, Jehová quería que el hombre, privado de toda conciencia de sí mismo, permaneciera un eterno animal, siempre arrodillado y de cuatro patas ante el Dios eterno, su creador y su amo.


Viene a cuento el surgimiento de Satanás, que Bakunin lo define como el eterno rebelde, el primer librepensador de la historia y el emancipador de los mundos. Avergonzando al hombre de su ignorancia y de su obediencia animal, busca imprimir en la frente del hombre un sello de libertad y de humanidad, incitándolo a desobedecer y a comer el fruto de la ciencia.


Sin ánimos de demorarme en referencias a la historia que ya fue contada para siempre en los textos sagrados, diremos simplemente que Dios se enfureció terrible y ridículamente; maldijo a Satanás, y a sus dos creaciones; el mundo y el hombre. Castigando, no solamente a nuestros antepasados, sino que extendiendo su represalia a las generaciones venideras, inocentes del pecado cometido.


Dejemos de lado la parte fabulesca de este mito y meditemos acerca de su sentido verdadero. El sentido es muy claro (el pensamiento anarquista suele brindar explicaciones amables, que se dejan entender por cualquier tipo de organización psicofísica). El hombre se ha emancipado, se ha separado de la servil animalidad y se ha constituido como hombre; ha comenzado su historia y su desenvolvimiento a partir de un acto de desobediencia y de ciencia, vale decir por la rebeldía y por el pensamiento.


Tenemos que, para Bakunin, son tres los principios fundamentales que constituyen las condiciones esenciales de todo desenvolvimiento humano, tanto en lo individual como en lo colectivo, en la historia; En primer lugar, la animalidad humana. En segundo lugar, el pensamiento. Y por último, la rebeldía. A la primera corresponde propiamente la economía social y privada. A la segunda la ciencia; y a la tercera, la libertad.


Claro que poco tiene que ver este hombre con el hombre del liberalismo. En el conjunto de abstracciones y disquisiciones metafísicas que hacen al pensamiento liberal, se exacerba el carácter salvaje del hombre, en detrimento de su pensamiento y su rebeldía, o sea, en detrimento de su propia humanidad. Con el famoso asunto del homo homini lupus, ha logrado universalizar un hombre más animal que humano, reduciendo la razón al mero cálculo costo-beneficio, e impregnado en el hombre una actitud de adaptación, antes que de rebelión. Es decir, que ha logrado imponer en el hombre una actitud artificial por sobre una actitud natural. El hombre es un animal servil, lobo contra sus pares, y esclavo de la autoridad.


No voy a negar que la idea del individuo autosuficiente que está solo en la selva, que ya de chico aprendió a entreverarse a muerte con los leones para asegurarse la supervivencia, y que gracias a su fuerza y a su capacidad pudo, con el paso del tiempo, convertirse en el CEO de la General Electric, tiene su encanto literario. Pero nunca es recomendable tomarse en serio las ideas literarias. Ese individuo no existe, es literatura, osea, es mentira.


Esta idea banal del hombre no encuentra otra justificación que su alto nivel de aceptación entre las muchedumbres, y su manera de perdurar en el tiempo, lo que no hace otra cosa que evidenciar su debilidad. Así, pues, la antigüedad y la universalidad de una creencia serían, a despecho de toda ciencia y contra toda lógica, una prueba suficiente e irreductible de su verdad. Solamente por hacerle honor y buena obra a Bakunin nos revelaremos contra este apotegma de perversa servidumbre.


Hasta el siglo de Copérnico y de Galileo, todo el mundo había creído que el Sol daba vueltas alrededor de la Tierra. ¿No se engañó todo el mundo? ¿Hay cosa más antigua y más universal que la esclavitud?. La antropofagia es lo único que se me ocurre. Desde el orígen de la sociedad histórica hasta nuestros días, hubo siempre y en todos lados explotación del trabajo forzado de las masas, esclavos, siervos o asalariados, por alguna minoría dominante; opresión de los pueblos por la Iglesia y por el Estado. ¿Se puede colegir entonces que esa explotación y esa opresión sean necesidades absolutamente inherentes a la existencia misma de la sociedad humana?.


Nada es tan universal y tan antiguo como lo que Bakunin llama lo inicuo, lo absurdo, muy por el contrario, son la verdad y la justicia las que, en el desenvolvimiento de las sociedades humanas, son menos universales y más jóvenes; lo que explica el fenómeno histórico constante de las persecuciones inauditas de las que han sido objeto aquellos que las proclaman.


El hombre del liberalismo es un deliberado y desesperado intento de la minoría dominante por legitimar su condición de explotadores. Desde el momento en que se acepta el orígen animal del hombre, queda todo dicho. La historia se nos presenta, entonces, como la negación revolucionaria. El animal le obedece a la Iglesia, al Estado, y a la minoría que lo explota.

“Elevando a su Dios manos filiales,


las devociones de su Dios copiaba

o, estúpido y sonriente se ahuecaba

en cóncavas zalemas orientales”.


Basándonos en Mijail Bakunin, en el pensamiento anarquista, o en lo que él mismo llama socialismo revolucionario, hemos refutado contundente y categóricamente la idea de hombre que tiene el liberalismo, de la cual deriva toda su, cada vez menos civilizada, forma de operar en la realidad.


Por el contrario, sostenemos que la humanidad ha dejado atrás la animalidad y que marcha, no sin algunas torpezas, hacia la realización de la libertad humana. De donde resulta que la antigüedad de una creencia, lejos de probar algo en su favor, debe hacernosla sospechosa. Porque detrás de nosotros está nuestra condición animal, o sea, nuestra condición de esclavos, y ante nosotros la humanidad, la esperanza siempre está adelante. La luz humana (la comunidad, nuestro espejo) es la única que puede calentarnos e iluminarnos, la única que puede emanciparnos, la que nos hace libres, dignos, dichosos, y la realización de la fraternidad entre nosotros es un gesto de rebeldía, un gesto de humanidad frente a la animalidad y al salvajismo que supone vivir sometido al yugo de una minoría anacrónica y nostálgica de nuestra condición de siervos miserables y harapientos.

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