América Latina y el desafío para la integración

Por Matías Slodky

Tras el divorcio de su colonia madre, los países latinoamericanos han encontrado innumerables desafíos hacia la integración, la unidad y el desarrollo económico sostenido. Las dos grandes razones observables parecen ser, por un lado, la cuestión internacional del siglo XIX, donde la hegemonía inglesa pregonaba la división entre las naciones emergentes con el fin de colonizar económicamente a cada país por separado, impidiendo a su paso cualquier intento de unidad latinoamericana que malograse sus planes. Este caso es claramente observable en la frustración del sueño de Simón Bolívar ante la imposibilidad de unidad americana.

Con el paso del Siglo XIX, el nuevo poder de Estados Unidos en el papel internacional se acrecentó vertiginosamente, pero también su política autoritaria y colonizadora hacia América latina a través de la reconocida “Doctrina Monroe”; esta visión impulsó a muchos intelectuales y políticos a expresar sus ideales antiimperialistas en vistas de la grave amenaza que representaba Estados Unidos ante la soberanía de los países.

Por otro lado, unos de los mayores impedimentos hacia la unidad latinoamericana ha sido el tipo Estado que se consolidó en nuestros países, a la cabeza y semejanza de nuestras élites sociales o oligarquías liberales. Una América latina que buscó, en ese entonces, ser singular, recopilando la idea de progreso ascendente con una clara proyección europea que motivó no sólo la recepción de inmigrantes, sino un aislacionismo regional.

Una enorme contradicción histórica ya que, por una parte, nuestra región presenta interesantes anomalías que han sido objeto de estudios de varios autores, ya sea por la tendencia a la paz, sin existir una organización internacional para proliferarla - los momentos donde hubo enfrentamientos son bastante tenues, la guerra del Paraguay o enfrentamientos entre Bolivia y Chile o Bolivia y Paraguay - o por otro distintivo de la región, su trayectoria común: aquí se enumera, su pasado colonial, idioma compartido y culturas compartidas. Por último, en nuestra región existió una tendencia a la diplomacia para solucionar problemas; la cantidad de acuerdos y encuentros regionales durante el siglo XIX han sido muy numerosos, hecho que se armoniza con la baja cantidad de conflictos antes mencionada.

Ahora bien, existen dos ejes históricos hacia la integración de nuestra región, como son el Panamericanismo y Latinoamericanismo, que son de vital importancia para determinar la historia hacia la integración de nuestros países, pero también la historia de subordinación y pacto de los sectores de las élites nacionales - latinoamericanas - con el poder imperialista en la primer parte del siglo XIX y principios del XX, debido a la acentuación y crecimiento de la economía agroexportadora que acentuó el modelo liberal/oligárquico. Luego, las elites latinoamericanas a lo largo del siglo XX han pactado con grandes sectores del poder financiero internacional.

El panamericanismo, en primera instancia, se sustenta desde un interés puramente económico y de subordinación, en un enclave de desigualdad en términos de intercambio hacia su país impulsor, como lo fue Estados Unidos desde la aplicación - de la anterior mencionada - Doctrina Monroe, con la concepción de Estados Unidos como protector de América Latina o patio trasero, claramente observable en las más de diez “Conferencias Panamericanas”, iniciadas con la de Washington en 1889. Esta perspectiva hacia la subordinación también se observó con programas económicos impulsados por EEUU como “la Alianza para el progreso” en los ‘60 y luego la renovación de más acuerdos económicos a finales del Siglo XX y principios del Siglo XXI, como lo fue el ALCA (dado de baja en 2005, con la consigna “no al ALCA”), el grupo de Lima o el nuevo “América Crece” impulsado por la actual gestión de Donald Trump.

A su vez, el panamericanismo encuentra grandes discordancias, mientras pregona la democracia y el comercio. Durante fines del Siglo XIX y principios del XX, su país impulsor decidió colonizar a la fuerza varias regiones de América Latina como Cuba, Nicaragua, Panamá y Haití, entre otros países, inhibiendo su soberanía y democracia. Pero también a lo largo del siglo XX decidió hacer acuerdos económicos durante las dictaduras latinoamericanas de los ‘70/ ‘80, destilando y omitiendo el concepto de democracia como impulsor de acuerdos.

Por otro lado, el Latinoamericanismo contempla la soberanía y la decisión autónoma de los países de la región para impulsar su políticas económicas y sociales. La integración se considera más allá de lo económico, para lidiar con problemas crónicos, como la deuda externa, los desequilibrios macroeconómicos y la balanza de pagos, pero la unión latinoamericana encontró graves trabas dentro de los mismos países - incluso más que la imperialista -. La estructura de pensamiento de las elites oligárquicas ha impedido una integración en pos del crecimiento, el desarrollo productivo y democracias más justas, descartando a su paso a un gran sector de la población que se encuentra fuera de esta lógica debido a su cultura, etnia o raza. La élite económica y social latinoamericana profundizó continuamente modelos financieros y sustractivos, con el fin de la concentración del capital y la ampliación del status quo.

El Latinoamericanismo es una gran tradición que va desde el antiimperialismo de José Martí, José Enrique Rodó o Manuel Ugarte, la ampliación de proyectos de integración, como lo fue el ABC durante la presidencia de Perón hasta el siglo XXI, impulsado de proyectos como UNASUR, CELAC o la reactivación del MERCOSUR.

Por último, ante un escenario global tan gris, debido al nuevo golpe neoconservador en América latina, el cual ha aplicado un plan económico íntegramente neoliberal y de desigualdad que, sin dudas, malogró los intentos de unidad regional, priorizando la desregulación financiera y acuerdos bilaterales desfavorables por fuera de nuestro bloque.

A este hecho se la ha sumado la pandemia del coronavirus, aunque la misma ha desmaquillado una realidad a nivel global, que es la invalidez del neoliberalismo, tanto en su modelo de desigualdad como en la trascendencia absoluta que se le da al “individuo egoísta”. Esta pandemia está abriendo el juego a la posibilidad de un profundo cambio político en todo el mundo, el cual se observa claramente en nuestra región. El sálvese quien pueda, en este contexto, no parece ser viable, como tampoco un sistema financiero con recurrentes crisis.

En estos momentos, la integración latinoamericana parece ser una respuesta alternativa ante el paradigma neoliberal. Pero la misma debe ser, sin dudas, política antes que económica, aunque también debe ser igualitaria, es decir, no debe crear desigualdades, como en anteriores oportunidades, dentro de nuestros países - hecho que se refleja en la Unión Europea, donde países más pequeños sufren la desigualdad de la integración política y económica -.

Es importante destacar, para desmentir el discurso neoliberal, que la integración regional a través de organismos como el UNASUR o la CELAC - iniciados por los gobiernos latinoamericanos de índole nacional & popular a partir del 2005 aproximadamente - no ha sido en vano o un desperdicio. Por el contrario, eso organismos le han dado sentido político – y no solo geográfico –a la región de Sudamérica; por ende, a esos organismos se los debe pensar más efectivos e integracionales y no abortando las ideas del multilateralismo “en nombre del pragmatismo” ante el neoliberalismo. Ya que, a fin de cuentas, las organizaciones internacionales y sus procesos de integración son los que sus Estados y sus ideas hacen con ellas.

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