#8M: Más allá del glitter

Por Micaela Barreto y Delfina Bruno

foto: @valentinaviz


Con el advenimiento de un mundo industrializado en aceleramiento y, por lo tanto, de un mundo en expansión que daría pie a ideologías cada vez más radicalizadas, como producto del nacimiento no sólo de nuevas oportunidades para el desarrollo sino también de nuevas desigualdades, el 8 de marzo encuentra su origen. En un contexto de inserción de la mujer en actividades laborales remuneradas, el 8 de marzo de 1857, en Nueva York, se produce la primer manifestación de mujeres trabajadoras de la industria textil, a través de una huelga como reclamo para una mejora salarial y de condiciones de trabajo. La reacción policial de detener a las manifestantes sólo logró que, dos años más tarde, las mismas organizaran un sindicato para continuar la búsqueda de garantizar derechos laborales básicos para luego, en 1908, reunir 15.000 manifestantes en las calles de la misma ciudad bajo el lema ‘’Pan y Rosas’’ (simbolizando la estabilidad económica y mejoras en su calidad de vida) en búsqueda del recorte de la jornada laboral, mejoras salariales, derecho de voto y en oposición al trabajo infantil.


A pesar de los avances en materia de organización de las mujeres trabajadoras para mejorar su calidad de vida, en amplios sentidos que trascendían la vida laboral, el 25 de marzo de 1911, 123 trabajadoras textiles mueren en un incendio provocado como respuesta a sus protestas por las condiciones laborales en Nueva York. No fue sino hasta 1975 que la lucha se reconoció mundialmente para declarar el 8 de marzo, a nivel internacional, como el Día de la Mujer Trabajadora.


A pesar de su origen, el 8 de marzo, a través del paso del tiempo, adquiere un significado multidimensional que atraviesa luchas dentro y fuera de la garantía de derechos laborales, pero con un denominador en común: la búsqueda de la mujer por alcanzar la igualdad.


Como se expresó, la fecha en cuestión contempla un abanico multidimensional de temáticas relacionadas a la erradicación de las desigualdades sufridas. Tras decir esto, es importante aclarar que si bien esta fecha se conmemora en todas las Naciones del mundo, se encuentra representada mediante la lucha y los reclamos sociales, económicos y políticos propios de la coyuntura local. Esto nos deja ver cómo las mujeres del globo, en su totalidad, padecen las violaciones continuas a sus derechos -inherentes a ellas por el hecho de ser personas- y libertades pero con matices relacionados al tipo de economía y su inserción en el mundo, el carácter religioso o secular de sus Estados, lo arraigado de la cultura patriarcal y las brechas socioeconómicas dentro de la nación. No son los mismos los reclamos de una joven de Londres, Inglaterra, que marcha por su igualdad laboral y el acoso callejero, que aquellas luchas de una joven de Abuya, Nigeria, donde existen, más allá de su prohibición, prácticas como la mutilación genital femenina y el casamiento de niñas con hombres que les duplican en edad. De esta forma, lo que se intenta demostrar es que ninguna lucha es más legítima que otra, pues el feminismo no encuentra lugar para categorizar de manera ordinal los reclamos sociales de las mujeres movilizadas. El desafío del feminismo contemporáneo, entonces, es comprender la diversidad de agendas locales y constituir un plan de acción a fin de lograr las soluciones pertinentes en materia de género, ya que los distintos feminismos encuentran puntos en común irrevocables: las desigualdades y las violaciones de derechos que no contemplan fronteras entre Estados-Nación.


Es por eso que, en Argentina, tras la conquista de derechos civiles, políticos y laborales durante el siglo XX y luego de la reivindicación en distintas décadas de la libertad de expresión, la libertad sexual y de la oportunidad de participación en distintas esferas sociales, culturales, laborales, etc., que se creían exclusivas para los hombres, atravesando en el camino luchas impensadas como la búsqueda incansable de hijos, y luego nietos, ante la llegada de una de las más inhumanas dictaduras que el país ha vivido que sacó a flote la fortaleza de decenas de mujeres que ya no luchaban por sus propios derechos históricamente suprimidos, sino por sus seres queridos y sus derechos de libertad e identidad.


Así, el arrebato histórico en materia de derechos de las mujeres se transforma constantemente y encuentra injusticias en donde reinventarse. Es allí, entonces, donde su experiencia las trasciende y se expande hacia todos los sectores en donde todavía la igualdad y la justicia sean algo en falta.


En nuestro país, durante el último tiempo, el feminismo ha encontrado espacio para restablecer viejas luchas que se agravan con el paso del tiempo, así como también poner en cuestionamiento nuevas problemáticas del día a día; cuestiones que necesitan urgente resolución y no mejoran a pesar de su antigüedad. El movimiento organizado propone dialogar y problematizar prácticas sociales legitimadas por un sistema opresor; en nuestro país, el movimiento Ni Una Menos es consecuencia de años de violencia de género para con el “sexo débil”, mismo sexo al cual, culturalmente, cada 8 de Marzo se festeja por su calidad de ser la “mayor obra de la naturaleza” y su carácter totalmente emocional y materno, mismo sexo que es violentado, humillado y asesinado en manos de sus parejas, familiares, vecinos y desconocidos que, con una suerte de odio legítimo, emplean la fuerza por sobre el cuerpo y psiquis de la mujer.


El año 2015 fue un año bisagra para la lucha contra la violencia de género; quizás se puede decir que la gota que rebalsó el vaso fue el asesinato a golpes de Chiara Lopez, de catorce años, en manos de su novio. Chiara era del Sur de Santa Fé, hacía equinoterapia, hockey y pintura, pero además estaba embarazada de dos meses y terminó siendo víctima de su novio, quien la enterró en el patio de su casa, lugar donde días después se lo vería comer asados y pasar el rato sin percatarse, o sin vergüenza, de quien yacía a metros de sus pies. Como consecuencia de este estremecedor hecho es que se autoconvocaron mujeres, organizaciones y alrededor de veinte periodistas -quienes participaron en la difusión mediática del caso-, a fin de implantar en la agenda social y en las mesas familiares este tema que reclamaba una deuda histórica para con la mujer. El encuentro #NiUnaMenos funcionó como multiplicador de los reclamos tratados por el Encuentro de Mujeres por más de 30 años, por Chiara y por todas las muertas en manos del sistema patriarcal.


En relación con lo anterior, figuras del medio del espectáculo y de la esfera política tomaron el mando de expresar los puntos ineludibles contemplados en un eje de cinco partes, a fin de generar un compromiso público en los políticos; las condiciones eran la implementación -con presupuesto acorde- de la Ley N° 26.485 de Protección Integral de las Mujeres, la elaboración de estadísticas oficiales sobre violencia de género, el funcionamiento de Oficinas de Violencia Doméstica de la Corte Suprema de Justicia en todas las provincias y la aplicación efectiva de la Ley de Educación Sexual Integral (ESI).


Por supuesto, el concepto Ni Una Menos refería al reconocimiento de la sistematización de muertes de mujeres en manos de hombres por el simple hecho de ser mujeres y representar todo aquello que el hombre debía dominar. No obstante, el mismo, en sintonía con el movimiento que lo acuña, también se reinventa: actualmente Ni Una Menos significa ninguna mujer menos muerta a manos de hombres, a manos de abortos obligatoriamente clandestinos, a manos de la pobreza ocasionada por la desigualdad laboral-económica, a manos del secuestro con el fin último de la prostitución impuesta, entre otras decenas de problemáticas que, en la actualidad, atraviesan a las mujeres, de las cuales muchas encuentran su origen incluso hace más de 100 años a nivel internacional y que, como hemos calificado, son deuda histórica porque, como ha expresado Simone de Beauvoir (1949), "El gran hombre nace de la masa y lo arrastran las circunstancias, pero la masa de mujeres queda al margen de la historia, y las circunstancias son para cada una de ellas un obstáculo y no un trampolín";.


En simultáneo con dicha evolución, el movimiento feminista, en los últimos años, se ha transformado en uno de los planteos más importantes en la vida política argentina y, gracias a su repercusión, en la vida política latinoamericana (ver link), al punto de haber sido central para la campaña nacional electoral llevada a cabo en el año 2019. Así, hoy en día, el debate se concentra en ejes esenciales y exige a las autoridades de los Tres Poderes su materialización.


Dichos ejes se presentan como la lucha por el aborto legal, la búsqueda de eliminar no sólo los secuestros para la prostitución impuesta y los femicidios, sino todo tipo de violencia ejercida contra la mujer y el alcance de igualdad de oportunidades educativo-laborales.


Expresando que el movimiento feminista adquirió un papel político importante en la disposición, para los partidos, de una nueva carta de movilización de masas, ya sea movilizando aquellas a favor de las luchas que representa el movimiento o representando y movilizando, a través del voto, a quienes no se encuentran representados en esta ola. Un sector de la sociedad grita fuerte desde el 2015 y su voz se eleva cada vez más, construyendo una concientización en la política, donde esta última, como se vio en el esquema temático del debate presidencial del año

pasado, adquiere la conciencia del feminismo, a favor o en contra de los enunciados, pero utilizándolos como puntapié y aggiornándolos a la coyuntura nacional e internacional.


En este sentido, el pasado 1 de marzo, durante el discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Poder Legislativo, el presidente Alberto Fernández ha respondido a algunas de sus promesas de campaña con respecto a las demandas feministas, sumadas a algunas decisiones políticas que han tenido lugar en sus primeros días de gestión. Así, el nombramiento de la Secretaría de Salud como Ministerio dio cuenta de un sentido de interés por la salud pública, en lo que hemos ahondado anteriormente respecto a la aprobación del Protocolo de Interrupción Voluntaria del Embarazo (acerca del Protocolo de IVE ver link) (finalmente aprobado por el nuevo Ministro de Salud el 12 de diciembre de 2019), que ha sido acompañado con la creación de un Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad, que da dimensión no sólo al estado de emergencia constante que el grupo de mujeres atraviesa, sino que también recoge la necesidad de apoyo estatal que distintos grupos disidentes requieren.


En lo que respecta al discurso propiamente mencionado, en materia de género, también se planteó la necesidad de relanzar la línea de asistencia ante la violencia de género #144. Por otro lado, el presidente se expresó a favor de una capacitación de los empleados públicos, incluyendo al Poder Ejecutivo, en materia de la violencia de género en el ámbito laboral, contemplado por la Ley Micaela. Con esto, se reivindica la idea de que no es aceptable la violencia hacia ninguna persona pero, por algún motivo, necesitamos construir mecanismos exclusivos para prevenir y accionar contra la violencia hacia la mujer en cada sentido, hasta el punto de matarnos sin titubear. Porque no son crímenes pasionales si son 113 puñaladas en nuestros cuerpos. Porque no son accidentes si nos asfixian, queman en una parrilla y descuartizan. Porque no podemos continuar naturalizando el acoso por hombres cercanos, jefes, profesores, compañeros, colegas, familiares e incluso completos desconocidos que, aún sin relación alguna, sienten que tienen el poder sobre nosotras por el hecho de ser hombres contra una mujer. Porque no es el corto de nuestras polleras, ni el largo de nuestro escote, ni nuestras fotos en redes, ni cómo bailamos, a dónde vamos, a qué hora, con quién.


La violencia de género es una epidemia machista que arrasa, día tras día, con la vida de mujeres y parece no tener un fin inminente. Datos relevados desde el Registro Nacional de Femicidios del Observatorio “Ahora Que Si Nos Ven” demuestran el espanto y terror que se vive en Argentina. Desde el 1 de enero al 29 de febrero de 2020, fueron 63 las mujeres asesinadas; en el mes de enero, fueron 34, es decir, el mes contó con más mujeres despojadas de su vida que días del calendario. Por otro lado, el 49% de las mujeres asesinadas mantenía un vínculo de

pareja con su agresor y el 17% corresponde a ex parejas; los agresores no solo se llevaron la vida de una mujer sino que, en total, ya son 88 los niños que perdieron a sus madres por femicidio. Y, como no si fuera poco decirnos que no salgamos a la calle y que nos cuidemos de la noche, los datos validan la idea de que la violencia intrafamiliar es uno de los focos primordiales de la violencia de género: el 59% de los femicidios tomó lugar en la vivienda de la víctima. ¿Acaso no podemos ni siquiera vivir en paz en nuestros hogares?


Por otra parte, el feminismo tiene como una de sus banderas la maternidad deseada, haciendo referencia a la posibilidad de decidir sobre nuestros cuerpos el momento justo en el que se expresa el deseo de tener hijos, buscando emanciparse de la idea de que las mujeres se completan al ser madres, pero también del horror que se pasa cuando una persona con capacidad de gestar queda embarazada y no desea seguir con el transcurso de dicha gestación; la elección de practicar un aborto existe, bien dijo el presidente Alberto Fernández en Legislatura, y muchísimas son las mujeres que cada año deciden hacerlo, por falta de condiciones económicas, sociales o por el simple hecho de no sentirse listas para tener un bebé.


El aborto clandestino es moneda corriente, y nosotras las jóvenes vivimos de cerca las historias desgarradoras de nuestras amigas y compañeras que, entre llantos, nos cuentan el miedo respecto a lo que puede ser de ellas si lo practican, la vergüenza de contarle a sus familiares y la destrucción que significa un hijo en su plan de estudiar y trabajar. Es decir, existe un temor a practicarse una interrupción del embarazo, no es un momento feliz ni agradable, pero se sigue eligiendo realizarlo en muchos casos pese a sus posibles saldos negativos; necesitamos que

se deje de emplear ese sentido común que banaliza la lucha por el aborto legal, seguro y gratuito, generando un discurso donde utilizan los cánticos, las fotos de las mujeres con insignia y los carteles para preguntarse si en verdad nuestra lucha es seria, si esta interrupción del embarazo como bandera es digno de una manifestación del estilo, si somos capaces de dimensionar lo que estamos pidiendo.


Incluso, existe un conjunto de ideas donde dialogan construcciones imaginarias acerca de que, una vez aprobada la ley, las personas gestantes no solo utilizarían este medio como anticoncepción, es decir dejaríamos de cuidarnos al saber que “tenemos la posibilidad rápida de practicar un aborto”, sino que también se genera la idea de que la 9 de Julio va a verse repleta de mujeres y personas gestantes en plan maratón, corriendo desesperadas a una clínica u hospital para realizarse un aborto, como si fuéramos una manada de mujeres en una escena hollywoodense donde se las ve correr por vestidos de novia en descuento, como si pudieran

minimizar nuestro pedido a gritos por las que fallecieron y por las hermanas que, en un futuro, necesiten realizarlo.


En alusión a esto, el presidente ha declarado que ha decidido enviar desde el Poder Ejecutivo un proyecto de ley que reivindique el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo, proyecto que se espera para el mes de marzo, en motivo del Día y Paro Internacional de Mujeres.


En el segundo sentido de la maternidad deseada, el presidente ha anunciado el Proyecto de los 1000 Días, que busca garantizar la ayuda estatal a aquellas personas gestantes que deseen tener hijos de modo que puedan acceder a los elementos necesarios para satisfacer una niñez completa en recursos materiales, nutricionales y educativos.


Y, con esta extensa -pero necesaria- introducción, se explica la marcha vivida el día de ayer. Marcha que demuestra al feminismo con una conciencia política indiscutible que se ha manifestado cuando un proyecto político no lo ha beneficiado, y, en acompañamiento, encuentra a la política arraigada a un precepto feminista - utilitariamente o no -, que lo incluye o toma en cuenta para sus próximas movidas.


Marcha que hemos decidido abordar desde una perspectiva que no es comúnmente retratada, en donde el movimiento no empieza ni termina en un pañuelo verde, aquel que ha servido como material de difusión tanto positiva (para lograr un sentido de pertenencia) como negativamente (para criticar adherentes al movimiento, banalizarlas, deslegitimarlas, insultarlas, etc.). Tampoco el movimiento termina y empieza en nuestra forma de vestir, en nuestra forma de protestar (desnudas, pintando una pared) o en el glitter; sin embargo, se ha utilizado estas variables para desmerecer al movimiento, como si eso fuera lo central de la discusión. Porque es más fácil opinar de si deberíamos utilizar pañuelos, maquillarnos, llevar comparsas a las manifestaciones en vez de debatir el porqué nos matan, nos violan o ganamos menos que los hombres. Del por qué la pobreza nos afecta más, del por qué debemos morir por decidir sobre nuestros cuerpos.


Porque lo más anecdótico de todo el circo mediático en torno a estas cuestiones es que se desarrolla en boca de personas que han violentado mujeres, en todos sus sentidos. Pretenden gastar nuestro tiempo (aquel que depende tantas veces de la decisión de un hombre de descuartizarnos, negarnos un derecho, quemarnos, etcétera o no) dándoles explicaciones del por qué de tantas banalidades, como si nosotras necesitáramos explicaciones del por qué una mujer decide poner un poco de glitter en su rostro; tal vez sea para alivianar tanto pesar. Pero es que para estas personas el feminismo es eso, glitter. Y se ve en todos lados: los medios, las redes, las calles. No ven el más allá.


El error radica en creer posible generar un orden en nuestras maneras de movilizarnos, quizás les genera mayor incomodidad el ver a chicas con las caras maquilladas que verlas caminar con moretones y alzando carteles con los rostros de sus violadores y sus golpeadores, porque pareciera que si no ven llorando a la víctima de violencia de género es porque “tan mal no está”; pero lo que no se comprende es que ahí, nosotras, las protagonistas, vemos a nuestras amigas y compañeras expresarse, intentar sanar lo que la justicia no sana, intentar hacer justicia propia, escrachar a aquellos varones que, en una fiesta, en un baño, en sus casas, en la calle volviendo de la universidad, las violentaron, las violaron, las deshumanizaron, les quitaron las ganas de seguir viviendo. Pero no, lo que una parte de la sociedad ve es ruido, cortes de calle, histeria, imprudencia, lujuria, falta de educación, incluso llegan a decir que estamos ahí pagas por organizaciones políticas que solamente nos usan para flamear sus banderas cuando el feminismo nos mueve por el odio a la falta de libertad, por el deseo de ser respetadas.


Creemos que, quizás, es la incomodidad que les genera tener que repensarse cada uno como actores, que quizás esa furia y ese rechazo (muy probablemente incomodidad por cuestionar sus privilegios), que lleva a que banalicen nuestras formas de manifestar nuestros más profundo dolores, es un espejo, al no querer asumir la responsabilidad que tienen en esta lógica de violencia diaria hacia la mujer.


Aún así, respaldándonos en el objetivo de igualdad e inclusión del feminismo, y reivindicando que el movimiento no es homogéneo sino que se nutre de las más diversas formas, decidimos mostrar lo que va más allá del glitter, aquello que no es reproducido masivamente, quizás por conveniencia, por negación de ciertas problemáticas o por falta de tiempo televisivo para explicar en detalle problemáticas que requieren mucho análisis para ser abordadas con la seriedad y respeto necesario.


Queremos dejar postales de lo que no se ve, de luchas silenciadas por el intento de reducir al feminismo a una “moda que ya va a pasar”.


foto: @julietabgomez de @marea.av

foto: Micaela Barreto

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foto: @valentinaviz

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